2019-07-08T11:43:16-03:00

Por: Bárbara Simeoni

“Llegué a su casa, vimos algo en la tele y me llevó al cuarto. Me acobardé y me eché para atrás. ‘Sacate la bombacha o te la saco yo’, me dijo. Me la sacó y, sin cuidarse, me penetró. Le pedí que pare varias veces porque me estaba haciendo mal, pero por supuesto no paró. Intencionalmente no se cuidó y yo no supe decirle nada”.

Así comienza el relato de Camila Permuchi, sobre una noche que no se olvida más en su vida. Habla de quien fue su mejor amigo de la secundaria, Ezequiel Vázquez, pero que, por ese hecho, se convirtió en el progenitor de su hijo, Ben, hoy de 7 años.

Criar sola: cuando el abandono de los papás está bien visto - Imagen

Por la confianza que sentía al estar con él, Camila nunca se hubiese imaginado que ese podría ser el pretexto para abusar sexualmente de ella. De hecho, hasta el día de hoy, recuerda que al dirigirse a su casa no hacía otra cosa que sentir mucha seguridad: “Fui ahí para sentirme a salvo: había tenido una discusión adolescente con mi papá, había llorado y él me ofreció un lugar para quedarme. La idea era ir y pasar la noche juntos, sentirme mejor, pero a la mañana siguiente él se despertó como si nada y yo me fui a casa sintiéndome sucia y culpable”.

La vergüenza y la culpa son dos de los sentimientos que resonaron en su cabeza durante los días siguientes: “Es que no sabía cómo irme, no sabía cómo reaccionar. Creía que la culpa era mía por haber confiado en él”. Depositaba en ella todo el estigma que la sociedad suele dejar en las mujeres que viven estos tipos de episodios: “Algo habrá hecho”, “¿qué hacía ahí?”, “¿por qué no se quedó en su casa?”.

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Asustada y sin comprender lo que acababa de vivir, decidió tomar la pastilla del día después: “Fui a comprarla junto con una amiga y la tomé enseguida. Me sentí segura los primeros dos meses, pero, después, empecé a despertarme con náuseas, no podía ingerir ciertas comidas y estaba muy agotada todo el tiempo”, cuenta.

Al principio, los médicos creyeron que se trataba de anemia. Sin embargo, 4 meses después, sintió que algo estaba pasando con su cuerpo: “Una noche me acosté a dormir y sentí como si fueran patadas: quebré en llanto, sabía qué era lo que estaba pasando y sentía mucho miedo. No estaba lista para cuidar de otra persona”, recuerda.

Con la confirmación en mano, no quería que Ezequiel se enterara. En todo ese período que no supo que estaba embarazada, él se había encargado de contarle a todo el colegio que habían tenido sexo. Ella, en cambio, dejó de sentir culpa: “Yo no había hecho nada malo”, rememora. Pero le pidió a su mamá que no dijera nada, no quería que él se enterara. Sin embargo, su madre sintió que a Ezequiel le correspondía saberlo.

¿Estás segura de que ese hijo es mío?

Tras hablar con él y comunicarle que estaba embarazada, su reacción fue, tal vez, la más esperada: “De manera apática, me preguntó si estaba segura, si no me había embarazado de alguien más. Eso fue lo único que le interesó”.

Esa apatía se iba a extender por 5 meses más, en los que la responsabilidad económica sobre los gastos que implican estar embarazada recayó solo sobre los padres de ella, como si esto fuese un asunto estrictamente de Camila: “Intentó hacerme compañía, pero nunca supo bien cómo. Simplemente estaba ahí: jamás me ayudaba o empatizaba. De hecho, los gastos médicos siempre fueron costeados por mis papás, desde el test de embarazo hasta la internación”.

