Pareja de a tres: cuando dos no alcanzan para el amor

Mucho entran en el juego de ser “el” o “la” otra de una relación. Cómo salir de esta trampa antes de tocar fondo.

Pareja de a tres: cuando dos no alcanzan para el amor

junio 13th, 2016

Existen casos en los que la presencia del otro no se limita a ser la ficción generada por un síntoma de celos o inseguridad, sino que es condición la existencia real de alguien más para sostener o generar el deseo de la pareja.

Estos casos los encontramos entre personas que no se contentan con el tercero imaginario sino que lo buscan en la realidad, lo cual no quiere decir que esta búsqueda sea el fruto de una decisión consciente. Por el contrario, en muchas ocasiones suele ocurrir que la propia persona se sorprende de sus elecciones: “¿Por qué siempre me engancho con tipos casados?” – se preguntaba angustiada una paciente.

Pareja de a tres: cuando dos no alcanzan para el amor - Imagen 1

Podemos encontrar muchas formas dentro de esta misma problemática. Pero centrémonos en una variante que es aquella en la que alguien requiere que el otro esté comprometido para sentir una atracción erótica.

Buscar la dificultad 

Cuando una persona comprende que necesita que el otro esté en pareja para que le genere atracción suele buscar razonamientos que justifiquen esto, como si en lugar de un síntoma que no puede evitar se tratara de una elección libre. En el consultorio, muchas veces he escuchado frases del estilo de: “a mí me gustan las cosas difíciles”… “me atraen los desafíos”… “no quiero compromisos”… o “Mejor… la otra es la que lava, la que plancha, pero cuando quiere pasarla bien sale conmigo”.

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Todas estas frases pueden reflejar la realidad, pero diría que en un porcentaje elevadísimo son mentiras, excusas que la persona se pone para no reconocer lo que realmente está ocurriendo: Hay una gran dificultad para ser la única, o sería más correcto decir la primera, porque “la única” nunca se sabe, ya que nadie puede garantizar la fidelidad de su pareja y ésa es una sensación hija de la confianza.

En general las personas que sufren de este modo particular de elección, que generalmente los conduce al sufrimiento, se enganchan en estas historias casi como jugando, como si se tratara de una travesura, incluso sin sentimientos de culpa, “… total, el infiel es él (o ella)… yo estoy sola/o y no engaño a nadie”.

Pero lo cierto es que esta situación que empezó como un juego suele volverse en su contra y termina produciendo angustia y desazón, dejando como resultado que esta persona termina enamorada y sola… vestida y sin fiesta.

Por lo general se trata de sujetos con dificultades de autoestima, que no se creen merecedores de algo realmente bueno. O personas con un fuerte  sentimiento  de culpa inconsciente que los lleva a buscar el dolor y la frustración como castigo. Seres que no creen poder ser completamente dichosas y por eso se conforman con felicidades a medias, con disfrutar de alguien solamente en el tiempo que a éste le sobra.

Fin del encantamiento 

Habitualmente, estas historias, se comportan siguiendo un esquema en el cual al principio “está todo bien…” pero a medida que pasa el tiempo las cosas van cambiando. Ya el otro va perdiendo entusiasmo, se desdibuja el brillo de la novedad y la transgresión, se va acostumbrando a la relación y la misma empieza a formar parte de la rutina. Entonces los tiempos disponibles para los encuentros se reducen. En primer lugar porque el esfuerzo que antes se hacía para hallar esos espacios ahora es menor, pero además,  ocurre con frecuencia que surge el temor a que la pareja  estable, la verdadera pareja, comience a atar cabos y descubra que está siendo engañada. Por ende el infiel debe cuidarse más.

No debemos descartar tampoco la posibilidad de que la culpa condicione y lleve a modificar las actitudes del comiendo. Sea como fuere, el resultado final es el mismo: aquello que empezó como una aventura divertida comienza a transformarse en dolor… en angustia.

