2019-05-23T15:03:43-03:00

Por: Bárbara Simeoni

El adultocentrismo ha configurado a la juventud como parte de lo que hay que transformar, ya que su desvío puede ser peligroso para los adultos que algún día serán. A menudo, y de manera apocalíptica, se juzgan sus ideales y comportamientos como lo que debe ser reparado. No importa en qué anda el joven de hoy, algo de él hay que modificar para que se parezca un poco a lo que los grandes quieren.

Así, constantemente, los millennials y centennials van a ser descriptos como adictos a la tecnología que, faltos de paciencia, no hacen otra cosa que cosechar hábitos nocivos para su vida. Parecen ignorar que hay una cuestión que se les escapa: esa misma tecnología que el adulto promedio mira con recelo es la que es utilizada para algo más que subir fotos a Instagram. Por ejemplo, con fines sociales y humanitarios.

Voces Vitales supo ver esto y, en alianza con P&G, decidieron seleccionar a 16 jóvenes de Latinoamérica para otorgarles mentoría en el marco del programa llamado “Voces que inspiran”. En definitiva, quieren promover el liderazgo femenino potenciando proyectos y emprendimientos que estas jóvenes ya trabajaban como propios.

Usan la tecnología para cambiar el mundo: conocé a las argentinas que son inspiración - Imagen

“Es una combinación de teoría y acción”, comienza contando Claudia Herrera Moro, Directora de Comunicaciones de P&G en exclusiva a TKM. “Cada país tiene una mentora que las va guiando, donde chequean su misión, su visión, los objetivos, el plan de acción y el financiamiento. Ellas las ideas ya las tienen, son maravillosas, al final esto se trata de darles una estructura. Pero ya son líderes en sus ámbitos”, aclara.

Es que Herrera Moro se siente identificada con las ganas que uno tiene de emprender cuando se es joven. Esas mismas ganas que muchas veces no encuentran un plan de acción y que por eso terminan siendo solamente un sueño o un deseo. Si bien su carrera es de larga data, a ella le hubiese gustado toparse con un proyecto como este: “Está bueno que te digan cómo y por dónde, que te den herramientas. Yo tenía mucho empuje respaldado por mis padres, pero este acompañamiento es excepcional”.

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De ese modo, Herrera Moro cree que hay que dejar de mirar con recelo a las generaciones más chicas. Por el contrario, hay que darles oportunidades: “Se ha hablado muy mal de los millennials y de la generación Z, como suele suceder en cada era. Se olvidan de que los jóvenes son los que vienen con todo el empuje, con todas las ideas. Ellas me dan esperanza”, cuenta. Y aclara: “Quieren cambiar el mundo, todos sus proyectos son de enfoque social y muy diversos. Quedé impresionada y estamos felices de que con P&G hagamos un impacto directamente en la comunidad, dándoles los mismos derechos y oportunidades a todos”.

Como parte del mentoreo, las chicas pueden conocer a mujeres de otros países y establecer redes y contactos que de otra manera no se hubieran visto posibilitadas de hacer. De hecho, Herrera Moro cree que parte del éxito de su carrera fue cambiar el chip con el que las mujeres somos educadas, además de tener en claro bien qué camino se quiere seguir. Hoy quiere que “Voces que inspiran” acerque su sabiduría a las que construyen futuro: “Pedir ayuda es uno de los consejos que les daría a las que recién comienzan. En nuestro caso cuesta, es algo que se nos dificulta porque queremos probar que somos autosuficientes. Los hombres, en cambio, son muy buenos para delegar y pedir. Y eso es algo que tenemos que cambiar: ir a la persona que queremos que nos ayude y decírselo”, aconseja.

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Eso mismo hicieron dos finalistas argentinas, que, con emprendimientos relacionados a cuestiones de género y autoaceptación, han sabido usar la tecnología para generar un impacto social. Tienen 18 y 22 años, edades que suelen ser asociadas a la inexperiencia y a la falta de acción.

Sin embargo, aquí están. Tienen en claro qué quieren hacer y, lejos de quedarse en la palabra, concretaron sus propios proyectos sin miedo a equivocarse.

Lucía Martin, creadora de 5ntar, una app que busca reportar el acoso callejero: “Venimos a evitar el desgaste emocional que te genera ir a la comisaría”

Lucía Martin tiene 18 años pero ya hace 3 que no se queda de brazos cruzados frente a la realidad que la interpela.  el que la llevó a destinar las horas que el secundario le dejaba libre para aprender programación y tecnología: “No sabía absolutamente nada en ese entonces: en el colegio nos enseñaban sobre la historia de la informática, pero no a usar Google Drive”, cuenta.

