Las ventajas de ser altamente sensible

Preocuparnos por los demás nos conecta con un costado humano positivo, pero cuando esto termina lastimándonos, todo cambia.

Las ventajas de ser altamente sensible

junio 15th, 2016

“Lo ví llegar y enseguida se me puso la piel de gallina”; “sentí un vacío inmenso en el estómago”, “observé lo que sucedía en televisión y rompí en llanto”. Con esta extrema sensación de padecer y sufrir todo lo que sucede a su alrededor como propio y como si tuvieran un sistema nervioso más expuesto que lo normal, así viven las personas hipersensibles. Del mismo modo que existen caracteres que se diferencian por la racionalidad, esos que calculan fríamente cada paso, hay otros que viven guiándose únicamente por esas percepciones, incluso desarrollando un estado de alerta emocional permanente.

Si sos de los que andan por la vida hablando de la “química” o del “feeling”, si prestás atención a la buena o mala onda, e incluso mirás de reojo algunas prácticas supersticiosas para preservarte de todo lo negativo de tu entorno…¡Quizás lo tuyo sea un claro ejemplo de hipersensibilidad!

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Por fuera y por dentro

En términos médicos, los seres humanos tenemos la capacidad de reaccionar con nuestro sistema inmunológico frente a las agresiones de los agentes patológicos externos. Si no contáramos con este mecanismo de defensa, el organismo podría sufrir diversos tipos de daños y reacciones en el cuerpo.

Desde el punto de vista psicológico, la hipersensibilidad también tiene algo que ver con esto. Algunas personas elaboran la capacidad “inmunológica” de preservarse de las emociones de los demás, logrando algo así como una distancia prudencial que les permite relacionarse sin salir afectados por los problemas o humores ajenos. Pero hay otras que tienen un mecanismo psíquico más expuesto -que en términos simples sería algo así como las defensas bajas–   y por eso la vida social les afecta y deja huellas importantes. Quienes forman parte de este grupo, sienten, viven y sufren en carne propia lo que ven, escuchan o perciben de su entorno. Por suerte, hoy en día las nuevas teorías psicológicas nos permiten abordar este tema puntual y tan complejo con claridad y fundamento:

Ernest Hartmann, psiquiatra de la Universidad de Tufts, EEUU, desarrolló el concepto de fronteras, una dimensión de la personalidad y la forma de experimentar el mundo. La vida, según Hartmann, se compone de los límites entre el pasado y el presente, el usted y el yo, el sujeto y el objeto, y los individuos difieren en la forma en que conciben esos puntos de inflexión. ¿Podemos decir entonces que una persona hipersensible no logra dividir el afuera y el adentro, las sensaciones propias y las ajenas? Probablemente se trate de fronteras más delgadas, más permeables, que permiten percibir como propias las emociones de su entorno.

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En el ámbito local,  la Lic. Ofelia Salgueiro, integrante del equipo profesional del Instituto de Psicología Argentino (INEPA) afirma: “Es importante tener claro cuál es la diferencia entre ser una persona sensible, la cual se emociona y siente con el otro, a ser alguien hipersensible, que siente por el otro y lo vive tan intensamente que termina siendo agotador y negativo para su vida. De esta manera los sentimientos del otro pasan a ser de uno y por lo tanto cuesta estar bien y disfrutar de la vida, porque cuando no sufren por los problemas propios, sufren por los ajenos”.

Por su parte, la Dra. Clara Nemas, Secretaria Científica de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APDEBA) hace una aclaración sumamente importante: “Alguien puede ser hipersensible o estar hipersensible, es decir, será un simple rasgo ocasional o una característica estable, que en general se relaciona con cuestiones y motivaciones más inconcientes, como si fuera la punta visible de un iceberg.” Normalmente, explica la especialista, sentimos empatía por el sufrimiento de un semejante, nos ponemos en su lugar, pero siempre hasta un punto y sin confundirnos. Es por eso que podemos “acompañarlo en el sentimiento”. Pero cuando esa empatía es exagerada, hablamos ya de hipersensibilidad.

