Abortar y ser mamá: la historia de Cynthia y la importancia de decidir sobre tu propio cuerpo

Cynthia Carrizo abortó a los 19 años y fue mamá a los 31. Una historia de vida como ejemplo de la importancia de decidir y ser dueño de tu propio cuerpo.

Abortar y ser mamá: la historia de Cynthia y la importancia de decidir sobre tu propio cuerpo

junio 10th, 2018

Por: Bárbara Simeoni

“Yo no merezco ser mamá. Algo me va a pasar después de esto y no voy a poder ser mamá”, pensaba Cynthia Carrizo luego de practicarse un aborto, a los 19 años. El peso de la sociedad recaía sobre ella como un dedo inquisidor difícil de ignorar. “Sentía algo así como un castigo divino”, define.

Corría 2006 y el aborto ni se mencionaba en los medios. No formaba parte de la agenda pública, no era algo discutible en los almuerzos, pocos sabían que era legal bajo ciertas circunstancias. A la culpa, se le sumaba el tabú de hablarlo. Por eso Cynthia eligió sobrepasar ese momento casi sola: solo su novio estaba al tanto de su decisión de acceder a un aborto quirúrgico. Ni sus papás ni amigas sabían. “En esa época ninguna de mis amigas se había hecho uno, eran amigas ultraconservadoras. Yo vengo de una secundaria católica, privada, de una familia súper católica. No había educación sexual, solo desde la biología y desconocía los métodos anticonceptivos que hoy están más accesibles“, cuenta.

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Fue un análisis de sangre lo que le confirmó lo que sospechaba: estaba embarazada de cinco semanas. Cuando el médico del Hospital Prof. Bernardo Houssay, ubicado en Vicente López, le acercó los resultados, Cynthia lloró desconsoladamente. “No quiero tenerlo”, le dijo. La respuesta del médico fue llamar a todos los practicantes a que vieran cómo se tiene que actuar en esas circunstancias: “Es hora de que te hagas cargo de lo que hiciste. Es una situación que entre los dos van a tener que manejar, van a tener que ser adultos”, le manifestó, frente a todos. Quería incidir sobre su elección, argumentando a través de la culpa. Y esto recién era el comienzo.

Acceder a la información de un aborto clandestino: “Te lo recomiendo”

En aquel entonces, Cynthia había entrado a trabajar como vendedora en un shopping hacía dos semanas. Recuerda ese día en el que se enteró como si fuera ayer. Le era imposible seguir con sus actividades diarias como si nada hubiera pasado. “Me largo a llorar en el depósito y viene otra vendedora y la encargada a preguntarme qué me pasaba”, recuerda. “No lo hablaba con nadie y les conté. Una de ellas era mamá soltera y otra estaba casada con dos hijos. Tras preguntarme si lo quería tener, ambas me dijeron: abortá, hacelo“, cuenta. La madre soltera le explicó, sin tapujos, por qué le aconsejaba hacerlo: “Yo amo a mi hija y es lo más importante que tengo. Pero es lo más difícil que me pasó en la vida, la tuve de chica también y la verdad es que si hoy pudiera elegir haber aplazado esto un poco más, lo hubiera hecho. Hubiera sido mamá con otros recursos y otro contexto“, cuenta que le dijo. Un consejo que se vio reforzado por su otra compañera de trabajo, que tenía una familia: tener otro hijo más significaba un golpe económico para su hogar. “Yo me hice un aborto hace poco, te lo recomiendo”, le sugirió, previo a brindarle la dirección de la clínica clandestina.

Así fue cómo se acercó al lugar, que por fuera parecía una casa. Recuerda que la atendieron a través de una reja y tener la sensación de que la señora que estaba del otro lado dormía allí, como si trabajara a tiempo completo. “Les decís que te querés hacer un aborto. Te mira y te dice: ‘Mañana, a las 18 hs. Traete plata’. Se da media vuelta y se va“, relata. “Todo lo que supe, lo supe por la compañera que me lo recomendó. Allí nadie me explicó nada: a través de mi amiga supe que no solo te hacían el procedimiento, sino que también se encargaban de hacerte el seguimiento de que estuvieras bien, si necesitabas medicamentos, te lo proveían. Eso es todo lo que sabía”, cuenta. “En ese momento no conocía otro método: no sabía de la existencia del misoprostol, no tenía idea“.

