2019-05-31T17:46:55-03:00

Por: Bárbara Simeoni

Comer manzanas, una a la mañana, otra a la tarde y la última a la noche. Eso es lo que hacía Pilar Vega en su adolescencia cada vez que quería adelgazar de manera rápida. A veces esas decisiones se notaban en su andar y lo que vivía internamente se le escapaba a su control: alguna que otra amiga sabía que estaba comiendo poco porque en gimnasia le costaba moverse y se mareaba. Le decían que pare. Pero esto iba más allá.

“Vos estás más gorda”: crónica de un trastorno alimenticio - Imagen

Todavía recuerda el peso de las palabras que una vez su abuela le deslizó en su preadolescencia. Tenía 13 años y le dijo algo que la iba a marcar para siempre: “Vos estás más gorda”. Hoy Pilar tiene 26 y es artista, pero todavía rememora cómo la mirada del otro configuró en ella una vida ligada a una sola cosa: el deseo de adelgazar.

“Mi abuela me dijo eso delante de mis tías. Eso me hizo sentir muy mal, me hizo avergonzarme de mí misma. Estaba cambiando mi cuerpo, las hormonas de la preadolescencia te cambian todo, me encontraba teniendo tetas, cadera, estando más ancha”, recuerda. Y agrega: “Es una sensación incómoda, sentís que estás viviendo en un cuerpo que no te pertenece y encima los comentarios de la familia no ayudaban en lo más mínimo”.

Es una sensación incómoda, sentís que estás viviendo en un cuerpo que no te pertenece y encima los comentarios de la familia no ayudaban en lo más mínimo.

Como no hay edad para exigirle a las mujeres cómo tienen que ser, desde pequeñas se les impone seguir dietas estrictas y observar modelos de cuerpos que no son los suyos. Aprenden, culturalmente, a odiarse. En ese odio propio canalizan los deseos que el sistema abraza a su favor: son las consumidoras del futuro, las que intentarán moldear, reconstruir, modificar y acallar todo lo diferente de sus cuerpos siguiendo un solo póster de “lo bello”.

“Vos estás más gorda”: crónica de un trastorno alimenticio - Imagen 1

Así, la validación que buscan será la que el sistema nunca proveerá. A cambio, les propondrá un juego siniestro que tiene un solo ganador: el consumo. La premisa peligrosa incluye un pack completo: más dietas, más cremas, menos estrías, menos grasa, más tratamientos. Como el conejo que persigue la zanahoria, siempre faltará un paso más para quererse de forma completa porque existirá una nueva imposición que te alejará de ese fin.

Pilar es clara en que todo ese sistema fue cambiando en ella la percepción que tenía de su propio cuerpo: “Los comentarios que hacían sobre mi cuerpo y la influencia de los medios del estereotipo de mujer ideal me fueron marcando. Yo soy petisa, morocha, con rulos, “contorneadita” -como me decía mi abuela cuando era chica-, todo lo contrario a un estereotipo de mujer ideal rubia, alta, flaca de ojos claros”, cuenta.

Eso fue haciendo que ella sintiera que estaba mal en contraposición a las otras. La comparación, otro mensaje implícito detrás de las publicidades y las revistas, fue llevando a Pilar a encontrar rasgos en los otros que no estaban en su propia naturaleza: “Durante toda mi adolescencia me sentí inferior a mis amigas por no tener ninguna de esas características que una mujer tenía que tener para ser atractiva o aceptada socialmente”, cuenta.

 

Recuerda que sentirse diferente la llevaba a tomar hábitos peligrosos para poder ser un poco más parecida al resto: “En el colegio mis amigas almorzaban un sandwich de milanesa, mientras yo almorzaba una barrita de cereal”, cuenta. “Vivía contando calorías, llegando a hacer dietas extremas para adelgazar muchos kilos en pocos días, que terminaban haciendo el famoso efecto rebote: una vez finalizada la dieta, te comías todo lo que encontrabas a escondidas”, recuerda.

El comer cuando nadie te ve es el factor denominador que engloba la culpa y la vergüenza: “Los atracones siempre eran a escondidas, como si alguien más que vos te estuviera prohibiendo comer todo eso que realmente tenías ganas de comer. Así la vida se me pasaba en una sola cosa: enfocarme verdaderamente en adelgazar”.

Sufrió trastornos alimenticios desde los 15 hasta los 21 años, con drásticas subidas y bajadas de peso en pocos períodos de tiempo: “Lograba ser flaca y seguía comiendo lo mínimo para adelgazar. Era gorda y me metía en el mismo círculo”, cuenta. En ese interín, otras partes de su cuerpo sufrían modificaciones, como su cabello. Alisar rulo por rulo la acercaba un poquito más al resto. Sin embargo, parecía que la lista nunca estaba completa:

“No pensás ni disfrutás, no sentís lo que estás comiendo, solo te vas tragando desaforadamente todas esas emociones horribles que sentís y no podés expresar por vergüenza a aceptar que sos alguien que no te gustaría ser”, cuenta. Detrás de eso, cree que hay algo más profundo: “Canalizás el dolor, los miedos, las inseguridades y el desamor con la comida y los atracones”, agrega.