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Empiezan a ser cada vez mayores los momentos de tristeza, las largas vigilias al lado del teléfono, los fines de semana en soledad esperando que el otro pueda escabullirse al menos cinco minutos para llamar. Y a veces esos cinco minutos no están y el llamado no ocurre, o se interrumpe de golpe y uno sabe el porqué: llegó la pareja a la cual el otro cuida y eso nos pone de golpe en ése lugar clandestino que realmente ocupamos en la vida del otro.

El encuentro con esta verdad suele generar una profunda sensación de frustración que, por lo general, se descarga de un modo violento, ya sea contra el otro (con escenas más o menos fuertes) o contra uno  mismo (cayendo en pozos depresivos de los que cuesta mucho salir).

Esto ocurre porque el ego está por el piso, vapuleado, y la persona siente que no es la elegida porque no tiene nada de valor para dar, y así comienza un recorrido en el cual se va abandonando a ese estado depresivo, se encierra, se aleja de sus amistades porque no quiere hablar, porque le da vergüenza “…haber sido tan tonta/o”, pero además se da un fenómeno muy particular, que es que si sale (a bailar, divertirse o a conocer a alguien) se siente culpable… Infiel.

¿Pero, por qué se produce esto? Porque en el fondo se siente en pareja y, por lo general, ellos sí son fieles al otro. Paradojalmente, se trata de personas enamoradas de la lealtad que sostienen que la otra persona también les es fiel, como si la pareja no existiera y sostienen esta postura  absurda con algunos argumentos que, si bien son falaces, le sirven para tranquilizarse: “Si, él tiene su mujer, pero a mí no me engaña… no la deja por los chicos…” o “de todos modos hace años que no tienen relaciones”. Es cierto que no la engaña en tanto la ha puesto al tanto de todo lo que ocurre, pero hablamos de una persona que vive con otra, que duerme con otra, que hace el amor con otra y, lo que es más importante, que proyecta su vida con otra. Y esto es lo más importante de la cuestión: uno no entra en el proyecto de vida del otro.

Si piensa en mudarse, en viajar, en irse del país, en comprarse un auto, en salir de vacaciones, todo lo piensa con su familia y, de a poco, la ilusión de estar en pareja va cayendo y aparece con toda su potencia la cruel realidad que se estuvo evitando, la consciencia de que no son parte de la familia de la persona que aman.

Esto puede empujar aún más hacia la depresión o el enojo facilitando la aparición de actitudes que tienen que ver con estos estados cuya patología resulta ya imposible de disimular.

Resurgir de las cenizas 

¿Hasta cuándo dura esto? Depende del grado de sanidad de la persona. Hay algunas que llegan a un límite a partir del cual reaccionan. Por lo general se produce un insight, un darse cuenta,  y se preguntan: “¿Pero, por qué me quedo en esta relación… acaso estoy loco?…¿Qué futuro me espera si continúo así?”. Y es a partir de esas preguntas que se abre una puerta y aparece la posibilidad cuestionar este tipo de elecciones y buscar un modelo menos doloroso. Es un impulso de sanidad que a veces los lleva a un análisis, aunque algunos pueden salir solos.

En el primer caso, una vez en el consultorio, estos pacientes hablan de su dolor y muestran sus temores. Algunas personas piensan que nadie va a mirarlas y a quererlas nunca. Esto suele revertirse con el tiempo, cuando después de un lapso de análisis se permiten salir y contactarse con el mundo y, en alguna de esas salidas comprueban que estaban engañadas, que sí pueden pasarla bien, que pueden gustarle a alguien y que todavía hay posibilidades de armar una vida propia. Y así, luego de haber tocado fondo, comienza el resurgimiento. De a poco van recuperando la confianza en sí mismos, van pudiendo proyectarse en el futuro… pero en un futuro posible, si mentiras ni utopías.

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Por Dr. Juan Carlos Kusnetzoff para revista Psicología Positiva. 

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