2019-09-30T10:43:03-03:00

Por Bárbara Simeoni 

“Caramba, no estoy bien de la cabeza”, eso se decía Cristina Montserrat Hendrickse todas las veces que sentía que su identidad de género no se correspondía con lo que la sociedad le marcaba ser. “Me creía profundamente que algo mal había en mí. La sociedad patologizaba y si eras trans seguramente algo estaba mal. Tratar de luchar contra eso es un proceso bastante angustiante que deteriora el equilibrio emocional, cuando en realidad lo más sano es asumirse como sos”, cuenta, sobre su lucha. Hoy habla de cobardía y valentía con el mismo énfasis para ambas palabras. Incluso cree que su actitud fue más bien temerosa a lo largo de su vida y que fueron, en realidad, esas otras mujeres las que allanaron el camino para que ella pase triunfante unos años después una vez llamada Cristina. 

Lo que no sabe es que detrás de sus palabras, de su enorme lucha por cambiar las injusticias de este mundo, por su inagotable pelea con la devolución que el espejo interior le brindaba todos los días –lo llamará “mi monstruo interno”-, existe una mujer que ha sabido ser congruente con sus ideales hasta los días en los que se escapaba a Buenos Aires para poder comprarse ropa “femenina”. Porque sin querer queriendo les habla a todos aquellos que despiertan sintiendo que viven en un cuerpo que no les pertenece y lo hace con la seguridad que le da la certeza de saberse y reconocerse como quien siempre se sintió ser. Hoy, su historia de vida marca precedentes y, de ser seleccionada, será la primera mujer trans en ser jueza en Argentina. 

Cristina puede ser la primera jueza trans: “No hay peor consecuencia que no respetarse como una es” - Imagen 1

Lo cierto es que Cristina existió desde siempre, simplemente la sociedad no quería verla. Es mucho más sencillo empujar esos destellos de propia identidad verdadera al ámbito privado, sumergiéndolos en una idea de clandestinidad errónea.  Por eso, en el medio, aprendió a matar a la Cristina que existía en ella para no sufrir en carne viva la violencia de una estructura que se sostuvo a base de discriminación y reglas insólitas. 

El monstruo interno: una vida entre lo que sos y lo que quieren que seas

Tal como lo cuenta ella, “desde los 3 o 4 años me identificaba con el género femenino, usaba la ropa de mi madre, me pintaba las uñas”. Todavía recuerda cómo aprendió a jugar con esa identidad porque ni su mamá estaba lista para aceptarla: “Ella tenía miedo de que yo fuera trans y, por ese miedo, me fui disuadiendo para evitar que se asumiera quien yo era. Me fui adaptando a lo que el entorno esperaba de mí, ahogando mi verdadero ser”. ¿Un ejemplo? Jugaba al futbol –en realidad la obligaban- cuando no había otra cosa más detestable para ella que una pelota. 

Se sumergió en una adolescencia formada en el Liceo Militar, con todo lo que eso conllevaba. Faltaban muchos años para que esa identidad que afloraba de niña vuelva a salir a la luz como lo irremediable del destino: “En el 2007 vuelve a explotar todo mi género, al principio no lo quería aceptar, mi primer transfóbica de mí misma era yo hasta que pude asumirlo”. Pero para eso todavía quedaban años de cortarse el pelo, pararse derecha, hacer caso, marchar, cumplir las reglas. 

Cristina puede ser la primera jueza trans: “No hay peor consecuencia que no respetarse como una es” - Imagen 2

Es que le tocó ser adolescente en plena dictadura militar y su conducta no era la esperada. En un contexto en el cual ya se rumoreaba la existencia de la desaparición forzada de personas, el papá sintió el inexorable impulso de mandar a su hijo al Liceo Militar: “Él tenía miedo de que yo fuera un rebelde y pensó en eso como estrategia para compensar”.

Con el tiempo Cristina entendió que para hacer lo que quería en una institución semejante solo tenía que adaptarse a ciertas reglas que eran vistas para el afuera: “Tenías que cumplir con ciertas formalidades, pararte derechito, formar… Era un oficial controlando a 100 chicos, entonces descubrí que tenía más libertad que en la primaria y me iba al techo de la caballeriza a fumar, me escondía en el entretecho”, recuerda. En ese entonces, el machismo era moneda corriente y la crianza tuvo sus cimientos en una estructura más bien patriarcal. 

