2019-04-26T14:49:57-03:00

Por: Bárbara Simeoni

Que se iba a arruinar las manos, que les iban a quedar “como hombre” y que no iba a aguantar soportar tanto peso. Todo esto le decían a Yanina Maidana cada vez que pronunciaba las siguientes palabras: “Soy obrera”.

En una sociedad en la que se refuerza la masculinidad a través de la fuerza, no hay espacio para las mujeres en tareas que impliquen trabajo de carga. Por eso molesta más una mujer en una construcción, que una de ellas como niñera.

Pero Yanina, de 33 años, no conoce de estereotipos. De hecho, trabajar de esto fue el resultado de una vida en la que primaba la necesidad por sobre todas las cosas: “Trabajé en limpieza, en verdulería, de vendedora ambulante y como camarera”, cuenta. “Pero decidí ser obrera. Escuché que tenían una economía mucho mejor y decidí ir a hablar con el sindicato del gremio para explicarle mi situación”.

Es que Maidana, cansada de los vaivenes de esta economía, tiene 3 hijos que mantener y necesitaba encontrar en su trabajo una salida viable para una mejor calidad de vida. Ser obrera estaba entre sus posibilidades, porque, como ella misma dice “no es una tarea solo para unos”.

“Necesitaba trabajar, sabía que me iba a adaptar. Tenía que pagar un alquiler. Y lo hice”, cuenta. Se paró en las afueras de la UOCRA 4 semanas consecutivas, todos los días, durante la jornada laboral. “Quiero ser obrera”, les dijo, una y otra vez. Insistió, hasta que finalmente lo logró.

“Vieron que me esmeré, que soy perseverante y me dijeron que me iban a ayudar”, cuenta. A los pocos días, ya estaba lista para comenzar a trabajar en una obra que busca transformar un viejo astillero en un edificio de 12 pisos.

Cómo es ser mujer en el mal llamado “mundo de hombres”

Ser obrera pese a todo: “Las bolsas de cemento no deberían pesar 50 kg“ - Imagen

El cupo femenino que impone la UOCRA no siempre es respetado. Con el afán de “incorporar mujeres”, muchas veces estas terminan ocupando tareas de mantenimiento y limpieza. Es decir, nuevamente, sus funciones quedan relegadas a prejuicios de género: “no tienen tanta fuerza”, “su rol es otro”, “pueden lastimarse”, dicen, entre muchas de las justificaciones.

Las estadísticas acompañan esta idea: del 42, 9 total de mujeres que trabajaron en nuestro país en el 2017, solo el 3,6 formó parte de la construcción, el área menos desarrollada por el género femenino, según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC. La división sexual del trabajo tradicional se mantiene: más mujeres en empleos de casas particulares, en la enseñanza y en servicios sociales y de salud; mientras que existe casi una presencia nula en la construcción, transporte y almacenaje.

Ser obrera pese a todo: “Las bolsas de cemento no deberían pesar 50 kg“ - Imagen 1

Teniendo en cuenta que hoy 1 de cada 3 personas viven en la pobreza en Argentina, que las mujeres vean acotado su mercado de trabajo no es un dato menor: de esas personas sumidas en la pobreza, 7 de cada 10 son mujeres.

A menores posibilidades de trabajo, mayor desigualdad. Ya lo había advertido la Organización Internacional del Trabajo (OIT) al especificar en su Convenio N° 111: cualquier distinción, exclusión o preferencia que altere la igualdad de oportunidades o de trato en un empleo u ocupación es discriminación.

Ser obrera pese a todo: “Las bolsas de cemento no deberían pesar 50 kg“ - Imagen 2

Entre los motivos por los que no contratan mujeres en las obras, aparece, por supuesto, la cuestión de fuerza: “La presencia femenina es marginal en los sectores como construcción y transporte y almacenaje, en los que, supuestamente, los requerimientos de fuerza física son decisivos en la contratación”, revela el Equipo de Mercado de Trabajo, perteneciente a la Dirección General de Estudios Macroeconómicos y Estadísticas Laborales.

