Cómo controlar esa bronca que nos hace ver todo negro

A quién no le pasó pasar por ataque de furia o estar cerca de alguien que desató en violencia. Hay formas de dominar la situación y lograr la calma.

Cómo controlar esa bronca que nos hace ver todo negro

junio 7th, 2016

Es fácil reconocer que estamos inmersos en una sociedad violenta: basta con mirar cómo manejamos, el modo en que nos dirigimos a otros cuando estamos apurados o algunos de los programas de televisión que tienen más rating. Pero, ¿cómo se traslada esa violencia en nuestra psiquis y, todavía más, en nuestras conductas cotidianas? En agresividad, en ataques de ira que no podemos controlar.

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Para poner claridad sobre el tema vale aclarar que estos enojos intensos reflejan el comportamiento que intenta hacer daño (sea física como psicológicamente) a otro. Ya sea mediante insultos o descalificaciones, o incluso hay quienes adoptan agresiones físicas, todos los tipos de violencia son dañinos no solo con los otros, sino también para con nosotros mismos: estar enojados afecta la armonía de nuestro organismo erosionándolo lentamente. Siempre, sea cual sea nuestro nivel de agresión, la intención es la misma: lastimar.

Lo primero que debemos preguntarnos es por qué asumimos estas formas de manejarnos. Es fácil: porque aprendimos que funciona. El nene que pega más fuerte en el arenero consigue el mejor juguete, un padre amenazante consigue hijos sumisos, un jefe agresivo consigue el elogio de sus empleados, un marido fastidioso consigue librarse de hacer algo que no quiere. Aunque parece que la agresión es el modo más rápido y fácil de conseguir lo que buscamos sin esfuerzo por negociar y convencer al otro, tiene un costo muy alto para nuestras relaciones y nuestro bienestar íntegro.

Tipos de agresividad

Más allá de si se trata de violencia física, insultos u otros mecanismos de provocación, existen distintos tipos de agresión respecto de la motivación y el fin con que son producidos. Los principales son:

-Emocional. Es el caso de quienes, por sentirse ofendidos, desbordan por la ira y golpean al otro, o lo insultan de forma desmedida. Una reacción impulsiva ante un estímulo negativo que solo busca causar daño sin mayores motivos que ese.

-Instrumental. El daño se produce para obtener algo a cambio, como impedir el ascenso de un compañero a quien celamos mediante difamaciones, agredir para generar miedo que funcione como respeto, o bien mejorar la condición económica perjudicando a otro.

-Pasiva. Mediante la omisión o el desprecio, se pretende hacer daño al otro. Suele surgir en personas con resentimiento ante la autoridad y con problemas de autoestima.

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Su génesis

El origen de la hostilidad es tanto social como natural. Los científicos evolucionistas aseguran que la supervivencia de los más rudos es un hecho intrínsecamente conectado al aumento de la violencia en la actualidad. Para contrarrestar este efecto, la psicología moderna reivindica el valor del altruismo y propone rescatar la posibilidad de ayudarnos los unos a los otros  como parte de nuestra herencia y para favorecer la supervivencia de nuestra especie.

Sin embargo, y es fácil percibirlo, la sociedad juega un rol clave en esta propuesta: mientras que en Occidente preferimos pagar con la misma moneda, en Oriente saben cuándo es mejor retirarse para evitar una discusión.

A nivel del individuo, la diferencia entre las personas que manifiestan mayores niveles de agresividad y las que no, radica en cómo cada cual percibe e interpreta cada situación de estrés. Si una persona te empuja al pasar por la calle, el mismo hecho puede ser tomado como intencionado y hostil, o bien como una simple torpeza.

De este modo, la agresión instrumental se desencadena por repetición, cuando nos ha resuelto algo con anterioridad y confiamos en que volverá a hacerlo; por imitación, cuando crecimos observando personas agresivas y creemos que es el modo de solucionar los conflictos; o por género, dado que los hombres tienden a ser más violentos que las mujeres ya que lo perciben como una forma de actuar más fácil y les implica menos riesgo que negociar. Igualmente siempre influye la educación de cada individuo y hasta su química hormonal.