Es que, impulsada por el primer Ni Una Menos, allá por el 2015, dio cuenta que quería hacer algo sobre el acoso callejero, pero todavía no tenía bien definido qué: “La idea surgió recién cuando me anoté en Chicas en Tecnología, un programa para aprender a programar pero desde una perspectiva social en el que el foco está puesto en solucionar un problema a través de la tecnología”. Allí, se le vino a la mente el acoso: “Me dije: ‘¿Qué hago con la tecnología? Esto no lo voy a solucionar yo sola’”.

“No sabía absolutamente nada en ese entonces: en el colegio nos enseñaban sobre la historia de la informática, pero no a usar Google Drive”

Sin embargo, encontró en ella la posibilidad de dar una herramienta para ir haciendo ese camino. El acoso callejero terminó siendo el eje central porque “le pasa a todas las mujeres. A mí me pasó, pero nada muy grave. Sin embargo, eso no es una limitación: le pasó a todas mis amigas, a mi familia”.

Con idea en mano y capacitación, fue destrabando ciertos mitos que giran en torno a la tecnología. ¿El primero? Que es imposible de aprender y que solo unos pocos tienen el verdadero conocimiento para realizar una app. Con 15 años, descubrió que no todo es tan difícil como lo planteaban: “Al principio pensaba que era muy dificultoso. Después descubrí que es bastante sencillo: cuando abro este botón, abro tal página y así. Si bien hay cosas más complejas, no tenés que ser un programador para programar”, relata, sobre su app disponible en Android. Y agrega: “También dar cuenta que la tecnología es más que redes sociales y hackers”.

Así nació 5ntar, como un proyecto para hacer al acoso callejero visible, pero, yendo más allá: brindando la posibilidad de abrir un espacio de contención en el que el relato personal importa. Lucía es clara: “Sentimos que se menosprecia al acoso porque no se sabe lo mal que se pasa en ese momento, cuando nosotras consideramos importante eso que acaba de pasar”, cuenta. Con tan solo 5 pasos, la app viene a facilitar la posibilidad de hablar sin juzgar ni obligar: “La idea es que entres y respondas 5 preguntas: nombre -si querés-, lugar, fecha, ubicación y un espacio importante para que nos cuentes qué pasó”.

Ya desde su interfaz se observa que el propio testimonio es lo más importante de toda la información brindada: “Los otros espacios son más chiquitos, para demostrar la diferencia”, aclara. Sin embargo, el lugar en el que sucedió también es de suma importancia: cada dato recolectado irá a parar a un mapa virtual: “Al mapa podés ingresar sin necesidad de denunciar para ver las zonas y visualizar lo que realmente pasa. La idea es que se llene, pero no para causar pánico, sino para ver lo que realmente pasa”. Hoy en día es Buenos Aires la provincia que más denuncias recibió, pero a futuro se espera que su uso llegue a nivel nacional.

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Si bien existe una ley sancionada a partir de abril del 2019 -antes las leyes regían solo en CABA-, existe una realidad que es intrínseca a esta problemática: casi nunca se toman en serio los testimonios de acoso callejero en las comisarías. Esto, a pesar de que el 100% de las mujeres haya admitido haber sufrido este tipo de delito alguna vez en la vida, según el Observatorio Ni Una Menos. ¿Las razones? Los testimonios suelen ser minimizados, en parte porque, a nivel social, todavía el acoso no está visto como algo negativo, respaldado en el mal llamado “piropo”. Y segundo porque, con sus límites invisibles, este tipo de delito es muy difícil de comprobar.

¿Es, entonces, 5ntar, una manera de suplir la falta del sistema judicial en cuestiones de género? Para Lucía, es un paso previo: “Viene un poco a intentar solucionar esto de: ‘Como no voy a ir a una comisaría, directamente no hago nada’. La idea es facilitar el proceso, hacerlo lo menos engorroso posible, pero también evitar lo doloroso. Ir a una comisaría es una pérdida de tiempo para tu vida en general y un desgaste emocional enorme que hace que no lo denunciemos. Y, como no lo denunciamos, lo invisibilizamos. Si nadie lo reporta, la respuesta de la comisaría va a seguir siendo: ‘¿Qué es el acoso? Si nadie lo denuncia’”.

Independientemente de su aplicación, Lucía hace servicio social. Además de brindar este espacio de contención, acerca en su página información donde expone los centros de ayuda correspondientes y las leyes que estuvieron vigentes: “La idea es que no solo la uses cuando te pasa, sino que también si vas caminando por la calle y ves una situación así, que lo reportes”. Por eso esta app también está pensada para varones, ya que “le puede pasar a ellos y, también, pueden denunciarlo si lo ven”, aclara Lucía.

