Claves para levantar la barrera emocional y demostrar nuestros verdaderos sentimientos

Una capacidad que debería ser natural y sencilla de desarrollar pero que a veces nos cuesta.

Claves para levantar la barrera emocional y demostrar nuestros verdaderos sentimientos

junio 13th, 2016

La Lic. Celeste Campano especialista en terapias vinculares, propone, en esta columna, un aprendizaje práctico, efectivo y movilizador para que  desbloqueemos nuestros miedos y logremos dar y recibir afecto, de manera natural.

A lo largo de mi trabajo, me he preguntado en varias oportunidades ¿de qué hablamos cuando hablamos de discapacidad?  El diccionario indica que el prefijo  “Dis”  significa que algo falta, que algo no se tiene. Nos marca una carencia.

La palabra Discapacidad es definida como “la consecuencia de una deficiencia sobre las actividades físicas, intelectuales, afectivo-emocionales y sociales”. Pero también, se la puede definir como “toda restricción o ausencia (debido a una deficiencia) de la capacidad de realizar una actividad en la forma o dentro del margen que se considera normal para un ser humano”.

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Reflexionemos un poco al respecto: ¿Y si existiese algo que los supuestos discapacitados tienen y a los capacitados nos falta? ¿Tendrán algo que nosotros, los supuestos capacitados, no tenemos? En mi experiencia laboral como acompañante terapéutica, maestra integradora y luego como psicóloga,  pude disfrutar de las grandes capacidades afectivas de mis pacientes “discapacitados.” A lo largo de mi camino profesional, tuve el placer de encontrarme con muchas personas con discapacidad que pese a su condición, en el plano afectivo, eran enteramente capaces. En este aspecto, a ellos no les “faltaba nada”, la carencia no tenía lugar. Al contrario, en ese sentido, estaban plenamente capacitados.

Estas sorprendentes circunstancias me abrieron un mundo de preguntas, exigiéndome como profesional, una profunda reflexión: ¿Cuántas veces nosotros, los supuestos capacitados, nos hemos enfrentado a situaciones de carácter afectivo que sencillamente nos han desbordado? ¿Cuántas veces nos hemos encontrado involucrados en telarañas emocionales de las cuales no hemos sabido cómo liberarnos? Si comenzamos a enumerar, seguramente muchos de nosotros nos hemos visto envueltos en circunstancias tales como  noches enteras sin poder conciliar el sueño, en las que nos atormentamos pensando y pensando qué tendríamos que haber hecho o dicho en determinada situación. O por el contrario, ”¿Por qué no pude  callarme esa palabra hiriente? ¿Actué bien o se me fue la mano? ¿Cómo se sentirá la otra persona? ¿La habré lastimado demasiado?”  Y así de reiterativas, a lo largo de la noche y del día también, las preguntas y las dudas nos afloran, interpelando constantemente la forma de expresar nuestra afectividad.

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Las palabras mágicas

Muchas veces en la vida nos encontramos desprovistos de la capacidad de perdonar, de olvidar aquello que nos ha herido profundamente o  simplemente, de pedir disculpas por nuestro proceder. Ejemplos claros de esto son las peleas a muerte entre hermanos, de esas que de tan fuertes, se tornan irreconciliables, imposibles de dar lugar al diálogo y al perdón. Discusiones con nuestros padres,  con la pareja,  con grandes amigos  o entre compañeros de trabajo: entre  personas que se tienen  mucho afecto. Son peleas y enfrentamientos que nos tornan irascibles, que llevan nuestro enojo hasta su límite más agudo, haciendo que no pretendamos ni queramos dar el brazo a torcer. En muchas de estas ocasiones, el orgullo toma preponderancia, suele hacer de las suyas y gana un terreno para nada despreciable. El orgullo esta en relación clara con  la incapacidad para decir lo que siento en forma sincera, sin máscaras. Pero hay que empezar a hacerse cargo de que las palabras tienen un peso importante, que no podemos decir cualquier cosa en cualquier momento. Hay que trabajar sobre la capacidad de pensar antes de hablar. Y no de hablar sin pensar. Me gusta trabajar con mis pacientes una frase que hay que hacerla propia y ponerla a andar: “Si no tenés nada bueno que decir de alguien, mejor no digas nada, y si vas a decir algo, intentá que sea más agradable que el silencio.”

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Tengamos presente que las palabras pueden doler más que los golpes. Una palabra hiriente  no se borra  tan fácil, a veces se necesitan años  para perdonar y empezar a olvidar. Son estas las situaciones que duelen en demasía, que nos afectan de sobremanera y que traen aparejada mucha angustia. Ellas nos desbordan, nos vuelven frágiles, emocionalmente vulnerables. De pronto, nos volvemos incapaces de trabajar con nuestras emociones, olvidamos cómo manejarlas y sobre todo, cómo controlarlas.
Paradójicamente,  decimos a quienes más amamos las palabras más hirientes, o nos callamos lo que verdaderamente sentimos con quien más queremos. Y esto no es casual. Debería invitarnos a pensar un poco más sobre nuestro decir y nuestro proceder. Herir de sobremanera a quienes más apreciamos u ocultar nuestros sentimientos a las personas que más valoramos, nos vuelve ciertamente algo incapaces.  ¿Acaso esto no es ser un discapacitado emocional? ¿Aquí no hay algo que nos falta, de lo cual carecemos? ¿No tenemos ausentes, sin previo aviso, determinadas capacidades de índole afectiva?

Vivir bajo el mismo techo es fácil, pero conlleva un trabajo  de todos los días  crear un hogar.  Hay que trabajar cotidianamente  con nuestras emociones, mirar a los ojos a nuestros hijos, decirles gracias a nuestros padres por darnos la vida,  mencionar lo orgullosos que nos hace estar al lado de nuestro esposo, decirle lo que sentimos a un amigo.  Sonreír mas  es clave, es una llavecita mágica  ya que  no hay nada que nos acerque más al otro que una sonrisa , acorta distancias, nos hace estar más cerca de nuestros afectos,  a diferencia de las malas caras, estas nos alejan,  nos dividen, separan, y  generan malos entendidos. Cuántas cosas buenas puede generar decir “gracias por existir”, y siempre rescatar lo positivo del otro.

Comencemos por hablar con el otro, cosas que de tan simples se olvidan: “¿Como estás? ¿Cómo fue tu día?”  Y dejemos de hablar del otro. Existe un verdadero  abismo entre hablar del otro y hablar con el otro. Es más fácil quejarse y más difícil hacerse cargo.

Decirle al otro lo que me hace feliz, lo que me pone bien y  lo que me gustaría que modifique, y escuchar lo que el otro tiene para decirme. Plantearlo desde una crítica  constructiva, que  me acerque más a la otra persona, una critica puente, alejarme de  una crítica muralla  que tenga  forma destructiva, hay que trabajar en algo que es fundamental: la forma en la que digo lo que digo es tan o hasta mas importarte que lo que digo en sí mismo. Es decir, tenemos que aprender a  cuidar las formas. También el eje tiempo es fundamental, el cuándo digo lo que digo.

Aquí tampoco hay que confundirse; la  no palabra, el ignorar, el no decir es una forma de agresión también. Es una forma de discapacidad afectiva, la falta de palabras contamina los vínculos,  nos aleja  del otro, anula, enferma vínculos y genera síntomas en el cuerpo.

Lic. Celeste Campano para revista Psicología Positiva. 

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