Como requisito le pidieron dos cosas: $1600 -lo que valía el procedimiento- y una ecografía, que le aconsejaron que para pedirla debía justificar un golpe que peligraba su embarazo. “Por supuesto, la ecógrafa me puso el sonido. Yo lloraba a cántaros y ella no entendía que pasaba. Yo ya sabía que no lo iba a tener”, cuenta. Sin embargo, la volvió a ahogar la culpa: “Tenía que volver a la clínica, pero no fui. Me había hecho dudar: tenía la sensación de que iba a matar a alguien, que iba a matar a una persona. Esa sensación me duró muchos años“.

El día: “Morir o sobrevivir”

Con la plata y la ecografía en la mano, se acercó a la clínica. Como no podían entrar hombres, su novio se quedó esperando afuera. Pese a que la sala de espera estaba llenas de chicas, tenía turno y era su horario. “Vi que las demás chicas estaban acompañadas por sus amigas o sus mamás. Yo estaba sola: no se lo había dicho a nadie”, recuerda. “Y a partir de ahí sentí que todo pasó muy rápido”.

Por dentro el lugar parecía un consultorio médico: “Entrás a una habitación que parece la de un hospital, una señora te dice que te desvistas, que te pongas la bata, que ahora te va a venir a buscar el doctor. Viene un hombre, te dice que pases, yo ni le miré la cara… Te acuesta en una camilla, sin mediar palabras ni nada. La anestesista te hace contar hasta 5”, relata. Sin embargo, ese contar hasta 5 sí le pareció eterno: “En el momento que llegás al número 1, que sabés que te vas a quedar dormida, pensás: ‘Capaz no me despierto más’. Cuando lo tenés que hacer en una clínica clandestina es eso: morir o sobrevivir“. Es el primer pensamiento que se le pasó por la cabeza y el último antes de quedarse dormida: “Por más que tenía 19 años y por más que esté desesperada, era consciente de que se trataba de un lugar clandestino: no sabés si los instrumentos que van a usar están esterilizados, si la persona que te lo va a hacer tiene el conocimiento para hacerlo…”, enumera.

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Lo que le queda es la confianza en el relato de otra mujer que debió pasar por lo mismo. Y el único espacio de contención que tenía, que era su novio. Sin embargo, al mismo tiempo, él no comprendía mucho la gravedad de la situación: “Ellos no tienen consciencia como vos de lo que va a pasar o lo que va a llegar a pasar. Yo creo que ni con él llegué a hablar del miedo de morirme en ese momento… Es difícil, no hay momento para hablar de eso. Tiene que ser todo muy rápido, no podés dejar que pase el tiempo”.

Con el miedo de no sobrevivir y la desesperación, Cynthia se animó a hacerlo igual: “Y me desperté. Me desperté cuando ya estaba hecho. La enfermera viene y te dice: ‘Ahora tenés que venir al control dentro de dos días’. Te dan óvulos y te vas. Ya está”, detalla.

Los días posteriores: “Culpa, pero no arrepentimiento”

Después de la operación, sentí un terrible alivio. Hasta que llegué a la casa de mi novio y fue puro llanto. Pero era un llanto desde la angustia, de tener que pasar por todo esto sola”, cuenta. Y por supuesto, culpa. Mucha culpa. “Escribía cartas. Hoy las leo y sé que era otra persona, tenía otro conocimiento sobre el tema. Conforme me fui informando de lo que había pasado, del estadío del embarazo, de lo que se sabía medicinalmente sobre el feto, me fui despojando de toda esa culpa y de todo ese dolor”.

Es que, tal como ella cuenta, los pensamientos que tenía no eran propios: lo que sentía era el peso de la sociedad y la culpa depositada en una mujer que había decidido sobre su propio cuerpo. Para Cynthia, hoy es claro: “No existe el síndrome post-aborto. Lo que existe es sentirte mal porque las personas te dicen que tenés que sentirte mal y que lo que hiciste está mal, reforzado por la religión católica“, explica. “Jamás me arrepentí de haberme hecho un aborto, la angustia que sentí fue por sentirme aislada, por hacer algo que la sociedad consideraba que “estaba mal”. La mayor angustia que yo tenía después de hacerme un aborto fue la conciencia social que tuve después del aborto: tuve educación católica y la condena era religiosa y divina”, cuenta. “Puede que sintiera culpa, pero jamás arrepentimiento. Ni por un segundo durante todo este tiempo: porque después llegó un momento en el que decidí ser madre y llevar a término un embarazo”.