Pero, ¿no debería existir mejores condiciones de trabajo para permitir su inclusión? La UOCRA lo dice, en su documento sobre Salud y Seguridad del Trabajo desde la perspectiva de género: “Es necesario implementar medidas de seguridad y salud destinadas a preservar la fuerza de trabajo femenina en una obra”.

Sin embargo, en la práctica, nada de esto sucede. El trabajo de fuerza en condiciones laborales paupérrimas está mal para ambos géneros, pero, por supuesto, en la pulseada, son las mujeres las que salen perdiendo. Sarah Carvalhaes Muñoz, arquitecta que preside la obra en la que trabaja Yanina, es contundente sobre este punto: “Las bolsas de cemento no deberían pesar 50 kg, como pesan ahora, porque de esa forma una mujer no la puede cargar sola, aunque un hombre tampoco debería. El planteo no debería ser que el hombre se mate y que la mujer no lo haga”, aclara. “El planteo está en humanizar el trabajo para ambos”.

Ser obrera pese a todo: “Las bolsas de cemento no deberían pesar 50 kg“ - Imagen 3

Ya existe una resolución sobre este punto que, una vez más, no se lleva a cabo: el ex Ministerio de Trabajo dispuso en la resolución 54/2018 que, como control de calidad y prevención de lesiones a largo plazo, las bolsas que cargan los obreros no deben superar los 25 kilos. Hoy los hombres también son presos de este sistema que los empuja a condiciones insalubres de trabajo.

En aquella dinámica, son las propias mujeres las que tienen que insistir para ser reconocidas como obreras. La arquitecta Carvalhaes Muñoz cuenta cómo funciona en la práctica el personal de una obra: “Siempre que llega una chica le asignan tareas como limpieza de baños y, en caso de que sobre tiempo, la hacen hacer tareas de carpintería”, cuenta. “Al final, somos nosotros los que tratamos de que no las pongan en ese lugar, porque ella viene como obrera y puede aprender tareas de carpintería, a doblar hierros…”, enumera.

Yanina es de las que se imponen. Desafía el sistema con el mismo ímpetu con el que se paró frente a la UOCRA un mes entero. Al contrario que en muchos otros contextos de mayor desigualdad, ella sí cobra lo mismo que sus compañeros varones: “Sé doblar hierro, aprendí a hacer estribo. A veces entro arena y piedritas. La realidad es que yo trato de ponerme a la par de ellos”, relata.

Sin embargo, lejos de romantizar este contexto, algo que debería ser acompañado por políticas públicas claras, termina siendo una decisión subjetiva y personal, azarosa y basada en el propio mérito: “Pasa por la propia individualidad de las mujeres la de imponerse y decir que no quieren venir a limpiar. Muchas veces tienen que pedirlo o son sus compañeros los que se tienen que poner las pilas y darle ese lugar”, cuenta la arquitecta.

Sé doblar hierro, aprendí a hacer estribo. A veces entro arena y piedritas. La realidad es que yo trato de ponerme a la par de ellos

Por ello, para Yanina, es crucial despojarnos de los roles de género. Conoce a “Mami albañil”, la instagramer que comparte una guía práctica para que las mujeres aprendan nuevas tareas que estuvieron históricamente relegadas a los hombres: “Es una grosa porque empuja a las mujeres a avanzar y a que se den cuenta que no servimos para estar sometidas”.

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Hoy trabaja para darle a sus hijos la niñez que ella no tuvo. Y afirma que todavía falta para alcanzar esa igualdad: “Nosotras llegamos a nuestras casas y seguimos trabajando con nuestros hijos y las tareas de ama de casa, además de nuestro día laboral”, cuenta, sobre el trabajo invisible y no remunerado que miles de mujeres hacen a diario. El mismo trabajo que muchas veces desplaza a ellas de participar de otras tareas.

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Hoy Yanina tiene un mensaje claro para dar a otras mujeres. Sabe lo que es pasar por momentos de incertidumbre y desazón. Es consciente que abrir paso en un mundo que se cree que es para hombres implica llevar consigo la fuerza que esos mismos trabajos señalan que no tiene: “A las mujeres que quieren ser obreras: anímense. Poniendo esfuerzo y voluntad podemos desempeñarnos por igual”, les dice.