Mirar sin ser visto: el dueño de un hotel espiaba a sus clientes en momentos ínitmos

Gay Talese relató la vida del dueño de un hotel de Colorado que modificó sus cuartos para observar a sus huéspedes entre los 60 y los 90. Sexo, drogas, muerte y las fronteras lábiles de la ética del periodismo

Mirar sin ser visto: el dueño de un hotel espiaba a sus clientes en momentos ínitmos

abril 14th, 2016

Gay Talese, un periodista de gran renombre, siempre entregó a sus lectores grandes historias. Ha sido capaz de investigar a la mafia y hasta el mismo diario New York Times. Sin embargo, una nota suya, publicada el lunes en el New Yorker, generó gran polémica y levantó el debate sobre la ética periodística.

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En realidad, su artículo es un extracto del libro que publicará el 12 de julio en Estado Unidos. La historia del dueño del Manor House Motel, en Colorado, que durante 30 años espió las actividades sexuales —y también las delictivas, como varias transacciones de drogas ilegales e incluso un homicidio— de sus huéspedes, quienes jamás sospecharon que eran objeto de entretenimiento y excitación ajena. Fueron casi 30 años de espionaje ininterrumpido, desde el 1966 hasta el 1995.

En 1980, Gerald Foos, dueño del hotel, contactó a Talese y lo invitó a conocer sus instalaciones secretas.

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“Conozco a un hombre casado y padre de dos hijos que hace muchos años compró un hotel de 21 habitaciones cerca de Denver para convertirse en su voyeur (mirón) residente”, comienza su artículo Talese, y explica que “junto con su mujer, cortó huecos rectangulares de 15 cm por 38 cm en el cielorraso de más de una docena de habitaciones. Luego cubrió las aberturas con pantallas de aluminio ranuradas, que parecían rejillas de ventilación, pero en realidad eran conductos de observación que le permitían, arrodillado en el ático, mirar a sus huéspedes en los cuartos debajo de él. Los observó durante décadas, mientras mantuvo un registro escrito exhaustivo de lo que vio y escuchó. Ni una sola vez, durante todos esos años, lo descubrieron”. 

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Talese recordó la carta sin remitente que el 7 de enero de 1980 llegó a sus manos:  La razón por la cual compré este hotel fue para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi interés imperioso por todas las formas en las cuales las personas viven sus vidas, tanto en lo social como en lo sexual“.

Aclaró: “Lo hice puramente por mi curiosidad sin límites por la gente, y no como un mirón trastornado“. Para probarlo tenía un diario en el que elaboraba una estadística casera, con las actividades que realizaban los huéspedes, sus conversaciones, sus edades, su aspecto físico, su procedencia geográfica. La falta de consentimiento de los sujetos no era una violación de su intimidad desde su perspectiva: era una garantía de autenticidad.

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Talese viajó para conocer el hotel  y Foos le prometió: “Lo acomodaremos en una de las habitaciones que no me da privilegios de vista“.

Vi lo que Foos hacía, e hice lo mismo: me arrodillé y me arrastré hacia las hendijas iluminadas“, publicó en The New Yorker. “Entonces estiré el cuello para ver tanto como podía por el respiradero, y al hacerlo casi choqué la cabeza con la de Foos. Por fin vi a una pareja desnuda, tumbada sobre la cama debajo de nosotros, concentrada en el sexo oral. Foos y yo miramos bastante rato”, escribió.

“A pesar de la voz insistente dentro de mi cabeza que me decía que dejara de mirar, seguí observando, y bajé la cabeza aún más para mirar más de cerca” comentó el periodista, quien no pudo negarse a la tentación de mirar sin ser visto.

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Foos se transformó en un estudioso de lo cotidiano: las miles de horas frente al televisor, las discusiones sobre el dinero, los hábitos de las personas en el baño (Foos, experto en todo, expresó sus propuestas para rediseñar los inodoros), la falta de modales a la hora de tragar comida rápida, las lágrimas de una mujer luego de la partida del gigoló, el amor de una joven por su marido lisiado en Vietnam, ladepresión, la ansiedad, el enojo… “Esto es la vida real“, citó Talese el diario de Foos, que ocupa un tercio de The Voyeur’s Motel.

Convencido del valor investigativo de lo que hacía, en 1974 Foos registró 329 actos sexuales a partir de los cuales catalogó a las personas: 12%, altamente sexuales;62%, con vidas sexuales moderadamente activas; 22%, con bajo interés en el sexo;3% sin eventos sexuales.

En una entrada de 1977 el voyeur admitió que había conocido su límite: Lo que vio fue un homicidio. Ocurrió en la habitación 10, donde se alojaban dealers de marihuana. La pareja de veinteañeros discutió porque el joven creía que su compañera le había robado, y la mató. Luego tomó sus cosas y escapó. Foos, que vio la pelea y el estrangulamiento desde el ático, no hizo nada. En realidad, ni siquiera se sabe si el homicidio sucedió.

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Talese no encontró registro oficial alguno del caso en Manor House. En The Washington Post, Paul Farhi escribió que ocho días antes de la entrada en el diario, el 3 de noviembre de 1977, la joven Irene Cruz fue asesinada en una habitación de hotel en Denver. “Una mucama descubrió el cuerpo. La policía dijo que había sido estrangulada. Hasta hoy nadie ha sido imputado por el delito“: las similitudes, argumentó, dan lugar a muchas preguntas. Entre las más importantes: “¿El homicidio que Foos describió realmente sucedió? Y si no sucedió, ¿qué otros contenidos del diario que le dio a Talese se tienen que considerar dudosos?

En 1995, luego de quedar viudo y volver a casarse, Foos padecía de una artritis que le imposibilitaba subir al ático. En ese año, vendió el hotel. En 2012, Talese lo contactó por otro tema, pero por ese contacto retomado sale The Voyeur’s Motel.

Como ciudadano, Talese tenía la obligación de revelar la conducta repulsiva, peligrosa e ilegal de Foos, y no lo hizo“, escribió Isaac Chotiner en Slate. Después explicó la secuencia de los hechos: “Talese firma un acuerdo de confidencialidad. Luego va y espía a dos personas que tienen relaciones sexuales en el hotel. Entonces Foos, luego de que pasara el tiempo suficiente como para que no se metiera en problemas, vende su historia, y Talese vende su libro”.

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En defensa de Talese salió Sonny Bunch, en The Washington Free Beacon, cuestionó también la pasividad de los lectores: “¿No somos también mirones por haber leído el artículo? ¿Hemos transgredido algún límite moral? ¿Estamos haciendo que esta gente vuelva a ser víctima una y otra vez?“. Comparó el acto de contribuir a que el texto esté entre los más vistos de The New Yorker con mirar las fotos que se filtraron de Jennifer Lawrence y Kate Upton desnudas.

Durante los últimos días, Talese se mostró preocupado y se sintió responsable por las amenazas de muerte contra el voyeur que su escrito acaba de exponer“Del mismo modo que él se sintió responsable por la muerte que no previno, también yo me siento responsable por comunicar su relación tan complicada y controvertida con la compulsión de invadir la privacidad de otras personas, que ha tenido toda la vida”, explicó Talese, y además argumentó que “ahora que los Estados Unidos son una nación voyeur [dijo, en referencia a la crítica de Foos a la recolección de inteligencia en nombre de la seguridad nacional, como cita en el libro] es casi patético mirar al mirón petrificado, en busca de privacidad“.

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