Sin ayuda médica ni psicológica, suele ser peligroso y difícil no notar que estás atravesando un trastorno. En ese camino, Pilar se topó con situaciones que la llevaron a darse cuenta que esto no le estaba haciendo bien:

“Mi mamá un día me llevó a mi cuarto y me mostró en la computadora la página de un centro que trataba gente con sobrepeso y obesidad preguntándome si quería ir. La página tenía un speach divino de encontrar el equilibrio entre el cuerpo, la mente y el espíritu, algo de lo que yo me agarré cuando me preguntaban a dónde iba, para no admitir que estaba gorda”, cuenta.

Sin embargo, este centro todavía operaba bajo las lógicas del sistema: lejos de tratar el tema de fondo, la llenó de más obsesiones e inseguridades: se trataba de un equipo formado por psicólogos y nutricionistas, en donde reunían a un grupo de personas que querían adelgazar y los instaban a contar sus experiencias. Luego, pasaban a pesarse:

“Cuando salías de pesarte, volvías al cuarto donde estaban todos y en un pizarrón ponías flecha para arriba y cuántos kilos subiste o flecha para abajo y cuántos kilos bajaste. Yo, que soy bastante orgullosa, no me bancaba poner flecha para abajo adelante de tanta gente y terminé bajando 13 kilos en 2 meses, pero no bastó”, rememora.

Si bien llegó al peso que la institución llamaba como ideal y así pasaba a estar “en mantenimiento”, algo en toda esa dinámica no cuadró: “Quería llegar a mi peso ideal para ver si encontraba la felicidad. Quería que alguien me dijese si tenía que estar toda mi vida haciendo dieta y sin poder comer nunca más algo que me gustase. Pero esas respuestas no llegaron”.

Los mismos especialistas que tendrían que haber advertido en ella un desorden alimenticio, no hicieron otra cosa que reforzar en ella el deseo de adelgazar. Allí fue cuando se dio cuenta que algo estaba mal: “Mi peso ideal no me sirvió de nada porque ese centro seguía alimentando mi herida emocional. Ahí fue cuando me di cuenta que lo que me hacía engordar no era la comida, sino que no me quería, me miraba al espejo y no me gustaba nada, estaba tan mal conmigo misma y desenamorada que buscaba que algo de afuera me llene cuando esa persona que me iba a llenar era yo misma”.

¿Cómo hago para quererme?

En un mundo en el que afloran los mensajes de autoaceptación y el “querete” parece ser más un slogan de marca que una realidad, Pilar Vega es consciente que lograr estar bien con ella misma no fue de un día para el otro: “Me decía ‘te quiero’ mirándome al espejo pero no lo sentía, sentía que me mentía a mí misma. Y ahí venía la pregunta: ‘¿Cómo hago para quererme?’”.

Esa respuesta fue llegando poco a poco con mucha introspección y autoconocimiento: “Empecé a hacer cosas que me hacían sentir bien, a disfrutar de mí misma y de mi cuerpo. Empecé a comer cosas que me hacían sentir bien, cambié mi alimentación pero sin buscar adelgazar, ni contar calorías, sino comer rico. Empecé yoga, bailé, empecé a estudiar artes visuales… Todos pequeños pasos que me fueron llevando a reconectarme conmigo misma”.

De pronto comprendió que la vida no pasaba solo por la comida ni lo que las personas juzgan de su cuerpo. Encontró el camino para abrir su horizonte de expectativas y de curar la herida emocional que antes estaba abierta: “Fundamentalmente, empecé a amar lo que hacía y a disfrutar cada día desde el pensamiento sano”.

“Vos estás más gorda”: crónica de un trastorno alimenticio - Imagen 2

Si bien Pilar necesitó este autoconocimiento para poder llegar a lo que es hoy, reconoce que es importante acercarse a un especialista y contar lo que verdaderamente te pasa, sin tapujos. Eso sí, siempre bajo la misma premisa: ser fieles a uno mismo.

Rodéense de información, nunca dejen de buscar la salida, hay muchas maneras de querernos y cada una tiene que encontrar su propio camino porque todas somos distintas. Hay que dar un paso a la vez, haciendo actividades que te gusten y te llenen, encontrando el equilibrio entre lo que pensás, hacés y decís. Y, fundamentalmente, de gente que te inspire”, finaliza.

Pilar, sin querer queriendo, se transformó en la musa inspiradora de muchas jóvenes. Hoy, con su arte, denuncia los tabúes y las imposiciones sociales que la llevaron a atravesar momentos muy duros. Con su palabra y accionar, cada pintura es un poco la confirmación de que esa herida emocional está, cada vez más, curada.

Una campaña necesaria: Bellamente concientiza sobre trastornos alimenticios

Argentina es el segundo país con más casos de anorexia en el mundo. El primero es Japón. Por eso y mucho más, Candela Yatche, fundadora de Bellamente -una comunidad global que intenta deconstruir la imagen social que tenemos de los cuerpos- lanzó una campaña para concientizar sobre los trastornos alimenticios en el marco del Día mundial de la Acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria.

“Militemos por una sociedad que piense menos en cómo cambiar su cuerpo y más en cómo cambiar el mundo”, dice Candela y lo hace por una causa: ayudar a las personas a que puedan reconocer cómo los medios de comunicación, la sociedad y la cultura imponen un modelo de belleza irreal y poco saludable.