En “San Valentín”, desarmemos ese mundo construido para dos

Una reflexión sobre una fecha que le genera incomodidad a muchos.

En “San Valentín”, desarmemos ese mundo construido para dos

febrero 9th, 2018
Melina Celaya

Llega esta época del año y para muchos estar solteros puede ser una tortura. Pareciera como si el mundo entero recordara la fecha y uniera (o dividiera) a todo en dos. En cada esquina besos apasionados, manos que se entrecruzan y un exceso de amor que rechazas. Pero a cada sitio que mires ves eso. Esa cosa que muchos creen que es el amor.

Y yo ahí en el medio, ajena a todo mirando casi con escepticismo e incredulidad. Ya se lo que pensás, no la digas, no por favor… ¡Ya te va a llegar! ¡Ay la dije! No, no se si me va a llegar y tampoco me voy a creer que eso es el amor y que necesito recordar una vez por año que amo a alguien.

En “San Valentín”, desarmemos ese mundo construido para dos - Imagen 1

Puede sonar lo más anti-amor que leas hoy pero no cambio por nada del mundo esta “soledad” que muchos creen que padezco por toda la “magia” que puede traerme una relación. No soy una resentida, ni una desalmada. Solamente no me pasa y soy tan feliz como cualquier otra persona.

La realidad es que esa fantasía que nos han vendido de complementarse, de dedicar nuestra vida entera a encontrar a ese alguien que le de sentido a nuestro existir y que suenen las campanas no me va. Porque simplemente ya la encontré y está del otro lado del espejo. Sí, me costó.

También lloré por amor, por no quererme, me hice sufrir, pero también me perdoné y entendí que yo era todo lo que necesitaba para ser feliz. Que no iba a llegar nadie a resolverme ninguno de mis problemas y que sólo estaba yo para mí. Ahí sola, luchando contra el mundo. Y que eso bastaba.

Ahora me vas a decir que me hago la superada. Pero yo soy la que vivo exclusivamente para mí, que no espera regalos especiales para fechas de cotillón, que simplemente le gusta algo y se lo compra y se lo paga. Va al cine sola o a un recital, sin nadie más que ella y que cuando le preguntan cuántas entradas, tiene los ovarios bien puestos para decir una sola, desarmando ese bendito mundo construido para dos. Soy soltera y disfruto salir conmigo. No tengo que dar explicaciones de nada. Lamento si fuiste configurado para creer en tu media naranja. Pero yo decidí no comerme el cuento.

Ni hablar si decido irme de viaje sola a algún país lejano y “peligroso”. Recuerdo cuando rompí una relación intensa, en la que había dado tanto de mí que cuando se terminó me sentí literalmente vacía y necesitaba alejarme de todo. Una mañana decidí comprarme un pasaje de avión a ese lugar que tanto había soñado, sin consultarlo con nadie y sin dudarlo un segundo. Y ahí estaban otra vez todas esas preguntas de mi familia al estilo “¿Vos sola?”, “¿Volvieron?”, “¿Se van de viaje juntos?”, “Pobrecita, no tiene con quién ir”.

Y aquellos amigos en pareja diciendo… “¿De verdad nadie te quiere acompañar?”, “¿Por qué no le decís a fulanito?” Además de tratarme casi con lástima como aquella persona que vivirá el resto de su vida como una solterona, sola y amargada, rodeada de gatos, también tienen la indecencia de decidir sobre qué debo hacer… ¡Y con quién! No, no y no. No entendieron nada.

Recuerdo una de las tantas Navidades “desdichadas” que pasé en familia, si ya sabés cuál es el punto. Uno de los grandes acontecimientos que traía la Noche Buena era que mi prima, mucho menor que yo, presentaba a su novio oficialmente. Era indudable que todas las miradas se posarían sobre mí, la que había sido dejada y que después de tanto tiempo no era capaz de formar pareja ni para el truco.

Mientras la velada transcurría “normal”, llegó el momento de los “chistes” y el blanco fácil claramente era yo. La incapacitada para amar, la que nadie quiere, la resaca de las solteras. Y ahí llegó la gran pregunta: “Y vos, para cuándo el novio… ¡Ya estás grandecita!”. “Esta va a salir como la tía Ishe, se va a morir sola!” ¿Dónde quedó la “Noche de Paz”? A todo esto era inevitable que piense… ¿De verdad “esto” es mi familia? ¿Por qué me tengo que fumar su intolerancia? Con sus miradas como si tuviera la peste… Pero si hubo un golpe bajo que no me lo esperaba fue un comentario más que hiriente de mi bendito hermano diciendo algo así cómo: “algo tendrá que nadie la quiere”.

En “San Valentín”, desarmemos ese mundo construido para dos - Imagen 2

Y no es que esto me afecte demasiado, pero sentirme señalada y observada con lástima por toda mi familia no me hizo sentir demasiado cómoda. Aunque pensándolo mejor, era mucho más fácil criticarme a mí que mirar lo que realmente son: por un lado, un separado con varias parejas conflictivas y un tendal de hijos desparramados por el mundo; otra que había pasado toda su vida en un matrimonio desgraciado y que nunca había tenido el coraje para separarse; otro que se había casado demasiado joven y quizás se arrepiente de no haber vivido ciertas cosas; otra que agarra cualquier cosa con tal de no estar sola. Quizás prefieren ponerme en el centro de la escena y hacerme pasar por la “loca de mierda” que nadie quiere, antes que hablar de sus miserias en nombre del “amor”.

Si bien desde un comienzo estuve programada para casarme y tener hijos, el tiempo me abrió otras puertas. Aunque no experimenté demasiadas relaciones, debo decir que si amé de verdad (por si creen a esta altura que tengo el corazón de piedra). Quise mucho y también me quisieron, pensé en una vida de a dos pero las cosas no resultaron.

Simplemente no era nuestro momento y aunque nos queríamos un montón, entendí (por las malas) que con eso solo no alcanzaba. Lejos de enojarme con la vida, agradecí haber vivido lo que viví. Me hizo crecer y descubrir quién era en realidad y qué quería hacer. Fue un crecimiento increíble que de tanto dolor pude resurgir, de repente veía todo muy claro. Sabía a dónde ir y por qué. Y que podía ser todo lo que quería y todo dependía exclusivamente de mí.

Recuerdo que muchos se rieron con la noticia sobre una mujer que se casó con ella misma. La entiendo y la celebro. No todos pueden aceptar esa relación y muchas veces podemos ser categorizadas de loser o “egocéntrica” (al mundo hetero monogámico le encanta clasificarte), pero cómo poder dar todo de uno a otros, si ni siquiera somos capaces de darnos lo necesario a nosotros mismos para ser felices.

Amor propio, antes que nada. Amarnos, pero de verdad. No de ese amor propio de cartón que vemos en Instagram. Abrazarte como tu refugio. Luego de enamorarte, de reconciliarte con eso que sos y reconocer todo lo que valés, de verte en el espejo y sonreírte llena de vida. Sólo ahí podrías llegar a considerar a otro. O quizás no. Siempre es mi decisión.

Y no hay sociedad ni tías en Navidad que puedan cambiar eso.

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