En el caso de la agresión emocional, se ve influida por las emociones negativas: la ira que sentimos ante un hecho que leemos como una provocación desata la violencia. Tanto la frustración como el dolor o el miedo, todos los malos sentimientos pueden despertar lo peor de nosotros. El medio ambiente es otro factor determinante, ya que el clima o el modo en que “leemos” la realidad a través de los sentidos pueden influir negativamente. Por último, uno mismo es el principal detonador de la ira: la importancia de nuestras interpretaciones a la hora de actuar de una forma u otra.

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Un mal que nos rodea

¿Cuánto influye el entorno social en el desarrollo de la agresividad en cada uno de nosotros? Mucho. Es por eso que identificar los polos de violencia que consumimos a diario por inercia, nos permitirá estar más atentos para poner un freno a tiempo y no dejarnos invadir por la ira que emanan. Poné el ojo sobre:

-La crianza familiar. Se dice que los padres agresivos tienen hijos agresivos, y algo de cierto hay. Las conductas que aprenden estos niños están ligadas a la violencia y a que esa es la manera apropiada de resolver conflictos. No se debate; se pega o se insulta. Estimular el buen comportamiento y establecer límites de manera amorosa es clave.

-El consumo de televisión. Tal como lo vimos en la inolvidable película La Naranja Mecánica, la ciencia ha demostrado que cuanto más imágenes violentas hemos observado, más conductas violentas asumiremos. Mirar, aprender e imitar: esa es la cuestión. Reflexionemos a la hora de elegir tal o cual programa y no resignemos tranquilidad mental por diversión momentánea.

-Cómo miramos al prójimo. Nuestra percepción de los demás, especialmente si en ciertas situaciones los vemos como un objeto sin derechos o un ser “inferior”, hará mucho más factible que seamos agresivos. No olvides que todos somos iguales. Buscá modos de vincularte con los demás, identificándote con algún aspecto de su vida, para volverte más comprensivo y tolerante.

-La influencia externa. Cuando nos sentimos parte de un mismo grupo, y dejamos un poco de lado nuestro sentido de individualidad, tenemos más posibilidades de vernos arrastrados a asumir conductas nocivas que no cometeríamos por nosotros mismos. Aprendé a decir no sin importar el qué dirán y elegí actuar de manera amorosa por convicción propia.

Aún así, y quizás lo más importante de este asunto, es que todos tenemos capacidad para ejercer el control de nuestras conductas o motivaciones más condicionadas biológicamente, como el hambre o el sueño. Del mismo modo podemos resolver nuestra agresividad con esfuerzo y voluntad.

Revertí tu ira

La rabia es el sentimiento que con más frecuencia nos lleva a la agresión. Es algo que todos experimentamos en algún momento de nuestras vidas: todos nos desbordamos. No tiene nada de malo sentirlo, y hasta es natural, pero sí es importante ver qué hacemos con esto, para que no se convierta en violencia hacia los demás, pero que tampoco se reprima y termine por explotar dentro de nosotros.

Tené en cuenta las siguientes estrategias para controlar la ira:

-Elegir es central. Todos soñamos con ser queridos, valorados, aprobados, respetados… pero cuando eso no sucede, nos sentimos frustrados y tristes, o nos enojamos y nos volvemos violentos. Vos podés optar; en lugar de un exabrupto, una decepción puede canalizarse en tristeza, pero  luego se superará racionalmente.

-Contené los reproches. Si nos enojamos, perdemos nuestra capacidad de razonar y solemos dramatizar todas las situaciones, o exagerar lo que sucede. Así surgen reproches categóricos tales como “nunca me ayudás”, “siempre me hacés lo mismo”, que probablemente poco tengan que ver con la realidad. No te olvides: la razón vence a la ira, por lo que si lográs identificar cabalmente lo que te pasa, el enojo se disolverá fácilmente.