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Como las 300 mujeres menores de 19 años que se convierten en madres por día en Argentina –según el Plan Nacional de Prevención del Embarazo no intencional en la adolescencia-, Camila tuvo que crecer de golpe. De pronto, no podía hacer las mismas actividades que sus amigos: “Resigné mi adolescencia y mi juventud. Ya no era la chica de 16 que salía con sus amigas a recitales, siquiera me podía juntar a comer: pasaba mucho tiempo sintiéndome mal físicamente, los cambios de humor fueron insoportables y me frustraba mucho no saber bien qué hacer, cómo ser adulta”.

Ella más que nadie conoce en primera persona lo difícil de continuar con sus actividades diarias cuando vas a destiempo del resto de tus compañeros, e, incluso, del propio padre de tu hijo: “Él salía, fumaba, tomaba y seguía siendo un niño. En cambio, como todo mi embarazo transcurrió en el colegio, yo caminaba diez cuadras hasta el establecimiento y pasaba el día subiendo y bajando escaleras”, cuenta. Y, tal como relata en Twitter: “Dormía sentada porque el peso era demasiado para mi cuerpo, si me acostaba me desmayaba”.

Fueron cinco horas de trabajo de parto, un parto en el que no esperó la presencia de Ezequiel. Ya se había acostumbrado a que él no estuviese presente: “Estar físicamente ahí no necesariamente significaba estar involucrado. Siempre tuve a mi familia y a mis amigas, así que nunca me llegué a sentir del todo sola”.

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Contra todo pronóstico, él los visitó acompañado de familiares a horas del nacimiento. Cayó con unas flores, como “símbolo de felicitación”. Para él, según relata Camila, eran como una especie de distracción: algo que dura unas horas, como si fuese un hobby, que concluye y, una vez terminado, uno se puede ir.

“Los días en los que no participó de ninguna tarea como padre fueron agotadores. Yo estaba muy cansada, iba al colegio y volvía corriendo a maternar. Él, en cambio, aparecía para cenar con nosotros, jugar un poco con Ben como si fuese un bebé de juguete y ahí terminaba su jornada de paternidad”, relata. Ser padre, según su percepción, era cuestión de horas.

Los años que le siguieron fueron similares: ni Ezequiel ni su familia destinaron algo de dinero y tiempo para la crianza de Ben. Con visitas esporádicas que duraban poco, todavía recuerda cómo una sola vez se acercaron y le trajeron un paquete de seis pañales, que es lo que usaba su hijo en un día.

Feminización de la pobreza: una realidad que sucede

No poder terminar los estudios secundarios y, por ende, ver más acotada la salida laboral como consecuencia de ello es, entre otros factores, lo que lleva a que las mujeres continúen siendo más pobres que los hombres. Otro de ellos es la desigualdad salarial que sigue existiendo entre ambos géneros. Los números son claros: en el año 2017, el 20% de la población femenina cobraba menos que la canasta alimentaria, en contraposición al porcentaje masculino, que es de un 10,9%, según la Encuesta Permanente de Hogares.

Florencia Freijó, politóloga y referente en materia de género, explicó en exclusiva a TKM que este fenómeno es denominado “feminización de la pobreza” y que, entre sus diversas causas, existen barreras objetivas y subjetivas: “El acceso al mercado de trabajo, la desigualdad dentro de él y los dispositivos sociales que llevan a que muchas mujeres decidan o no puedan acceder a niveles superiores de estudio o a un trabajo son los factores que llevan a que vivan un mayor empobrecimiento económico en su vida”, sostiene.

Así, otras cuestiones más subjetivas como la discriminación, la desigualdad y el desconocimiento llevan a que las mujeres sean desplazadas del sector productivo. Y las tareas de cuidado, que históricamente recaen en ellas, refuerzan esa imposibilidad: “El estar solas en las tareas de cuidado las limita a la hora de elegir y a la hora de poder acceder al mercado: una mujer que cría sola no puede elegir una jornada de 9 horas, además de que ciertos puestos suelen evitar mujeres que son madres porque quieren una dedicación full time. Esto se nota en mayor medida en los hogares más pobres: trabajan en condiciones de precariedad e informalidad para poder dedicarse a esas tareas de crianza y suelen ser hogares feminizados con mujeres de edades muy tempranas, dedicadas a cuidar a los miembros de su casa”, explica Freijó. Y agrega: “Terminan teniendo doble jornada laboral: 8 horas fuera de la casa y 8 horas dentro, sumando un total de 16 horas. Eso imposibilita que accedan a un sistema educativo formal para poder seguir especializándose y aumentar sus posibilidades”.

