¿Cuánto nos marcó nuestra infancia?

Nuestro pasado nos condena pero también puede salvarnos. Mucho depende de nosotros para, hoy, cambiar la historia.

¿Cuánto nos marcó nuestra infancia?

junio 24th, 2016

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“La culpa de lo que me pasa la tienen mis padres. Y mi familia disfuncional. Y mi abuela que no me demostraba su amor. Y esos compañeritos que me cargaban en el recreo. Y la maestra que nunca hacía nada. Y, y, y….”. Seguro conocés algún caso así. Hablo de esas personas que viven revolcándose en las miserias del pasado, convencidas de que todo lo malo que les ocurre hoy, es consecuencia directa del dolor que atravesaron durante la infancia. Lo más triste es que sienten que no hay nada que puedan hacer para revertir la situación.

¿Te suena? Aunque no siempre tan extremo, muchos solemos justificar pequeños fracasos y limitaciones cotidianas con asuntos pendientes y traumas del ayer. Haber estudiado o no una determinada carrera, casarnos para irnos pronto de casa, replicar determinados vicios y patrones tóxicos que reinan en nuestra familia… las opciones son miles. El punto es identificar hasta dónde nos determinan esas miserias y hasta dónde es tiempo de aceptarlas y superarlas, para decidir por nosotros mismos.

A lo largo de la historia, muchas corrientes psicológicas, comenzando por el psicoanálisis de Freud han definido su interés por cómo los primeros años de vida estructuran nuestra psiquis y definen nuestro carácter. Y aunque esto es cierto, y en efecto la infancia ocupa un lugar esencial en la conformación de la identidad, esto no implica que no tengamos el timón de nuestra propia vida. Todo se puede cambiar y sanar, en el aquí y ahora.

“El ambiente familiar influye de manera decisiva en nuestra personalidad. Las relaciones que se producen en el seno familiar determinan valores, afectos y actitudes que el niño va asimilando poco a poco. Claro está que cada familia es un mundo: existen ambientes que propician estilos constructivos y adecuadas pautas de comportamiento, pero también existen disfuncionales, que propician modelos de referencia parental complejos, donde puede haber carencias afectivas importantes”, puntualiza la Lic. Luciana Russo, integrante de Psico Espacio.

Pero esto no significa que los padres sean determinantes sine qua non. “Cómo elijamos vivir nuestra vida en el futuro va a depender exclusivamente de uno”, aclara la Lic Ofelia Salgueiro, miembro del Instituto de Psicología Argentino. “Los padres pueden influenciar positivamente como negativamente en la construcción de la personalidad pero, después, qué hagamos con esa construcción depende de nosotros”.

La carencia afectiva
Coinciden los expertos y los tratados de psicología en que “lo que se aprende en la niñez se llevará durante toda la vida”. Así lo explica el Lic. Gonzalo Bosch White, experto en autoconocimiento y superación personal: “Las investigaciones demuestran que el primer año de vida es clave para la formación de la personalidad del niño: las experiencias y sensaciones que vive en los primeros meses influyen decisivamente.

En este período, la madre juega un papel fundamental. Pero la identidad se desarrolla gradualmente bajo la influencia combinada de factores hereditarios, del ambiente social y de la experiencia personal”.

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Pensándolo así, es muy entendible que nos evoquemos al pasado para explicar ciertos aspectos de nuestra vida que no suceden como esperamos. ¿Dónde está el equilibrio? Comprender por qué actuamos como actuamos y sentimos como sentimos es el primer paso para encontrarlo.

Para eso, es preciso explicar lo que en psicología se conoce como “el síndrome de carencia afectiva”. Tal como se desarrolla en www.carenciaafectiva.blogspot.es, un sitio especializado en este trastorno, se trata de la situación en que se encuentra un niño que ha sufrido o sufre la privación de la relación con sus progenitores, principalmente con su madre, y que padece el déficit de atención afectiva, tan necesaria en la edad temprana.

¿Por qué sucede? “Porque en el ser humano no existe la posibilidad de una maduración correcta sin el calor afectivo del amor. Aunque cualquier persona puede sentir no haber amado lo suficiente o no haber sido amado de forma adecuada, la ausencia grave de estimulación afectiva durante la infancia por parte de los adultos, que juegan un rol relacional importante, provoca síntomas clínicos que se expresan en trastornos somáticos, afectivos y conductuales”.

