2019-03-21T11:33:18-03:00

Por Mara Ballesté

El 24 de marzo de 1976 tuvo lugar en Argentina el golpe de Estado que inició la dictadura más sangrienta de la historia del país. Ocho días después, Alex Stadler se fue en barco hacia Europa para poder “salvarse”. En un momento histórico caracterizado por el terrorismo de Estado, la censura, la intolerancia y la falta de expresión; con una madre que prefería tener “12 hijas prostitutas antes que un hijo gay” y amigos que no estaban listos para poder contenerlo. Su respuesta fue huir a un lugar donde pudiera vivir con libertad quien era: un joven de 18 años, homosexual, judío, con el sueño de convertirse en un bailarín estrella.

Alex había querido bailar desde chico. Ponía música clásica en el living de su casa y jugaba a ser bailarín y director. “Era una manera de volar”, cuenta. Nunca se animó a decírselo a nadie por los prejuicios que podía generar. “Tenía miedo de que me pongan la etiqueta de homosexual, que me acusen de algo que llevaba en mí y que era difícil de asumir”. Si bien tuvo novias “porque había que tenerlas”, no tenía dudas de su sexualidad. Vivió toda su adolescencia con ese secreto y dice que fue algo “traumático”: “Te sentís con doble personalidad. No sabés si sos enfermo”. “Era algo que estaba ahí escondido que no podía salir. No tenías que deschavarte, no había que mostrar la hilacha. Era un control permanente”, confiesa.

Cuando tenía 13 años, en medio de un almuerzo familiar, su madre le dijo que “preferiría tener 12 hijas prostitutas antes que un hijo gay”. “Para mí fue una puñalada en el corazón. Pensé: ‘Este secreto te lo vas a comer hasta la tumba’”. Alex recuerda haberle contestado: “Mami, no digas eso porque si un día Mariano (su hermano menor) te quiere contar que es gay…”, a lo que ella le dijo que preferiría no saberlo.

De primer a tercer año recuerda haber participado de un grupo que sometió a burlas y humillaciones a un chico gay. Habían descubierto que era homosexual y le pedían dinero para no contárselo a su mamá. Lo chantajearon durante tres años hasta que un día se cansó y dejó de darles plata. Como habían prometido, hablaron con su madre que comenzó a pegarle apenas se enteró. “Fue una pesadilla de una violencia terrible y, al mismo tiempo, lo loco es que en ese grupo éramos todos homosexuales”, admite.  

La primera persona con la que pudo hablar fue la mamá de una compañera del colegio. Ella le ofreció arreglar una cita con su terapeuta. “Yo buscaba respuestas y necesitaba ayuda. Era un tema muy fuerte para llevarlo solo en esa sociedad en la que te encontrabas con paredes”. En esa sesión fue la primera vez que se dio cuenta de que quizás el problema no estaba en él, sino en los otros: “Llegué y le dije: ‘Vengo por un problema que tengo, soy homosexual’, y él se me quedó mirando y me dijo: ‘¿Y cuál es el problema? ¿Usted no quiere ser homosexual?’”.

Además, su familia era judía y tenía terminantemente prohibido decirlo. Asistía a la escuela alemana de Quilmes y, si le preguntaban, debía decir que eran protestantes.

Europa, un refugio

Antes de terminar el último año, una profesora les contó que había viajado a Europa con una compañía marítima que te permitía el traslado a cambio de trabajo en el barco. Gracias a que tenía el pasaporte alemán, pudo inscribirse y a los pocos meses lo llamaron para informarle que había un lugar disponible. ”Yo me tenía que escapar y apareció esto. Fue mi manera de poder salvarme. En ese momento era difícil que mi familia, mi sociedad y mis amigos me contuvieran. Ni ellos ni nadie sabía cómo tratar las inquietudes que yo tenía”.

“Pero qué te haces tanto problema, este pibe en tres meses está de vuelta”, le dijo su papá a su mamá para tranquilizarla. “Yo no sabía por cuánto me iba pero la idea no era esa. Yo me iba para sobrevivir, para poder encontrarme, vivir lo que era, expresarme”.

Vivió diez meses en Alemania, pero el contraste cultural le resultó difícil. Comenzó a sentir el costo de haberse ido. Recuerda que un día una chica lo invitó a salir y terminó borracho. No sabe bien qué pasó esa noche, pero despertó junto a un lago llorando y gritando: “¡Quiero ir con mi mamá!”. Hoy lo cuenta entre risas pero dice que fue muy duro.

Ser gay en dictadura: una historia de exilio y el trabajo de quererse - Imagen 1

Conoció a un grupo de chicas francesas que le prestaron un departamento en Aix-en-Provence, una ciudad estudiantil al sur de Francia ideal para comenzar con la danza. En su primer curso de baile contemporáneo, un profesor le ofreció formarlo e integrarse a su compañía. Al cabo de tres meses de una preparación intensiva, debutó en un escenario con su primera interpretación. Si bien había soñado con convertirse en Barýshnikov o Nuréyev, de a poco se empezó a dar cuenta de que no iba a ser posible. “Sos muy buen bailarín pero no vas a ser bailarín estrella. Seguí desarrollando lo que sos”, le dijo uno de sus profesores. “No me alcanza. Quiero ser estrella o nada”, respondió él.

Luego de diez años en el baile, comenzó a notar que debía tomar nuevos rumbos ya que su cuerpo le estaba pasando factura por haber empezado de grande. Apostó por la puesta en escena y consiguió un trabajo en la Ópera Garnier de París, uno de los centros líricos más importantes del mundo donde miles de personas anhelan llegar. Desde entonces trabaja allí como asistente de dirección de grandes obras y monta los espectáculos como repositor.

A 43 años de haberse ido de Argentina recuerda cómo fue la primera vez que volvió, en 1983, una vez terminada la dictadura militar:Me di cuenta de que las valijas uno las lleva adentro. Hasta que no arreglara el problema conmigo mismo, fuera a donde fuera, me iba a perseguir”.

Cree que en el fondo todos deben hacer un trabajo por conocerse y asumirse tal cual son para poder enfrentar a aquellos que no entienden las diferencias. “El hecho de que tengamos que hablar tanto del tema muestra que evidentemente no está completamente ‘normalizado’ en la sociedad. Uno siempre tiene que explicarse y en el fondo la lucha es esa: cómo haces para vivir bien, en armonía, sabiendo que no te aceptan como sos”, explica, y agrega: “El trabajo es permanente. Quererte vos para poder afrontar esa hostilidad que uno vive cuando hace elecciones distintas a las que se esperan”.