Pese a la ausencia de mujeres en el instituto, se las ingenió para enamorarse plenamente a los 15 años. Todavía recuerda a esa primera novia y a la represión de los cuerpos en pleno gobierno militar: “Era una relación cercana a la amistad y a la pasión. Había mucho temor al embarazo, mucho control de los padres, así que no hubo un encuentro de tipo sexual, no pasaba del beso y el abrazo”, repasa. 

Sin embargo, no iba a ser la única vez que se iba a enamorar. Ya terminado el liceo, comenzó a salir con la mamá de su primera hija, con quien convivió un tiempo antes de irse a vivir al Sur, una vez separados. Para aquel entonces, era el año 2001 y, con título de abogacía en mano hace unos 7 años, estaba lista para ejercer su profesión allá: “Yo entré como en una búsqueda de la justicia en un mundo injusto. Cuando fui no había muchos que fueran abogados así que te tenías que especializar en todo: civil, comercial, laboral, ambiental. Era la manera de que tus clientes puedan acceder a la justicia y responder a esa demanda”.

En el 2007 el “monstruo interno” volvió a resurgir y, con él, los recuerdos de una infancia en la que la represión de ese deseo interno era una lucha cotidiana e imposible de sostener. Para ese entonces, ya había conocido a Lili, su actual esposa, con quien luego tuvo una hija –hoy de 10 años- y quien ya era madre de dos hijas de una unión anterior.

Cristina puede ser la primera jueza trans: “No hay peor consecuencia que no respetarse como una es” - Imagen 3

La ley de identidad de género estaba en disputa desde aquel año y Cristina todavía recuerda cómo la marcó leer su contenido e ir siguiendo el tema desde cerca. A pesar de que hay muchos que creen que la amplitud de derechos no termina modificando ninguna base en la práctica, para ella leerse y reconocerse en esa ley fue el puntapié necesario: “La definición de identidad de género me ayudó mucho a mí para tomar la decisión. También el tema de la despatologización, el trato del niño, el respeto a las personas trans…”.

La definición de identidad de género me ayudó mucho a mí para tomar la decisión. También el tema de la despatologización, el trato del niño, el respeto a las personas trans…. 

Por más intento que existiera, Cristina aprovechaba sus ratos de soledad lejos de casa para paliar ese deseo innato que tenía desde pequeña. Corría el año 2014 y sentía que ya no podía negociar más su libertad. Su incertidumbre estaba en cómo se lo podrían llegar a tomar sus hijas y su esposa: “Viajaba seguido a Buenos Aires porque tenía una hija acá, entonces aprovechaba y allá me compraba ropa, pero lo vivía como una traición, como si fuese una infidelidad. Incluso ella empezó a sospechar de que acá debería tener a alguna mina y en realidad esa mina era yo”.

El proceso de finalmente vivir tu identidad autopercibida

Como todo proceso, tuvo que aceptarse primero. Leyó mucho, investigó y pudo ir diciéndoselo a su esposa sin el uso de palabras: “Primero con lenguaje simbólico, que tenían que ver con cambios en la forma de peinarme, dejármelo largo, aclarándome las cejas, las uñas, usando aros, cambiando el estilo de la ropa que usaba, con más colores vivos”, cuenta. 

Hasta que un día una de las hijas le facilitó lo no dicho. Miró a su mamá y le dijo: “Cristian en cualquier momento te va a venir con pollera”. Para ella, ese momento significó un antes y un después: “Ahí cayó, empezó a ver los cambios y comenzamos a hablarlo”.

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Sin embargo, reconoce que al principio es duro: “Vos conocés a una persona y esa persona muere. Hay que hacer el duelo y después viene la otra persona, que era Cristina, con la que se sintió cómoda. Ahora compramos ropa juntas, cosas del mundo femenino que antes no podíamos compartir”, detalla.

Para sus hijas fue más sencillo: “Ellas vienen de una generación distinta a la mía y para ellas es natural, no tiene nada de extraño”.