Y este trastorno tiene grandes consecuencias. “La ausencia de este vínculo de amor está relacionada con la aparición de diversos trastornos: de aprendizaje, socioafectivos (tales como la inestabilidad en las relaciones), o bien psicosomáticos, como la fatiga, estrés, o depresión”, agrega la Lic. Russo.

Sus efectos se ven directamente en el modo en que nos comportamos en la adultez: “Hay que recordar siempre que uno aprende a ser padre siendo hijo. Si nuestros padres no han sido afectuosos con nosotros, no pudieron contenernos ni cubrieron nuestras necesidades afectivas, probablemente a la hora de ser padres/adultos repetiremos lo mismo con las personas que nos rodean y especialmente con nuestros hijos. Las personas que no han recibido afecto en su infancia no han realizado un aprendizaje adecuado en el intercambio del mismo. Se sienten desvalorizadas y creen ser poco importantes para los demás. Tienen dificultades para conectarse con lo que sienten y si logran percibirlo, no saben expresarlo”, profundiza la Lic. Salgueiro.

¿Cómo podemos paliar este malestar? Según entiende el Lic. Gabriel González, de la Fundación Eduardo Punset, “el trabajo terapéutico consiste en la expresión de esa necesidad afectiva, enfrentarse a los temores ante el abandono, desarrollar un sentimiento de seguridad personal y valoración que te permita poder paliar dicha carencia. Por ello, es importante que puedas explorar la pérdida sufrida para llegar a entender que no se pudo hacer de otra forma, que las personas que provocaron esa carencia afectiva, en ese momento, no supieron y no pudieron hacerlo de otra manera”.

Adicciones y algo más
Lo que esta base teórica nos explica es que lo que sucede en la infancia nos afecta más de lo que pensamos. En esta misma dirección, hay evidencia empírica que demuestra que la forma en que somos tratados en la temprana infancia puede predisponernos a padecer estrés crónico. Al parecer, hay un periodo crítico en el que las experiencias habidas determinan en buena medida la capacidad para manejar el estrés a través de toda la vida. Es que crecer en un ambiente hostil nos hace vivir en permanente estado de alerta, lo que por un lado nos vuelve más fuertes y resilientes, pero por el otro nos hace más permeables a adoptar estados de nerviosismo prolongados.

Una de las situaciones adversas que más claramente refleja el modo en que los comportamientos adquiridos en la infancia determinan la vida adulta es la de las adicciones. Es muy frecuente encontrar que un hijo de un padre adicto repita las mismas conductas dañinas. Pero si tanto dolor le causó ese comportamiento, ¿por qué lo imita?<

La Lic. Salgueiro caracteriza el fenómeno: “La dinámica familiar gira en torno a la adicción como un gran círculo codependiente. Los hijos de adictos aprenden a comunicarse, a comportarse y a relacionarse de formas inadecuadas cuando son adultos. Lo que se repite es el argumento, ese plan o programa concebido en la infancia bajo influencia parental que luego es olvidado o reprimido, pero que continúa sus efectos. Los mandatos funcionarán como guía; es un camino ya conocido y por eso es muy difícil salir. Tener una vida autónoma significa no depender de nuestro argumento, tomar decisiones por uno mismo y no en base a expectativa familiar”.

Esto quiere decir que no todo está perdido. Al menos así lo plantea la Lic. Russo: “Considero que hay muchas cosas por hacer. Hay algo que se llama capacidad de resiliencia, que todos tenemos, y por otro lado es importante saber pedir ayuda a tiempo. Si una persona ha tenido que atravesar situaciones así, es importante buscar otros referentes, tomar otros elementos y reconstruirse nuevamente. Esto implica un trabajo, pero que vale la pena”.

El Lic. Bosch White concuerda: “Los hijos de padres alcohólicos tienen mucha más tendencia a ser alcohólicos y pueden padecer más problemas; pero no siempre se repite la historia. Se puede patear el tablero y cortar el karma familiar. Somos libres y nada nos condiciona más que nuestra propia mente. Para cambiar es necesario comprender, perdonar y acabar con la repetición de esas historias”.

Lo mismo sucede en los hogares donde reina la violencia. Se estima que el 57% de los padres maltratadores provienen de hogares en donde han sido maltratados. “Las escenas de violencia precipitan el desarrollo de comportamientos abusivos en la vida adulta. Pero no todos los niños que han sido maltratados se convierten en padres maltratadores. Estas situaciones nos quedan como huellas imborrables y seguramente aparecerán en el futuro de diversas maneras, pero sí está a nuestro alcance cambiar su significado emocional”, alienta Salgueiro.