El problema aparece cuando nuestra propia identidad se pone en riesgo a partir de una conducta emocional extremista. Si muy frecuentemente quedamos atrapados en las historias de los otros, o somos incapaces de exponernos a una noticia triste porque se nos amarga la semana, entonces estamos tan desprotegidos que la vida social se nos complica. “Esta característica está expresando cierta inundación de la mente por las emociones; por eso, es el crecimiento mental el que nos permitirá contener esas emociones y encontrar mejores modos de enfrentar y resolver los inevitables problemas que se nos presenten”,  explica la Dra. Nemas.

Encontrá el lado positivo 

“Si, siento que tengo una sensibilidad mayor que la de algunas personas y eso se nota. En ciertos momentos estoy profundamente afectada, por ejemplo cuando alguno de mis clientes, con los cuales llevo años trabajando, me cuenta alguna situación triste, algo que me moviliza profundamente”, comenta Solange, reconociendo casi con orgullo una característica muy personal. Como en tantos otros temas, aceptar la realidad puede ser el paso inicial para cambiar el foco, dejar de ser víctimas y empezar a disfrutar de lo que somos.

En nuestra sociedad es difícil asumir la propia sensibilidad porque enseguida se asocia con debilidad. Vivimos en un contexto donde se valora el pensamiento racional y entonces, muchas veces, se descalifica a las personas que están más conectadas con el mundo emotivo. Pero es importante no caer en esa trampa.

“Las personas que se mueven con sus sentimientos a flor de piel perciben que son observadas y, se vuelven introvertidas por miedo a expresar su visión, su punto de vista. Hay que tener en cuenta  para nuestra vida y nuestro desarrollo, la importancia de utilizar la inteligencia emocional (inteligencia intrapersonal e inteligencia interpersonal). El ser sensible puede implicar un valor agregado muy importante para conectarnos con el entorno. Nos permite identificar y analizar aquello que sentimos. Si somos solamente racionales y pensantes, nos perderíamos la posibilidad de expresar aquello que nos pasa, de tener empatía y rapport con las personas que nos rodean”, explica la Lic. Cecilia Lotero, del equipo profesional de INEPA y agrega: “La verdadera riqueza está en poder transitar nuestros aspectos vulnerables y fortalecernos a partir de ellos”.

Ser extremadamente sensibles no es ni mejor ni peor que otros aspectos de nuestra personalidad, siempre que estemos dispuestos a dar un paso: asumir y valorar lo que somos, para comprender en profundidad nuestras reacciones, tanto físicas como verbales y emocionales.

 Aprendé a relacionarte

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Quizás todo lo que hemos dicho anteriormente te abrió los ojos para entender por qué reaccionan así aquellos compañeros de trabajo, amigos o hasta incluso tu propia pareja. Esas personalidades que hasta ahora te parecían tan “delicadas y frágiles” tienen su razón de ser y aquí te damos algunos consejos para saber cómo mejorar tu vínculo con ellas:

-No los critiques: este tipo de individualidad suele tener poca capacidad para recibir comentarios negativos, porque en general la base de la hipersensibilidad reside en una baja autoestima.

-Practicá el ejercicio de la aceptación: nada peor para una persona con estas características que la insistencia continua por querer cambiarlas. Demostrarle que la aceptás tal cual es, será la mejor forma de optimizar el vínculo.

-Generá más espacio: una relación demasiado estrecha y simbiótica puede resultar asfixiante para quienes se enganchan continuamente con los temas del otro. El hipersensible necesita espacio, tiempo para estar solo, reponerse y volver a cargar energías.

Los mayores problemas de comunicación se producen porque no prestamos demasiada atención a las necesidades del otro. Más de una vez habremos sentido que un mínimo gesto o tan sólo una palabra equivocada generaron reacciones inesperadas, y sin darnos cuenta despertamos una tormenta también impensada. Es así de fácil cambiar el ánimo de una persona hipersensible, y es por eso que, como en toda relación social, es preciso saber qué clase de interlocutor tenemos enfrente para sobrellevar los cambios de ánimos y optimizar el vínculo.

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