Así como estudiar la ley de identidad de género la ayudó a poder decir lo que tenía atorado durante muchos años, el hacerse finalmente su propio DNI con una imagen que adecúa su género percibido con su imagen fue una pieza clave en el poder expresarse: “Te evita situaciones molestas en la calle o haciendo trámites. No es nada lindo que te digan Cristian cuando estás vestida como Cristina, es incómodo. Esto significó un avance muy importante que lograron aquellas de mi generación que fueron unas verdaderas valientes, que lucharon durante mi adolescencia y que yo aproveché luego por ser un poco más cobarde. Estoy eternamente agradecida”. 

Luego se sometió a un tratamiento de reemplazo hormonal, pero lo cierto es que no todas las obras sociales cumplen con la cobertura de este tipo de tratamientos ni con las cirugías de adecuación. Por eso Cristina atiende a esas consultas jurídicas: “Hay reticencia por parte de las obras sociales a cumplir con todos los conceptos de salud trans, sobre todo las prácticas que son más caras, hay que judicializarlas”. Sin embargo, para Cristina, es aún más grave que no exista un seguimiento de la obra social en controlar la salud de las personas trans:

“La automedicación trae problemas de salud que afecta al páncreas, al sistema endócrino… Cada cuerpo es distinto, tiene que haber un seguimiento médico para controlar qué tomás, cómo lo tomás, cuánto vas tomando, porque sino van todes a la automedicación que es uno de los elementos que inciden en la baja expectativa de vida de colectivo”, especifica. 

Así, Cristina usa al derecho no solo para darle más posibilidades a otres, sino también como una herramienta para destrabar las injusticias que viven las mujeres trans: “La esperanza de vida no supera los 35 años, cuando en el resto de la población es de 75. Esto habla de una exclusión a las personas trans, exclusión en el sistema educativo, en el sistema de salud y en el empleo. Tenemos un desempleo del 90% cuando el resto de la población no llega a 20”, informa. “El intento de un cupo laboral trans no es más que para compensar una desigualdad que se vive en la realidad: no hay mujeres trans ni en cajeros ni en oficinas y, si bien existe en la provincia de Buenos Aires esta ley, no está reglamentada. A esto se le suman los discursos de odio que se vienen desarrollando en Perú y Brasil y que se reflejan en los números de transfemicidios”. 

Hacia convertirse en la primera jueza trans en Argentina

Haciendo hincapié en que una de las características de los derechos humanos es la “no regresividad” –una vez que se reconoce un derecho no hay vuelta atrás-, Cristina quiere ir por más y desafiar al sistema postulándose como jueza. Lo cierto es que fue una injusticia, valga la redundancia, la que terminó por empujarla a este nuevo objetivo:

“Una secretaria me excluyó hasta que no ratificara mi nombre por una notificación electrónica del poder judicial, ya que seguía funcionando con mi nombre anterior. Me envía un mail privado diciéndome que no me iba a proveer los escritos que yo presentara hasta que no se ratificara eso. Que no se haya ratificado mi nombre no me hace menos abogada, tengo el mismo derecho a ejercer la profesión que cualquier otra abogada”, explica.

Así es como su pedido llegó al Tribunal Superior de Justicia, quienes pidieron disculpas y abrieron un sumario a la secretaria: “Esta actitud me dio una visión de un poder judicial moderno y respetuoso de la identidad de género. Y cuando salió el concurso para jueza de familia dije: ‘Si una secretaria de familia ignora las leyes, por qué yo no puedo solicitar el cargo de jueza”.

Si se impone en el concurso para el fuero de Familia de la ciudad neuquina de Chos Malal, Cristina Monsterrat será la primera jueza trans, mote que desea que algún día deje de existir: “Está bueno que se difunda, pero ojalá llegue un día en el que no tengamos que hacer la aclaración y que esto no sea lo noticiable”. Se encuentra atravesando una etapa de evaluación, que incluye un examen oral, escrito y una entrevista personal.

Mientras tanto, tiene un solo deseo para les que, como ella en su niñez, todavía juegan a ser quienes quieren ser cuando nadie los ve: “Tómense su tiempo, no es fácil, lleva esfuerzo. Hay un riesgo en reconocerse y hay consecuencias por manifestarse con libertad. Pero, créanme, no hay peor consecuencia que no respetarse como una es”. Hoy el monstruo interno es cada vez más chico, apaciguado en la imagen que le devuelve el espejo interior cada vez que exclama con seguridad: “Soy Cristina”.