La más visible de las consecuencias en la psiquis de las víctimas de violencia es la incapacidad para establecer una relación estable con una persona que esté “sana”. Necesitan sentir que la otra persona los “necesita” para sentirse valorados, que sirven para algo. Y como no pueden “divorciarse de sus padres”, se acostumbran a amordazar sus sentimientos, a reprimir el dolor. Poco a poco, si no resuelven este trauma, pueden volverse adultos deprimidos, con muy baja autoestima, débiles de voluntad, que pueden padecer fobias o ataques de pánico, y con una fuerte sensación de estar “anestesiados”.

La terapia es indispensable en todos estos casos, ya que si bien no se pueden borrar del cerebro las experiencias vinculadas a la violencia o a las adicciones, sí se puede quitar o reducir el estrés que provocan y enfocarnos en encontrar soluciones que nos abran nuevos modos de vida, más saludables.

Camino a la adultez
Más allá de los casos puntuales, durante las distintas etapas del desarrollo psíquico, los padres y las situaciones familiares nos afectan de distintos modos. Pasada la niñez, iniciamos un proceso de separación propio de un momento en el que estamos forjando la identidad: adolecemos. Aquellos padres y madres que antaño nos parecían superhéroes, ahora se convierten en necios que “no entienden nada”.

Según argumenta la Lic. Adriana Martínez, Psicoanalista Coordinadora Asistencial de Fundación Buenos Aires, “el adolescente toma distancia de sus padres porque le es vital para ir armando su propia versión de sí mismo – y de los demás. Hasta entonces, somos bastante lo que las vivencias de la infancia han recortado para nuestros ojos inmaduros. El mundo lo vimos tal como nuestros padres nos lo mostraron. Fuimos niños “tranquilos”, “revoltosos”, “demandantes”, “dispersos”, “cariñosos”, “rebeldes”, “independientes”, desde el punto de vista de nuestros adultos a cargo. Pero ¿quién soy?, ¿qué quiero?, ¿en qué cosas creo?, son preguntas que se despliegan en la adolescencia. No obstante esta distancia saludable y la obtención de autonomía personal que conlleva hacerse adulto, todos conservamos ciertos axiomas, mandatos, parámetros, versiones, que nos fueron transmitidos y que hemos internalizado en nuestra temprana infancia”.

¿Qué ocurre fehacientemente en esta etapa?
“Se encara la revisión, construcción y definición de una identidad que hasta ahora no se había cuestionado. La separación progresiva de los padres, la búsqueda de nuevos referentes y la salida y la exploración del mundo ayudan a la reorganización interna. Algunas cuestiones de base, traumas graves o situaciones de conflictos pueden seguir vigentes pero es una nueva oportunidad donde todo puede cambiar”, desarrolla el Lic. Bosch White.

Una vez superado este período, llegamos al momento culmine en donde se gesta la primera adultez y, una vez más, el vínculo con los referentes de la infancia se altera. En su libro “No quiero crecer”, la famosa psicóloga chilena Pilar Sordo lo desarrolla: “Podríamos decir que de los veinticuatro a los treinta años es la etapa de la consolidación de la adultez. Ya existe compromiso, hay vínculos permanentes, la gente está buscando valores sólidos, cierta estabilidad en el tiempo (…)”.

Visto así, podríamos concluir que a esta edad ya estamos en condiciones de decidir por nosotros mismos y dejar de lado las cargas emocionales de la infancia. Sin embargo, según advierte Sordo, la generación actual no llega muy bien preparada para afrontar estos desafíos y, anclados en el pasado, estos jóvenes se convierten en adolescentes tardíos. ¿Los motivos? “Los adultos, nuestros padres, nuestros abuelos, son absolutamente responsables. Quizás por no mostrar mundos adultos felices, comprometidos, donde las parejas que sean felices digan que lo son, que se muestre el amor como un concepto entretenido, apasionado, entregado, jugado por entero”.

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Y aunque reconoce el peso de las experiencias pasadas, Pilar Sordo plantea el desafío de cada uno de ellos:

“Quiero invitar a los jóvenes a que se arriesguen a vivir solos, a que sepan cuánto cuestan las cosas, a que empiecen de cero (…). Creo que comenzar de la nada siempre hace bien; el valor del esfuerzo es algo que a la larga construye”.

