2019-04-03T09:42:01-03:00

Por: Bárbara Simeoni

15 días pasaron desde que Micaela, de 24 años, supo que tenía un embarazo detenido para que los profesionales de la salud le recetaran oxaprost, comúnmente conocido como misoprostol. Estaba de 9 semanas de embarazo y la espera tuvo que ver con el deseo, por parte de los médicos, de que la expulsión se diera naturalmente.

“Caí a la guardia con dolores intensos y ahí luego de hacerme estudios me dijeron que estaba embarazada, pero que las ecografías no mostraban actividad embrionaria, que podía ser un embarazo anembrionario. Luego de otras ecografías se vio que estaba el embrión pero sin actividad cardíaca. Lo tomé de una manera fría. Viví cada dolor como una dolencia”, comienza contando sobre el proceso que atravesó.

Que tenga que pasar solo 15 días para que le recetaran la medicación desde que lo supo fue lisa y llanamente gracias a su insistencia: “El ginecólogo quería que esperara otros 15 días más. Eso significaba que iba a estar con un embrión muerto un mes antes de hacer algo. Todo para esperar a que se desencadenara naturalmente. Me puse a llorar y le dije que no, que quería que me recetara algo o me haga raspado”, cuenta. “Mi mamá estaba conmigo, le dijo que no nos íbamos de la clínica sin una solución. Al final me las recetó, pero tuve que rogar casi”, narra.

Es que, tal como relata Micaela, esos días fueron horribles: “Temía que me agarrara una infección. Tenía dolores, contracciones, a veces los dolores eran tales que tenía que estar en posición fetal unos minutos hasta que pasaran. Nunca dejé de trabajar y los dolores a veces aparecían mientras estaba en el trabajo. Fue duro, fueron días interminables: lo único que quería era que terminara ese proceso”.

Llevaba un embarazo detenido, las farmacias no le vendían oxaprost - Imagen

Lo cierto es que el calvario recién empezaba. Que un médico le recetara oxaprost tras varias negativas no garantizaba, en absoluto, que lo que viniera después sea una solución rápida y efectiva al dolor: “El médico nos había advertido que eran caras, pero nunca que nos iba a ser casi imposible conseguirlas”.

Con receta duplicada de un sanatorio muy importante de Zona Sur, OSDE y estudios en mano que corroboraban el diagnóstico de HMyR (huevo muerto y retenido), Micaela se dirigió a una farmacia para pedir por el medicamento. Se encontró, del otro lado del mostrador, con la peor cara de la salud: la del destrato y la discriminación.

“En todas las farmacias nos miraron mal. Nos miraban, hablaban entre ellos, nos decían que no tenían stock. Les preguntábamos si en otra sucursal tenían y nos decían que no, que toda la cadena no trabajaba la droga. Les decíamos si la podían conseguir, ya que por lo general si no hay stock se pide y lo traen otro día, y directamente nos decían de mala manera que no”, cuenta Micaela.

En todas las farmacias nos miraron mal. Nos miraban, hablaban entre ellos, nos decían que no tenían stock.

Así, pese a presentar el aval de un médico, ni las grandes farmacias querían proveer de lo que pedía legalmente. “Fuimos a probar suerte a una chiquita y fue donde peor nos trataron: ‘Esas cosas no vendemos acá. Ojalá tengas la conciencia tranquila’”, le dijeron. “No podía creer el nivel de maltrato”, recuerda.

Mientras del otro lado la trataban como si estuviese cometiendo un delito, Micaela, con el paso del tiempo, tenía la posibilidad de sufrir una infección. Al dolor físico de llevar consigo un embarazo detenido, se le sumaba la desesperación: “Me sentía terrible porque sabía que si no la conseguía tenía que sí o sí esperar el raspado, cuando eso era solo de urgencia. No quería llegar a eso, no me parecía que fuese necesario llegar a un cuadro grave”, cuenta.

Es que esos días no los atravesaba sola. Micaela tenía un hijo y la posibilidad de que la viera sufrir más de lo que ya había sufrido la atormentaba: “No paraba de pensar en qué iba a hacer si tenía una urgencia de noche y yo estaba sola con él.”, explica. Y si bien ya había pasado por un embarazo anteriormente, el proceso había sido totalmente distinto: “Yo a mi hijo lo busqué y viví todo el embarazo feliz porque lo deseé. Esto fue muy duro: todos los que sabían de mi condición me decían: ‘¿Qué están esperando para sacarte eso? ¿Van a esperar a que se infecte?’”.

