Mónica Ayos, en conversación con TKM: “Mi ex marido me encerraba por días y escondía la llave”

La actriz habló con nuestro sitio y contó los terribles episodios que vivía de la mano de su ex marido. Una historia de auto-superación que sirve para animar a otras mujeres.

Mónica Ayos, en conversación con TKM: “Mi ex marido me encerraba por días y escondía la llave”

marzo 12th, 2018
Bárbara Simeoni

Una Mónica Ayos de 27 años dijo en televisión que había sido violada por su ex marido. Corría 1999 y nadie parecía estremecerse por su relato. Había sucedido hace tan solo 7 años, pero su fortaleza la llevó a concentrarse en un solo fin: mostrar que “se puede”. Lo que no sabía esa Mónica es que estaba siendo una verdadera adelantada. Es que 19 años después, en pleno 2018, las voces de las mujeres iban a ser enaltecidas. Y con ellas, su testimonio.

“La violencia de género es obvio que no es nueva. Esto data de muchísimos años de silencio, de sordera, de negación o simplemente de caseteo social. Sin embargo, cuando yo hablé parecía a destiempo. Hoy me dicen que soy una adelantada para la época y puede ser que así sea”, comienza contando Mónica Ayos, en conversación exclusiva con TKM.

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“Antes, se veía más el título que el contenido, al estilo ‘una madre joven escapando del horror’, eso impactaba. Pero no pasaba al siguiente nivel que sería proyectarlo en una agenda, que se hable del tema que también en ese momento lo padecían muchas personas, pero no había eco y el miedo te apoderaba”, cuenta. “Lo hice en aquel momento para que sirviera mi historia, para ayudar a mujeres que todavía no se animaban a entender ese círculo vicioso y enfermo de la víctima y el victimario. Y también porque quería compartir una historia de denuncias y violencia, que tuvo un desenlace feliz”, relata.

Esa historia terrible la comenzó a vivir cuando tenía tan solo 19 años y conoció a Mario Valencia, su primer marido. Primero se enamoró de su talento y de su carisma. Pero poco después comenzó a descubrir una faceta totalmente desconocida: “Mario para el mundo era un tipo genial. En el escenario y sobrio era maravilloso. Su carisma y versatilidad lo iluminaba sobre las tablas, pero al bajar del escenario era una caja de pandora, la depresión podría volver en cualquier segundo y ahí arrancaba el circuito de alcohol-cocaína y un blanco para descargarse, que era yo”, cuenta. Ese blanco empezó a vivir un espiral de violencia imparable: “Golpizas embarazada, insultos repentinos y, de la nada, su enojo con la vida, su depresión, sus 3 intentos de suicidio en los que intervine, los gritos, el odio, la impotencia, el desconcierto y el intentar escapar pero no poder porque pasaba días enteros encerrada, literal, con las llaves en su bóxer. Su maltrato físico y psicológico de la mano de un hombre que lloraba al día siguiente, en el que reconocía todo y juraba que iba a intentar cambiar”, enumera. Y destaca que tenía una doble cara en su vida diaria: “Era amoroso con el mundo, algo obvio y típico de un sociópata”.

Sin embargo, hay una imagen de toda esa violencia que no puede quitar de su mente. Esa misma imagen y vivencia es la que la llevó a alejarse para siempre de él: “El zapatazo revoleado mientras amamantaba a Federico, cayendo de mi nariz sangre a la cabeza de un bebé de días de vida…”, recuerda. Y, sumado a eso, un episodio a la madrugada que desató el caos: “Esa noche había intentado abusar a mi amiga que se quedaba a dormir para que no me golpee, ya que delante de gente se comportaba y se contenía, pero ese día no pudo contenerse”.

Como toda guerrera, defendió a su amiga. Y, por supuesto, a su hijo Federico, que tenía días. No sabía que el estar protegiendo a quienes quería, también era una manera de resguardarse a sí misma. Es que en la práctica, para Mónica, importaba más la vida de los otros, que la propia. En eso es clara: “Sentía que cualquier dolor era más importante que el mío. El intento de abuso a mi amiga me llevó a que los separe, arriesgándome a lo peor y pidiéndole que se lleve a Fede. Ella lo hizo en colectivo y en pantuflas, vestida en pijama. Vio la golpiza que se vino después, pero mientras, yo gritaba que se lleve al bebé, que lo saque de casa urgente. Y sí, fue el final. Ahí dije: ya no más”.

Mujer. ?????

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Días antes, había sido violada por ese mismo hombre, poco después de ser mamá a través de un parto difícil. Sin embargo, fue su amiga y su bebé el límite: “Tuve relaciones forzadas post cesárea, que sí, fue violación. Sin cuidarse, agregando el dato que el doctor al darme el alta lo advirtió y sabíamos que mi útero y toda la zona estaba frágil luego de un parto dificilísimo y una internación de 7 días para recuperarme…”, detalla. “No sé si en ese momento me daba cuenta de la gravedad del hecho…pero sí de mi salud y de cómo salí de la internación. Rezaba no haber quedado embarazada porque sabía que no era viable. Me moría, literal”, cuenta a TKM. “En el fondo yo sabía que si hasta ahora no había zafado por mí, esta vez lo haría por Federico”.