 

¿Cómo reconfigurar entonces el vínculo con el pasado?
Sordo recomienda: “Se debe tratar de no pedir la ayuda de los adultos mayores, para que puedan ir solo viendo los logros de sus propios esfuerzos, y no depender del cariño o la buena voluntad de sus padres (…). Aquí termina el camino, en este precipicio donde uno puede arriesgarse o no a ser adulto, en que uno puede atreverse o no a construir una vida propia. Los padres pueden haber hecho las cosas bien o mal, o no haberlas hecho, pero el tema es que en algún momento uno tiene que hacerse responsable por la vida que tiene y desarrollar un proyecto de vida adulto, responsable, enfocado en otro, no en sí mismo, para poder lograr la plena felicidad”.

¿De quién es la culpa?
¿Hasta qué edad le podemos echar a nuestros padres la culpa de todo lo que nos sucede? “Generalmente en la adolescencia es el momento donde uno se enoja mucho con los padres y los culpa de todo. Quedarse atado a esta etapa es no crecer, es caer en justificaciones y no avanzar hacia la autonomía”, sentencia la Lic. Salgueiro.

Para explicar la base de este comportamiento, en su libro “Entrenamiento en Gestalt”, el Lic. Eduardo Carabelli, psicólogo clínico y terapeuta del Centro Gestáltico San Isidro, plantea que muchos de nosotros, ante situaciones frustrantes de la vida (como los fracasos o el dolor emocional), asumimos distintas posturas. La más frecuentes es ubicarnos en el papel de víctimas: “La reacción más inmadura es adjudicar toda la responsabilidad al entorno (país, pareja, padres, el otro, etc.) y sentirnos perjudicados o determinados por la situación: No me dieron lo necesario… No me dejan crecer… El protagonismo de la situación está totalmente en el exterior. Tan solo recibimos su acción y nos quejamos de la conducta del otro, sin descubrir la actitud pasiva que estamos desplegando para que el otro siga haciendo lo que hace o sin conciencia de las condiciones que generamos, para que el otro actúe de esa forma”.

Quienes obran de este modo, encuentran que su propia felicidad depende del otro y no pueden hacer nada más que esperar a que cambie. Han perdido su libertad”.

Otra posibilidad, que muchos adultos adoptan, es pedirle al otro que cambie para que no nos perjudique: nos convertimos en tiranos. “Si el otro desea el mismo cambio resolvemos la situación, pero si tiene un deseo opuesto entablamos un conflicto. Entonces tratamos de encajarlo en nuestras expectativas y si no lo hace se lo exigimos o se lo reprochamos. Cuando no podemos cambiarlo, ni siquiera a través de los años, nos producimos un gran sufrimiento que se lo adjudicamos al que no quiere cambiar y darnos el gusto: “Por tu culpa ya no soy la de antes”, o “Hace años que te pido de ir a misa, ya ni me acuerdo cómo era”.

En todos estos casos, profundiza el Lic. Carabelli, consiste en una fuerte inmadurez de quienes no están listos para asumir responsabilidades ante su destino. “La madurez trae consigo una nueva lectura de los hechos y de la novela familiar. Este mecanismo es un poco complejo en el sentido de que uno termina estando de alguna manera atado al pasado y eso le quita energía suficiente como para cambiar la mirada y dedicarse a observar el abanico de posibilidades y herramientas que uno mismo, y probablemente con ayuda profesional, pueda construir. Correrse de la escena traumática para resignificarla, a la distancia, de un modo distinto, pensar que lo que pasó pasó, y vérselas con eso para que nos afecte y nos determine lo menos posible, de acá, en adelante, será la consigna”, resume Russo.

Hacete cargo
Si bien hemos marcado a lo largo de esta nota que la infancia efectivamente nos influye como individuos, el espíritu de la psicología de hoy apunta a destacar que no nos determina. Hay mucho que tiene que ver con nuestras elecciones personales: terceros afuera.

Pero cabe aclarar que, como explica la Lic. Adriana Martínez, en rigor, no se trata de dejar el pasado en el pasado, sino de hacer algo distinto con lo que hay. “Porque si de adultos tenemos síntomas inexplicables y sufrimos y repetimos sin entender, es porque el pasado se hace presente.