Incluso, el 30% de las mujeres que abandonan el secundario lo hacen por ser madres a temprana edad. Camila no le escapó a estos números: intentó seguir sus estudios como pudo, pero el último año de colegio, con Ben en brazos, fue muy difícil. Pudo dar las materias más tarde, para poder ingresar al CBC.

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Conforme pasaban los días, fue sintiéndose más culpable, pero menos sola. Sus familiares la acompañaban en las tareas de cuidado y le permitían poder tener cierta flexibilidad a la hora de organizarse. Sin embargo, no debería ser así. En la ecuación, había alguien que faltaba: “Siempre supe que iba a criarlo sola y eso fue lo que pasó. Lo que sí me pasaba era sentirme culpable de ser mala madre por no haber elegido un buen compañero de crianza”.

Muchas veces Ezequiel mostraba más interés en volver con ella que en su propio hijo, como si ser padre tenga como condición un solo precepto: el de una pareja estable. Ante la negativa de ella, él volvía a desaparecer: “Se frustraba, se enojaba y ahí es cuando desaparecía. Varias veces le expliqué que mi idea era terminar de estudiar, empezar la facultad y trabajar para poder construir un futuro para Ben, que no quería casarme. Él quería que yo esté ahí para él, dejando a su propio hijo de lado, poniéndose a él como prioridad”, cuenta.

Hasta que un día volvió, con la diferencia de que Camila quería que fuera la última vez. Se lo dijo, pero a él no le importó. Continuó con su vida normalmente e incluso parte de su nuevo círculo íntimo no sabía que era papá, ni siquiera su actual novia.

Pese a ignorar cada cosa que ella le escribía, un día le pidió si podían iniciar un trámite para cambiarle el apellido y que adoptase el de ella. Su respuesta, fue de manual: “Se violentó. Me dijo que también era hijo suyo y que yo estaba siendo una ‘hija de puta’”, cuenta. Sin embargo, no demostró interés real y continuó ausentándose como de costumbre: pareciera que bastaba con ponerle un apellido para sentirse, en algún punto, padre de Ben.

Para Florencia Freijó, el brindar un apellido a un hijo del cual no se va a hacer responsable suele ser una traba legal para las mujeres que tienen que continuar con la crianza como lo hicieron siempre, solas: “No les queda otra porque la justicia lejos de ayudarlas, entorpece. Vas a pedir alimentos y se genera medidas filiatorias obligatorias, como lo es que el hombre dé el apellido, generando una obligatoriedad en muchos aspectos: pedir permiso para irte del país, hasta lo más extremo, como donar un órgano. No solo desaparece, sino que son incumplidores alimentarios y la justicia no tiene mecanismos aceitados para regularizar esa situación, dejándolas a ellas en una situación de dependencia, con problemas legales y pagando abogados. Todo eso te lleva a decir: ‘Puedo sola’. Y no se puede juzgar eso, porque tienen razón”.

No solo desaparece, sino que son incumplidores alimentarios y la justicia no tiene mecanismos aceitados para regularizar esa situación, dejándolas a ellas en una situación de dependencia, con problemas legales y pagando abogados. Todo eso te lleva a decir: ‘Puedo sola’. Y no se puede juzgar eso, porque tienen razón”.

Camila, a partir de su decisión de alejarse, empezó a recibir amenazas del entorno de Ezequiel. La madre de él la paró por la calle y, tras llamarla “puta barata”, le pidió que le cuente a Ben que Ezequiel había muerto porque él “no lo iba a criar” y que “no querían saber nada con el nene”. Otras le escribían de manera anónima en las redes sociales poniéndole que era mala madre.