Primero, le pidió a su amiga que se lo llevara. De nada le importó que después aparezca la policía en la puerta de su casa, a través de su amiga. Mónica prefería sacar a Mario de su vida por sus propios medios: “Intentaron ayudarme: un vecino escuchó los golpes, la policía vino y yo dije: ‘acá no pasó nada’, cuando sabía que Mario tenía el cuchillo debajo de las sábanas… Había hecho las denuncias varias veces, pasó noches en comisarías. Pero levanté tantas denuncias como las que hice por lástima, por miedo o por pelotuda”, cuenta. “La lástima es el error más grande, ser pelotuda se arregla desde el momento que decidís dejar de ocupar ese lugar tan pedorro como incómodo… y el miedo se disipa cuando hay un despertar, cuando hay información, cuando las voces ya no son susurros, cuando se oyen claramente, cuando pedís ayuda y te dan bola”, narra.

La que “le dio bola” fue su abuela, que le otorgó la plata necesaria para que pueda comprar un pasaje con rumbo a Chile para su marido. Gracias a ella pudo emprender su plan perfecto: alejar a Mario lo mejor posible de ese bebé de días. “Tuve que utilizar mucha hipocresía a la hora de montar una escena de mucha dulzura y amor para que me crea la farsa del pasaje y se vaya al día siguiente sin sospechar que yo me escaparía con el nene en cuanto el avión despegue. Yo sabía que no volvería a vernos”, confiesa. “Fede fue la fuerza que me impulsó a convencerme de escapar sin miedo. Gracias a él, el miedo se convirtió en fuerza y estrategia”.

Todavía recuerda el último día que lo vio, atravesando la puerta de su casa. Lo acompañó a Ezeiza, cerciorándose de que eso por fin estaba sucediendo: “Quería asegurarme de que se suba a ese bendito avión y, a pesar de mirarnos y llorar sin parpadear, yo estaba segura que no quería otra cosa en el mundo que no fuera que se fuera”, cuenta. “Una vez que me aseguré, me volví a la parada del colectivo caminando abstraída como si todo se moviese en cámara lenta, el mundo giraba lento… Subí al colectivo con lo justo, con solo las monedas para el viaje. Sin un peso más. Él se había llevado nuestros poquísimos ahorros para ‘los gastos de allá’. Eso también me generaba odio y asco… Pero comparado con lo que venía viviendo, ese reto era una anécdota, nada me parecía tan grave”, relata. Había sobrevivido a lo peor.

Sin embargo, con el pasar de los años, comenzó a tener terror de que la buscara: “Tuve miedo varios años. Cuando llevaba a la plaza a Federico vivía perseguida pensando que saldría de atrás de una hamaca para enfrentarme y llevárselo… Noches enteras, me imaginaba noches su enojo al no saber dónde encontrarme en un país tan grande para él como Argentina y encima un país que no era el suyo y que además conoció muy poco”, cuenta. A pesar de ello, se sentía esperanzada: “Yo todavía no era una figura pública y él no tenía ningún cabo para atar y encontrarme. Me estaba marchitando a los 19 años y ahora comenzaba a florecer”.

De a poco, el dolor sanó. Logró vivir de lo que más ama y se empezó a hacer un lugar en los medios. Fue en esos tiempos cuando se enteró a través de conocidos que Mario, su ex marido, se había suicidado. Sin embargo, eso no la paró para ser sincera con su hijo Federico, que hoy tiene 25 años. “Nunca idealicé a su papá, porque no quería que viva en una mentira absurda. Pero tampoco lo demonicé. El hecho de que se haya quitado la vida no lo santifica. Nunca reprimí, le conté la verdad, pensando en su felicidad”. Y lo logró: Federico, cuando habla de su infancia, la recuerda como una época feliz. “Eso me emociona. Porque de verdad nos divertimos mucho. Musicalizamos nuestra vida y crecimos casi juntos, todo era diversión y puse el foco en educarlo con la verdad y con el humor. Supe que cada paso era desde mi decisión y mis ganas. Desde la carcajada y la pasión, desde el atreverse”, cuenta.

Hoy es madre de otra hija, llamada Victoria, producto de su matrimonio de 16 años con el amor de su vida, Diego Olivera. Es madrina del hijo de esa amiga que oficializó de ángel guardián cuando puertas para afuera nadie sabía lo que sucedía. Y se convirtió, casi sin quererlo, en una voz para todas las mujeres que están atravesando lo mismo, en 1999 y ahora.

“Ya un empujón, es violencia. Jamás imaginé un tramo de mi vida de esa forma… para mí lo estaba viviendo otra persona. Sin embargo, me pasó, caí, quedé atrapada en una relación tóxica. Lo que importa es tener bien claro que no vamos a cambiar a nadie y hay que irse, denunciar, correrte del rol de enfermera con capa de heroína que no existe. Si le sirve al menos a una mujer que esté pasando por esto, bienvenido. Significa que mi recuerdo amargo valió la pena”, sentencia.

Y concluye: “La base principal está en quererse uno mismo, aceptarse con falencias, defectos y errores, modificar lo que se pueda a esa parte triste y sin luz. Y sí, se pudo. Acá estoy, mientras durante tanto tiempo estuve donde pude, hoy solo estoy donde quiero”.

Esta nota es parte de una serie de entrevistas sobre abuso sexual, violación y violencia de género. Para denunciar casos como este, las invito a escribirme a [email protected]

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