Si volvemos al pasado es para entenderlo y reescribirlo, para elaborarlo y liberar nuestra vida de un sufrimiento que es excesivo. Hacernos cargo significaría entonces poder hacer elecciones diferentes, proveerse a uno mismo nuevas cartas para barajar y dar de nuevo”; que es lo contrario al “borrón y cuenta nueva”.

Para lograr atravesar esta reconfiguración personal, El Lic. Carabelli aconseja:

-Descubrir nuestras propias respuestas: Comenzar a ver qué estamos haciendo y aceptarlo. Reconocer nuestro comportamiento como víctimas o como tiranos y darnos cuenta de la dependencia que nos produce. Podemos seguir manipulando al mundo o podemos empezar a buscar nuestras reacciones con mayor autonomía.

-Ser responsables de nuestras respuestas: Frente a cada situación que nos toca vivir, nos damos cuenta de las reacciones que se generan en nuestro interior, nuestros deseos y nuestros intereses, interactuando con nuestras posibilidades y el mundo que nos rodea. De todas esas variables producimos una síntesis y nos arriesgamos a una respuesta. Esta es nuestra responsabilidad, nuestra capacidad de protagonizar la propia vida, ya sea para sufrir o para disfrutar. La idea de Carabelli es simple: “Sin excusas ni proyecciones, reconozco lo que quiero o lo que necesito y voy hacia ello. Voy hacia la compasión, hacia el sexo o hacia la violencia. Descubro mis límites. Vivo mi vida de la mejor manera que puedo”.

¿Por qué es importante hacernos cargo de nuestra vida y dejar el pasado en el pasado?
“Cuando nos atamos al pasado perdemos de vista nuestro presente, dejamos de vivir el aquí y ahora. Dejar partir y despedirse del pasado es cerrar los asuntos inconclusos para que estos no vuelvan a aparecerse en el presente una y otra vez. Esto no tiene que ver con tomar una actitud negadora frente a las dificultades y hay que tener en cuenta que antes de cerrar hay que abrir para volver a cerrar”, sintetiza Salgueiro.
La Lic. Russo puntualiza sobre este concepto: “Llevar una vida adulta implica tener la libertad de poder tener criterio personal en el pensamiento y en las emociones. Una vez que hayamos despegado y trabajado aquello que quizá no elegimos para nuestra vida, es justamente ahí donde nuestro rumbo puede ser genuino y desde donde partirán nuestras propias elecciones”.

En esta misma línea, Salgueiro retoma: “Ser protagonistas de nuestra vida significa hacerse cargo de nuestro propio guión de vida porque, si bien existe este guión y nos determina de alguna manera siendo que esas hojas ya están esbozadas, uno siempre tiene el recurso y el potencial interno para cambiar el libreto y elegir el rol actual en la vida, como uno quiere que sea su vida”. El camino lo elige uno siendo el timón de su propio barco.

Aquí radica nuestro verdadero poder. Como indica el Lic. Carabelli, nuestra fuerza es la capacidad de autoexpresión y autotransformación. “Yo soy el problema a resolver. Mi vida es una serie de excusas para desentrañar lo que soy. Lo que no aprendo en una circunstancia se me presenta en la siguiente, y si no, la aprendo en la próxima. Hasta que descubra lo que necesito aprender y lo incorpore. Es decir, me conozco y me acepto en lo que soy, en las tendencias que tengo, en mis límites y en mis posibilidades. Cuando observo el proceso que se está dando en mí, lo menos que puedo hacer es aceptarlo, reconocerlo como propio y hacerme cargo de él”.

El desafío, para aprender a amarse, es asumir la responsabilidad de la propia felicidad. Tal como propone Bosch White, “comprender que no podemos dejar en manos de los demás nuestro propio bienestar es fundamental para hacernos cargo de nuestra vida. Esto implica aceptarnos con nuestras fortalezas y debilidades y elaborar preguntas que tienen que ver con el sentido último de la existencia”.

Asesoramiento:
-Lic. Ofelia Salgueiro del Instituto de Psicología Argentino: www.institutoinepa.com.ar
-Lic. Adriana Martínez de la Fundación Buenos Aires: www.fundacionbsas.org.ar
-Lic. Eduardo Carabelli, del Centro Gestáltico San Isidro: www.cgsi.com.ar.
-Lic. Luciana Russo: www.psicoespacio.com.ar.
-Lic. Gonzalo Bosch White: [email protected]
-Lic. Gabriel González, de Fundación Punset: www.fundacionpunset.org

Fuente: Revista Psicología Positiva

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