Ser madre: “Gracias a la maternidad, entendí que es inimaginable que una mujer sea obligada a pasar por eso”

Con el pasar de los años, la culpa empezó a transformarse en pensar en la posibilidad de ser madre: “Me pasó durante mucho tiempo de sentir que tengo un castigo divino del destino. Pensaba: ‘El raspado salió mal, no me lo dijeron y me va a afectar’. Sentía que no lo merecía”, cuenta. Sin embargo, ese día llegó, 10 años después: “Cuando me enteré que estaba embarazada decidí que iba a tenerlo y que era el momento, que quería hacerlo. Y eso que estaba en otro país, sola, con una pareja que había conocido hace 3 meses. No había medicina pública, pero yo decidí: decidí cuando hacerlo y cuando no”.

Ser madre la liberó. Se liberó de toda culpa y se permitió valorar el poder de la decisión sobre su cuerpo. Y al mismo tiempo la hizo comprender lo difícil que habría sido atravesar por todo este proceso de maternidad 10 años atrás: “Cuando sos madre terminás de entender que es inimaginable que una mujer tenga que pasar por un embarazo o un parto de manera obligatoria, porque es muy difícil. Yo estaba a favor antes de ser madre y también lo estoy después: sí, puede que te enamores de tu hijo, que lo ames, pero no es el futuro que querías ni el que decidiste. Y si lo querés en ese momento es porque seguramente te digan que lo tenés que tener obligatoriamente”. Hoy tiene a su compañera de vida, Renata, de 3 años.

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La posibilidad de decidir: “Querer finalizar con un embarazo no quiere decir que no queramos ser madres”

Cuándo, cómo y con quién es una decisión de vida que solo lo puede tomar una. Cynthia lo sabe y se hace dueña de su destino: “Tenemos decisión sobre nuestro cuerpo y una cosa no quita la otra. Querer finalizar con un embarazo no quiere decir que no querramos transitar por la maternidad, solo que no queremos hacerlo en el momento por el que estamos pasando”, define. Y eso porque pudo resignificar lo que vivió: “Todo lo que pasó no fue más que un procedimiento en mi vida y jamás me hizo sentir mal después, jamás me arrepentí”.

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Para Cynthia, es importante desdramatizar esa decisión: “Son dos vidas diferentes, son dos personas diferentes. No es tan dramático, no es como te lo pintan, no es de esa manera. Lo trágico es lo clandestino: es algo que hay que hacerse si vos lo querés, porque es tu decisión, no hay mucho más que eso”, define. Hoy es esa primera palabra que recibió en el depósito de su trabajo. Hoy es ella la que provee información frente a una amiga desesperada que no sabe si continuar con su embarazo: “Las que elegimos esto decidimos sobre nuestro cuerpo. Tenemos que apoyarnos, porque al hacerlo, no tiene más peso la responsabilidad o indignación religiosa sobre ellas. La angustia se va, porque no es tuya”.

El aborto, parte de la agenda pública de cara al 13 de junio: “Cuando yo lo hice, eran otros tiempos”

10 años atrás era inimaginable que el aborto formara parte de la agenda pública. Que fuese tema de debate en programas de televisión, en la mesa cotidiana. “Yo estuve sola durante muchos años con eso guardado. Lo hice de manera clandestina. Si fuese hoy, no me habría sentido aislada ni asesina por decidir sobre mi propio cuerpo como sí me sentí en un momento. Me hubieran ahorrado años de angustia. Hoy, no me siento sola”, recalca.

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Todavía recuerda la primera vez que vio el famoso pañuelo verde en televisión, de la mano de una periodista: “Lloré. Lloré porque estamos luchando por los derechos de mi hija, para que las mujeres no sean martirizadas por simplemente no querer ser madres. Lloré porque si no lo conseguimos ahora sé que los chicos y chicas que hoy merecen ese derecho van a seguir peleando por eso. Abrimos el camino: otras chicas lo van a conseguir si nosotras no lo hacemos”.

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