2019-02-03T21:05:11-03:00

Por Bárbara Simeoni

El botón antipánico es el elemento final de una cadena que comienza con el miedo pero que termina con el mismo temor. Es que no hay nada de antipánico en el botón que se presenta como mero salvador de las injusticias de las mujeres. Antes de él, existe un Estado ausente que las deja en el desamparo.

Así lo reconoce Marina Benítez Demtschenko, abogada y presidenta de FemHack, una fundación especializada en tecnologías con perspectiva de género, quien tuvo que utilizar el botón que ella misma pidió en 2 ocasiones. Todas las veces, atravesadas por una situación similar: su ex pareja no respetaba la perimetral impuesta por el juez.

Cuando el botón es todo menos antipánico - Imagen

“Hace casi 5 años que estoy en juicio penal”, comienza contando Benítez Demtschenko. “Fue a raíz de la violencia psicológica que recibí. Nuestra relación terminó con él haciéndose pasar por mí en redes sociales e instando a otros hombres conocidos y no conocidos a tener encuentros sexuales conmigo. Con un perfil falso, le hablaba a los hombres en tono sexual en los que yo supuestamente pedía que me violaran, que me taparan la boca, que me hagan cosas”, detalla, sobre el año y medio en el que él fingió ser ella sin que Marina lo supiera.

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Sin embargo, la denuncia penal no fue un impedimento. Comenzó a cruzárselo en la calle en situaciones poco casuales, lo que la llevó a pedir una perimetral: “Cambié mi vida por completo por miedo. Todo me parecía muy perverso. Pero cuando lo denuncié, me lo empecé a cruzar de la nada en todas partes, me empezó a perseguir, me rompió el auto a palazos”.

Nuevamente, no sirvió de nada. Ignorando por completo la restricción impuesta por un juez, Sebastián Horacio Masi -así se llama su ex pareja- volvió a violar esta prohibición 4 veces. Se necesitaba una cuarta para que por fin le entregaran el botón antipánico como una “medida complementaria para que pudiese pedir una alerta cada vez que viera que infringe una perimetral”. Para ese entonces, no sabía que iba a activarlo en dos ocasiones. Ni tampoco que su funcionamiento iba a ser lo mismo que nada.

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Sebastián Masi, el agresor de Marina

El botón antipánico: su funcionamiento

En Argentina, no se ha unificado el sistema ni el protocolo bajo el que funcionan los diferentes botones antipánico. De hecho, hay más de uno. Según pudo corroborar TKM, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el dispositivo presenta una solicitud de auxilio a través de un botón que reza la palabra S.O.S. Si la mujer lo presiona, se podrá comunicar con la Central de Alarmas de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires. Esto fue lo que hizo Carla Soggiu dos veces antes de morir: pedir ayuda a través de la conversación telefónica que le derivó su botón. Por supuesto, llevaba aquel consigo por su ex pareja violenta.

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Así lucen los botones antipánico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Pero el que utiliza Marina es diferente y se corresponde con el que funciona en la mayor parte de la provincia de Buenos Aires. En este caso, no hay un ser humano que responda de manera espontánea el pedido de auxilio. Lo tecnológico del aparato demuestra, una vez más, las barreras de este “acompañamiento”.

“El botón antipánico en provincia es un software que se instala en tu teléfono y tiene dos vías para pedir la alerta: por mensaje de texto y por llamada. La llamada dirige al patrullero directamente a tu domicilio, donde vive la víctima. No te atiende nadie. Vos llamás y se corta. De ese modo sabés que se ha enviado tu alerta”, explica.

Pero, ¿qué sucede si al momento de ser abordada por tu agresor no estás en tu casa? En esos casos, tenés que recurrir a los mensajes de texto, especificando la dirección exacta en la que te encontrás y la razón por la que solicitás la alerta: “Es algo muy difícil. En el momento en que visibilizás a tu agresor, en la calle, en la esquina o en tu trabajo, como me pasó a mí, que se viene acercando a toda velocidad, es difícil tomar tu teléfono, irte a la casilla de mensajes, buscar la alerta y enviarlo con la claridad suficiente como para que el patrullero se dirija a esa dirección”, explica. “Lo que lleva a que si estás en movimiento o te escondiste o se te terminó la batería no puedas renovar la nueva ubicación y que, la policía, nunca llegue al lugar donde estás. Es disfuncional”.

Todavía se acuerda de aquella vez que lo vio merodeando por las afueras del estudio jurídico en el que trabajaba: “En La Plata tenemos todas calles con números. Se me dificultó mucho porque si me equivocaba un solo número el patrullero no me iba a encontrar jamás. No es algo positivo para momentos de desesperación”, cuenta. Incluso, tampoco hay una manera de cerciorarse de que esa alerta haya llegado: “Es una incertidumbre constante, no sabés si alguien está viniendo o qué”.

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Este fue el mensaje que envió Marina en una de las violaciones a la perimetral

El temor y la desesperación que se supone que el botón antipánico viene a paliar se intensifican cuando tenés que pensar en pedir auxilio y al mismo tiempo sobrevivir: “Una vez se me tiró encima del auto y yo manejando tuve las posibilidades de avanzar y continuar un par de cuadras para mandar el mensaje. Pero es desesperante”.