Mientras estos insultos afloraban, Camila se las ingeniaba para trabajar y no dejar de lado su propio sueño: ser diseñadora de indumentaria. Sin embargo, con el tiempo, le fue imposible continuar debido a sus problemas económicos: “Dejé la facultad porque no me alcanzaba la plata para mantenerme a mí, a Ben, pagarme los apuntes, el viaje y los materiales”, cuenta, dolorida. Pero cree que el precio más alto que tuvo que pagar por no tener un compañero de crianza fue a nivel personal: “Perdí a muchas de mis amistades porque ya no tenía tiempo para salir o juntarnos. Él también se encargó de decirles a muchos amigos en común que yo lo había echado y que no le permitía ver a Ben, entonces muchos se fueron alejando”.

Hace seis meses la echaron de su trabajo y todavía no pudo conseguir uno nuevo. Siente en la salida laboral una marcada desigualdad para conseguir empleo. Hasta que dijo basta: asesorada por un abogado, inició un juicio de manutención que hoy sigue en pie.

“Al principio él se ofreció pagar dos mil pesos por mes, pero no acepté. Es una suma demasiado baja en esta situación económica que vivimos. Él sale a comer todas las semanas con su nueva novia, se van de vacaciones, sale a bailar, va a festivales sin inconvenientes…”, enumera. Sabe que la plata no determina si es o no un buen padre, pero Ezequiel, al igual que muchos hogares monoparentales de Argentina, no pasa plata ni tampoco destina su tiempo:
“Sigue siendo incapaz de ser un padre responsable y, hasta el día de hoy, incluso iniciado el juicio, sigue sin hacerse cargo”.

Si bien hay hogares en los que las madres crían solas aún con la presencia de su pareja en la casa, Freijó reconoce que la posibilidad del divorcio, si bien es una conquista, en muchos aspectos termina perjudicando a la mujer que toma esa decisión. Esto es, lisa y llanamente, por una Justicia y una sociedad que no está a la altura: “Según el Observatorio de la maternidad, a partir de que el divorcio se efectivió en el ’85, las mujeres se divorcian pero pagan la penalidad y el costo alto de divorciarse quedándose solas a cargo de un hijo. Conquistamos un derecho, pero el patriarcado se cuela y vuelve a generar una situación de desigualdad que es, si decidís divorciarte, te quedás sin el principal ingreso económico, sin un techo y sin la posibilidad de repartir las tareas. Todo esto se refuerza con la creencia de que ‘los hijos son de la madre’, generando una doble vara a nivel social: en los juicios de alimentos, la justicia falla a través de estereotipos de género categorizándolas a ellas como ‘malas madres’ por reclamar alimentos y, a ellos, como ‘buenos padres'”.

Así, con un apellido mediante y una desaparición absoluta, la Justicia sigue operando a su favor: “Parece que los hijos son propiedad del padre pero no para los cuidados y que es el deber de la mujer dedicarse a eso. No así el hombre que tiene que ser proveedor económico y no afectivo”, explica Florencia.

Hoy Ben tiene 7 años, 7 años en los que Camila todavía no podía mirarlo a los ojos y no sentir culpa: “Lo miraba y le pedía perdón por no darle el papá que se merecía. Pero criarlo con mi familia fue un privilegio: tuve la suerte de que me apoyaran tanto emocional como económicamente, no todas tienen esa oportunidad”.

Camila no romantiza la maternidad “en solitario” pero tampoco le quita el peso que tiene haber podido sola: “A las madres que crían solas les diría que pueden y van a poder mucho más. Hay días que son frustrantes, que llorás y sentís que no podés salir de ahí, pero siempre se puede. Les diría que no tengan miedo o vergüenza de pedir ayuda, que jamás dejen que sus derechos y los de sus hijos se vean vulnerados. Que no escuchen a las personas que hacen comentarios venenosos o las consideran menos dignas de respeto, de amor o incluso oportunidades”. Y finaliza: “A todas y cada una de ellas las abrazo desde acá, con todo el corazón. No están solas”.