Finalmente, tuvo suerte: gracias al trabajo de su mamá, Micaela pudo acceder al oxaprost. “Ella no estaba en horario laboral y realmente jamás pensamos que ninguna farmacia nos lo iba a vender, sino hubiéramos ido de entrada. Nos pareció una locura que se nieguen a dispensarla: mamá llamó a la encargada, preguntó si había stock y fuimos. En su trabajo ya sabían de mi situación”, cuenta. Rápidamente, el medicamento apareció. La diferencia estaba en que a la mamá sí le creían: le creían que no era para un aborto.

De este modo, para tomar oxaprost, Micaela tuvo que saltar varias barreras: primero, insistirle al médico para que se lo recetara, pese a su conocido cuadro. Luego, tocar puerta por puerta de diferentes farmacias, con la premisa, más que suficiente, de que lo necesitaba por su diagnóstico. Y, por último, pagar por él: 5000 pesos es su costo. Esto significa que, frente a la imposibilidad de acceder a él físicamente, se le suma la última limitación, la económica.

“OSDE me cubría el 40%, así que me salió 3000 pesos. Pero tuve suerte”, cuenta Micaela. Probablemente sin su mamá, quien le consiguió el oxaprost gracias a su trabajo, hoy su historia sería otra.

Cómo es tomar oxaprost: un pedido de muchas

Micaela decidió contar su historia en Twitter, sabiendo que era, de alguna manera, la posibilidad de permitirle a otras conocer sobre el misoprostol: “Viví el mismo proceso que vive una persona que aborta”, dice.

El medicamento, que cuenta con 12 o 16 comprimidos, debe ser ingerido de a 4 intervalos de 3, 6 o 12 horas. Tal como relata Micaela, el intervalo que elijas es el que tenés que mantener durante la toma de los comprimidos:

“A las dos horas de tomar los primeros ya empecé con la hemorragia. Al principio fue controlada, como una menstruación leve, pero después con el correr de las horas aumentó”, relata. Y explica cómo se transita: “Los dolores son contracciones, como si te apretaran el útero bien fuerte y dolor en la parte baja de la espalda”.

Tal como le había indicado el médico, si superaba el uso de 4 toallitas femeninas en las 2 horas, tenía que ir a la guardia urgente: “Lo tenía controlado, pero de un momento a otro empecé a expulsar tejido. Ahí fue cuando me asusté y perdí mucha sangre. Me vi empapada de un segundo al otro, fue muy fuerte”, cuenta. En ese momento, pensó en ir al hospital, pero, según relata, finalmente disminuyó: “Fue el pico de la hemorragia, después bajó”.

Ya pasaron 12 días de cuando tomó misoprostol y el sangrado continúa, de manera leve: “Al menos no tengo más dolor”, dice. Lo peor ya pasó. Hoy, recibe cientos de experiencias similares y muy fuertes a través de Twitter. Muchas de ellas no saben cómo conseguir la medicación, otras necesitan que ella les cuente su experiencia para saber de qué se trata: “No tienen la suerte que tuve yo de tener un contacto al cual recurrir. Ahora bien, si hay una receta que lo avala, ¿cuál es el problema de dispensar una medicación? Es una cuestión de salud, no de moralidad. No entiendo”, se pregunta, como quien sabe en carne propia lo que se vive cuando la desesperación es muy grande.

Esta experiencia le sirvió para entender, más que nunca, que nadie abortaría por gusto. Y que el sistema de salud, sin lugar a dudas, las deja desprotegidas: “Algunas me cuentan que hasta con las pastillas del día después les pasó. No se las querían vender porque sí: algo está pasando y está fallando el sistema de salud. Yo planteé un problema que me pasó a mí y es moneda corriente”, cuenta.

Allá afuera, hay cientos de Micaelas que están buscando respuestas y solo obtienen más dudas. Tal como especificó ella en Twitter: “Esto tiene que ser legal porque lo ilegal se oculta y si te ocultás en un proceso así te podés morir”.

Micaela hizo todo menos ocultarse. Si bien su cuadro se enmarcaba en la legalidad, el sistema se encargó de hacerla sentir que ella les debía algo: “Recibir mensajes pidiéndome ayuda para conseguir la medicación, desesperadamente, me hizo sentir impotente. Yo no puedo hacer nada, apenas la pude conseguir para mí. Pero denuncié esto para que a las que les pase en un futuro puedan acceder como corresponde”. Micaela, sin saberlo, se convirtió en la experiencia que este sistema, paso a paso, se encarga de ocultar. Pero ya no más.