Pese a que este botón se presenta como “antipánico”, Marina en ambas ocasiones llamó al 911: “Quería asegurarme que ese envío había tenido recepción, aunque el del 911 no sabe que activaste el botón antipánico, no hay entrecruzamiento de datos. Pero al menos tenés un compromiso del otro lado de enviar un patrullero, de tener una asistencia”, relata. A diferencia del botón, del otro lado hay una voz que asiste.

Tener que reiterar muchas veces el pedido de auxilio, es tiempo a favor del agresor. Marina recuerda que entre que hizo ambas llamadas y la llegada del patrullero, pasaron unos 20 minutos. No sabe si aquellos minutos fueron producto de la llamada al 911 o la respuesta automática del mensaje de texto: “Era zona céntrica, así que no quiero imaginarme lo que pasaría si estuviese alejada en un barrio aledaño. 20 minutos es suficiente para que el agresor te agarre del cuello y te asesine”.

Una vez que llega la policía: re-victimización

El pedido de auxilio lleva al patrullero a la dirección especificada, pero el protocolo a seguir es tan burocrático como el mismo día que recurrís a la policía a hacer la denuncia: “No tienen idea por qué se los llamó, a pesar de que vos en el mensaje de texto especificás las razones. Le exigen a la víctima que está totalmente desequilibrada por el shock, por los nervios, por las crisis, por el encuentro y por el miedo a que narre, brevemente, por qué, dónde está el agresor, cómo está vestido”.

El proceso puede llevar unos 40 minutos en los que solo existe un ganador: el victimario. En el medio, debería haber una comunicación interna entre la red antipánico y la policía, pero no existe: “La policía debería saber a ciencia cierta qué es lo que va a buscar, cuál es el nombre de la mujer, cuál es el agresor. Datos que podrían facilitarse de camino al lugar”, especifica.

Como si el hecho de que tu agresor esté violando una perimetral fuera poca cosa, la policía que retoma tus datos y sale a buscar al victimario no elabora un acta de la situación: “Llega, te hace las preguntas y se va a buscarlo. Fin”, agrega.

Así, recae nuevamente en la mujer la responsabilidad de hacer la denuncia: “Luego de ese episodio, que te deja con una vulnerabilidad muy importante, con un miedo paralizante, sos vos la que tenés que hacer la denuncia a la comisaría de la mujer para volver a decir que violó la perimetral. Si no la hacés, no consta en ningún registro”.

Nuevamente, no se facilitan los recursos. Es la víctima la que debe cargar con la responsabilidad de su propia libertad y no quien se supone que posee una restricción de esta. En una oportunidad, Marina activó el botón antipánico a las 12.30 del mediodía, pero no fue hasta pasadas las 19.30 que salió finalmente de la Comisaría de la Mujer: “Se les exige a ellas que todo quede registrado, generando una doble victimización. Aquella vez dediqué todo un día a arbitrar lo necesario para que quedara registrado y para que yo pueda en mi expediente penal denunciar esta situación”, explica. Durante esas 7 horas de calvario, el agresor seguía caminando por la calle.

Menos botones antipánico, más tobilleras electrónicas

Benítez Demtschenko, como presidenta de una fundación que atiende la funcionalidad de las tecnologías de la información, resalta que haber vivido eso fue prueba suficiente para tener en claro que lo que falta son políticas públicas: “Debe ser integral, no se puede dar un botón antipánico como sustituyente del poder judicial y ejecutivo. Se debería detener al agresor de manera inmediata frente a la denuncia y la desesperación de la mujer y su vulnerabilidad debería ya motivar una acción sobre los agresores”, destaca.

Ahora, ¿por qué son ellas las que cargan con la responsabilidad incluso cuando son las denunciantes? Para Marina, es claro: “Es momento de trasladar la carga al agresor y no a la víctima. El botón antipánico lo portan ellas y son ellas las que tienen que ser lúcidas, determinadas, rápidas. Pero en realidad son ellos los que tienen que tener el peso del cumplimiento de la orden perimetral”.

Así como los presos llevan tobilleras electrónicas para corroborar que respeten su libertad condicional o arresto domiciliario, Marina cree que es importante incorporar dispositivos que monitoreen el accionar de los agresores y no las de las víctimas. En definitiva, ellos son los que están infringiendo la ley: “No se ha hecho antes porque hay una discusión respecto a la privacidad del agresor, porque estaría siendo registrado todo el día. Pero esto se salda muy fácilmente y es atendiendo al derecho penal: cualquier medida coercitiva tiene que ser proporcional al delito que se denuncia. Y no podemos estar pensando en el momento si al agresor se le limita la movilidad o si de repente el monitoreo afecta su privacidad cuando somos nosotras las que transitamos por rutas críticas en las que nuestros agresores están libres”.

El subtítulo de esta dinámica tiene como única cara la impunidad de ellos, que, como violentos de género, saben que el sistema seguirá apañándolos. Marina lo vivió en carne propia: Masi sigue suelto.

“El acceso a la Justicia para las mujeres es muy limitado. Es un sistema espantoso, doble victimizador, desalentador. Es momento que el Estado se pare firme para tomar dimensión real de las necesidades que tenemos: si el agresor está impune es porque hay un sistema que garantiza su impunidad, poniendo en duda a la víctima, situándola en una mecánica que es demasiado exigente para una que lo único que quiere es vivir sin violencia y sobrevivir”, expresa.

Y finaliza: “Una condena ejemplar puede ser un gran desalentador para otros agresores. El tema es que necesitamos fortalecer los límites de la violencia. Y las víctimas con un botón de pánico no tenemos mucho que hacer”.