De la niña que quería ser presidenta todavía hay algún resabio dentro de los intereses de Lucía. Tiene solo 18 años y sí, algún día quiere ocupar el primer mando. Pero también, estos años de emprendimiento le dieron la sabiduría para notar que no se empieza solo por ahí: “La idea de ser presidenta pasaba por querer cambiar las cosas y con el tiempo aprendí que no tengo que ser presidenta para hacer eso”.

Hoy “Voces que inspiran” le está dando la posibilidad de estructurar el camino que empezó a los 15 años: “Tengo una mentora, que es sumamente importante. Ella, al tener experiencia, ha pasado por momentos en los que se equivocó y tuvo que aprender de sus errores, entonces me aconseja a mí para evitarlos. Y además conozco mujeres de otros países de las cuales me gusta aprender”.

Con sus pocos años, Lucía demuestra que los jóvenes son seres activos capaces de resignificar su propia realidad, y que, su uso tecnológico, va más allá de una storie en Instagram. Por eso, le habla a su generación con la misma convicción que encaró este proyecto: “Aprendan a pedir ayuda. Muchas veces se me acercan a pedírmelo y la realidad es que obvio que voy a ayudar. Yo tuve personas que lo hicieron conmigo: busquen gente que haya hecho algo parecido”. Y agrega: “También que se animen. Cuando decía que quería ser presidenta todos me miraban y me decían que era una locura. Y bueno, sí, en parte lo es. Pero qué importa, si le doy para adelante, después podré ver si es tan loco como parece”.

Candela Yatche, creadora de Bellamente, una comunidad sobre autoaceptación: “Que no puedas hacer lo que amás porque no le dan lugar a tu cuerpo me parece horrible”

Cuando el “amor propio” parece un concepto de cartón, viene Candela Yatche, de 22 años, a modificar las lógicas bajo las que la autoaceptación está siendo construida. Es que ella entiende que “aceptate tal cual sos” puede ser un slogan vacío si no se atiende un verdadero cambio interno acompañado de una transformación social.

De nada sirve construir únicamente una mejor relación con vos si los medios de comunicación, el Estado y las instituciones fomentan la gordofobia y los complejos en todos sus estadíos. Por eso Candela creó Bellamente, una comunidad que cosecha más de 30 mil seguidores en Instagram, con un único fin: deconstruir la mirada que tenemos sobre nuestros cuerpos, pero también exponiendo cuánto influye este sistema sobre nosotras.

https://www.instagram.com/p/BxxUFQEnIdz/

“Son muchas patas: es el Estado que no hace cumplir una ley nacional de talles, son los medios de comunicación que operan para las marcas, apuntando a tu inseguridad, es lo que hace la gente día a día”, enumera. “Hoy en día está la vida fit, la vida saludable, pero se olvidan que todo esto debería ser integral: no es solo ir a los supermercados y no comer productos empaquetados, sino buscar un equilibrio entre el cuerpo, la mente y el alma. Lo que nos decimos a nuestros cuerpos tiene que ver con la representación social e imaginaria que tenemos sobre él”.

Fue esa misma representación la que la alarmó. Todavía recuerda el primer día en el que sintió que algo estaba mal. Venía de leer “La dictadura de la belleza y la revolución de las mujeres” y fue como si le sacaran “un filtro con el que ve la realidad”. Estaba en el cumpleaños de una amiga y terminó volviendo a su casa llorando: “No podía escuchar los comentarios de mis amigas, cuando yo siempre hacía comentarios sobre mi cuerpo, pero esta vez me llamaban la atención”, cuenta. “Caí al cumpleaños y la pasé muy mal, me puse a llorar, pero no les dije nada, preferí guardármelo. Fue un poco ser consciente del resto, pero también de las cosas que me decía a mí misma: ‘Soy gorda, estoy baqueteada’. Ese día me marcó para siempre”, recuerda.

Eso coincidió con un año en el que había vivido muchas situaciones que la alarmaron. Por ejemplo, la fiesta de egresados: “Los hombres iban en remera y short y las mujeres en bombacha y lentejuelas en donde le decíamos al diseñador que nos haga menos centímetros porque para la fecha del evento íbamos a adelgazar”, recuerda.

Por eso decidió, primero, estudiar Psicología en la UBA. Su idea era brindar una mirada integral a la problemática. Hoy participa de un equipo de investigación y prevención de trastornos en la conducta alimentaria: “Cuando hay desequilibrios y enfermedades no tiene que existir solo un enfoque nutricional, sino que deberían trabajar en conjunto con psicólogos y psiquiatras. No sirve de nada decirte cómo seguir con la comida si no se trabaja la causa real”, explica.

