Esta es la vagina controversial que cambió la historia del arte y la manera de ver el cuerpo femenino

Nadie en toda la historia del arte se había atrevido a pintar un desnudo femenino desde ese ángulo.

Esta es la vagina controversial que cambió la historia del arte y la manera de ver el cuerpo femenino

octubre 4th, 2017

Era sencillamente insólito: los únicos desnudos que eran permitidos tenían que estar realizados dentro del contexto de una obra histórica, en la que figuraran escenas de la Antigua Grecia, batallas romanas o cualquier relato que remitiera al panteón olímpico. Cualquier otro intento por representar una mujer con el cuerpo descubierto era considerado, a lo menos, pecaminoso. No era parte del canon. No era lo que la Academia buscaba. No era necesario.

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Aun así, Gustave Courbet estaba acostumbrado al escándalo: vivía por los gritos perturbados de los maestros conservadores, por las miradas furtivas de los morbosos y por la fascinación indiscutible que generaban sus desnudos en las audiencias. Lo que sus obras transmitían era una mezcla de terror con audacia, un gusto culposo que la gente estaba dispuesta a permitirse, para después destrozar con críticas y acusaciones muchas veces sin fundamento. Era la manera de satisfacer sus deseos sofocados, con el pretexto de que, al final, harían un juicio moralizante sobre cómo eso que veían era inadmisible en una sociedad con principios.

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Tal vez fuera por esto que Courbet se atrevió a pintar el sexo de una mujer desde esa perspectiva. El lienzo, que no mide más de medio metro de largo y ancho, hace un enfoque de primer plano a la cadera baja de un cuerpo femenino, sin mostrar el rostro, ni la parte superior del cuerpo. Se ve el torso firme y terso de una joven activa, las piernas abiertas, la vagina expuesta sin pudor, y se sobreentiende la cama deshecha debajo del cuerpo cansado. Nada más. Si acaso se ve uno de los senos cubierto de manera suave por una de las sábanas blancas. Pero la intención es clara: quiere hacerse un énfasis particular a eso que había sido conciliado tan celosamente por tanto tiempo, pero que es tan esencial, tan primigenio, tan natural.

La pintura fue un encargo de uno de los funcionarios públicos más ricos de Turquía, Khalil-Bey —que además había sido mecenas del artista desde hacía años, con quien tenía ya una amistad muy cercana—, y cuando salió a la luz, tuvo justo el efecto en el público que Courbet quería: fue un escándalo. Más aún por el título que se le dio: El origen del mundo (1866), que remite no sólo a la capacidad inherente de la mujer al dar a luz —y a preservar la especie—, sino a esa fascinación oculta que existe hacia el desnudo femenino en su faceta más original, y que el artista deja al descubierto.

De inicio, permaneció en la colección particular del diplomático turco, quien guardaba una de las recopilaciones más vastas de arte erótico de la época. Resulta casi lógico que quisiera una imagen tan comprometedora. La imagen resultaba infame: no era concebible en las últimas décadas del siglo XIX que el vello del cuerpo femenino fuera expuesto de una manera tan flagrante, tan obscena, tan aberrante. Sólo en las imágenes pornográficas se apreciaban ese tipo de perspectivas, y no era aceptable para las personas decentes tener un cuadro así en algún lugar de prestigio.

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Courbet tenía un pensamiento opuesto a esta ideología conservadora: pensaba que el realismo era justo para mostrar las cosas como son, y no bajo el yugo asfixiante del deber ser, como estaba tipificado en los cánones estéticos del momento. Se trata de un cuadro de liberación, de aceptación, y de la inclusión de la experiencia femenina al diálogo artístico. Tal vez fue por esto que, a la muerte del diplomático turco, no se supo qué hacer con el lienzo. Era tan explícito que nadie lo quería —pues, de otra manera, se les consideraría como depravados sexuales, no merecedores de un lugar digno en la sociedad decimonónica—, y no podría jamás ser exhibido como parte de una exposición seria.

Es por esto que pasó 130 años escondido. En realidad poco se sabe sobre las personas que lo tuvieron bajo resguardo. Aunque se tiene registro de que en 1913 llegó a una galería pequeña en París, no se sabe quién ni cómo la llevó a ese lugar. Un coleccionista húngaro compró años después distintos de los cuadros de Courbet a un precio ridículamente bajo, y los expuso en Budapest, donde permanecieron a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Después del conflicto las obras quedaron en manos del Ejército Rojo y fueron devueltas a su dueño original.

El desfile de El origen del mundo terminó cuando, en 1955, el psicoanalista Jacques Lacan lo adquirió, debido a sus inquietudes psicológicas sobre el desnudo femenino. Toda la devastación que dejó el siglo XX en el mundo, suavizó las tensiones que se tenían hacia el cuerpo expuesto de la mujer —en el mundo del arte, por lo menos—, y para cuando Lacan murió, la obra fue trasladada al Musée d’Orsay, en el que se expone hasta hoy; sin embargo, es interesante que después de haber sido el centro de distintos de los escándalos artísticos del siglo XIX, hoy sea de las pinturas que pasan desapercibidas en la colección d’Orsay.

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