Puede que algunas de las respuestas de la “causa real” estén en su página. Con publicaciones que invitan a pensar y stories que buscan concientizar, Candela tiene un mensaje claro en su Instagram: “Por una sociedad que piense menos en cómo cambiar su cuerpo y más en cómo cambiar al mundo”. Sin embargo, para llegar a lo que es hoy, ella tuvo que atravesar su propio proceso:

“Al principio mi página era anónima, pero hubo un proceso interno mío tremendo: tuve que acallar las voces de mi familia y amigos que desde muy chica tenía instaladas. Muchas veces me sentía incoherente porque no estaba cumpliendo lo que yo misma promovía, pero no dejé que eso me hundiera. Podría haberme dicho: ‘Sos una farsante’ y cerrar todo, pero no lo hice”, cuenta.

En cambio, descubrió en la introspección el camino para no dejarse llevar por lo que se espera que le pase con su propio cuerpo: “Levantar los ojos y ver por todos lados ‘amate, aceptate’ no sirve de nada. No me sale, si lo leo así no me sale. Por el contrario, creo que es escucharte y conocerte. Todas las respuestas a las preguntas que me hacía las tenía adentro y no tuve que buscar que otro me las diga. Tuve que rebelarme y romper las reglas”, cuenta. De esos pequeños pasos, destaca la importancia de ir frenando los comentarios que recibía de su entorno más cercano, algo que no hacía antes.

Parte de esa transformación tuvo que ver con ser transparente usando sus redes. No hay filtro de Instagram para la vulnerabilidad y Candela es clara con mostrar todas sus facetas: “Si estoy nerviosa, lo muestro. Si estoy ansiosa, también. Lo mismo con la tristeza. Si me corrigen sobre algo, agradezco. Crezco con la comunidad y no me muestro como la reina del conocimiento, por el contrario, fomento las relaciones horizontales”.

Todavía recuerda la vez que lanzó una campaña bajo la siguiente pregunta: “¿Alguna vez dejaste de hacer algo por tu cuerpo?”. Entre las respuestas, le llamó la atención una en particular: se trataba de una usuaria que no se anotaba en teatro porque no existían actrices que tengan su mismo cuerpo y que estaba cansada que los pocos papeles que habían eran de “gorda graciosa”.

Para Candela, esto tiene que parar: “Es muy frustrante, esto me partió la cabeza porque ahí te das cuenta como uno cambia la conducta. Que no puedas hacer un hobby o lo que amás porque no le dan lugar a tu cuerpo me parece horrible”, define. Por eso cree que el odio corporal debe tener un fin: “No se puede naturalizar el odio porque no hace que seamos lo que somos, que seamos eficientes haciendo lo que hacemos, dedicándole tanto tiempo y tanta energía en la obsesión cuando en realidad es nuestro instrumento de vida”.

No hay mujeres gordas en la televisión porque se censuran los cuerpos diferentes. En cambio, cuando caminamos las calles, la diversidad de cuerpos y personas afloran. En definitiva, lo que se está haciendo es invisibilizar la realidad, elegir unos por sobre otros. En ese camino, Candela cree que la autoaceptación tiene que dejar de ser una moda:

“Es una urgencia. Argentina es el segundo país con más casos de anorexia y bulimia en el mundo, primero está Japón. Las estadísticas del 2018 dieron que el 95% de las mujeres del país están insatisfechas con su cuerpo. Todavía falta muchísimo”, informa.

Hoy Voces Vitales la ayuda a frenar y repensar lo que está haciendo: “La gente que nos mentorea es muy grosa y nos sirve para networking y trabajar más focalizadas”, cuenta. Ahora, quienes al principio la miraban con cierta desconfianza en su entorno, la acompañan y se deconstruyen con ella. Terminó siendo un motor de cambio externo y en el seno de su propia familia.

En esa familia tiene a su mamá, quien es una referente para ella. Directora de un medio llamado Lado H, la ayudó a vivir la vida pensando en los otros: “Hoy les diría a las chicas que se tomen 15 minutos para escucharse, respirar y hacer introspección. Y también a mirarse a los ojos en el espejo, antes que al cuerpo. Hoy yo me abrazo con la mirada”, concluye.

En un mundo en el que los millennials y centennials generan desconfianza por el futuro, ellas eligen ser el motor de cambio sin vueltas ni tapujos. Al fin y al cabo, serán los adultos los que tendrán que aprender de ellos, y no al revés.

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