-Pensá antes de actuar. Aunque es muy saludable soltar lo que llevamos dentro, para evitar rencores, tampoco es bueno dejarse llevar por las emociones sin evaluar las consecuencias. Hay veces en que hablar y hablar sobre algo que nos enoja solo incentiva la bronca y la agresividad. En ocasiones es mejor respirar profundo y esperar a estar más tranquilos antes de exponer lo que nos pasa.

-Cuidá las formas. Cada vez que la ira se apodera de nosotros, hablamos sin pensar y sacamos conclusiones precipitadas y frecuentemente erróneas. Fijate en el modo en que estás comunicándote con los demás en esos momentos de desborde. Escuchar puede ser un buen ejercicio que además te brinde el tiempo necesario para calmarte antes de arremeter con tus argumentos. Por sobre todas las cosas, evitá sacar facturas vencidas acerca de hechos que en otro momento te molestaron del otro: ahora no es cuando y podés resultar hiriente en este momento donde ser moderado no es sencillo. Callar en primera instancia es la mejor receta.

-Usá el humor. Dado que la exageración es uno de los elementos característicos del enojo, podemos usarla a nuestro favor para ridiculizar ciertos argumentos o imaginarnos una situación cómica a partir de aquello que se nos viene a la mente. No se trata en absoluto de reírnos de los problemas con sarcasmo, sino de usar el humor para afrontarlos de manera constructiva.

-Se humilde. Como vimos, uno de los principales disparadores de la ira es la frustración. Los hombres y las mujeres de hoy solemos creer que somos superhéroes y que podemos resolver todos los problemas que nos surgen fácilmente. Cuando esto no sucede, nos sentimos faltos de capacidad y rabiosos como niños. Recordá que hay muchos conflictos que no tienen una solución inmediata. A veces es más sabio y eficaz intentar lidiar positivamente con un problema, que esperar darle una solución in situ.

-Evitá la tensión. Si te sentiste identificado con alguna línea de esta nota, es probable que tu prioridad sea controlar tu ira, más que solucionar todos los conflictos de tu vida. Enfocate en este cometido. A veces es mejor primero respirar profundo y calmarnos, y luego ponernos en marcha para resolver lo pendiente.

Cómo lidiar con un agresivo

Si el que está desbordado no sos vos, sino alguien que querés, hay varias estrategias que podés poner en práctica para calmarlo. Aunque el control sobre la conducta del otro es limitado, podemos dar lo mejor de nosotros por ayudarlo a cortar con este estado dañino.

-Frená el abuso. Dejá bien en claro desde que comienza a refunfuñar que no vas a tolerar que sea agresivo con vos.  Hacele saber cómo te sentiste otras veces en que se haya comportado así, para que pueda ser consciente de su modo de actuar. Si lo dejás pasar, el abuso verbal tanto como el físico crecen y se vuelven inmanejables.

-Mantené tus cabales. Nunca respondas al maltrato con más agresión. Si te sentís amenazado, defenderte atacando no es una buena opción. Procurá mantener una actitud de cooperación en la resolución de los conflictos , sin dejar de poner límites pacíficos.

-Involucrate. Los sentimientos negativos entre dos personas son el resultado de una interacción y no la “culpa” de uno solo. Nunca te vayas dejándolo hablando solo: es contraproducente. Además, es posible que el otro reaccione del mismo modo en que vos estás dirigiéndote, o viceversa. Si empezás a hablar con voz tranquila, explicándole por qué te afecta su agresividad, es más probable que te escuche que si le gritás.

Dos estrategias que no fallan

El altruismo y la igualdad son los recursos sociales más efectivos contra la violencia. Si trasmitimos a los más chicos actitudes y comportamientos altruistas, es probable que su agresión disminuya ya que por medio de esta educación ligada a los valores ellos aprenden a respetar y ser afectuosos con todos los seres vivos. También logran ponerse en el lugar de los demás y conocer sus sentimientos y motivaciones.

Del mismo modo, debemos entender que las conductas agresivas se respaldan en las diferencias: es más común agredir a una persona con quien no nos sentimos identificados. Si, por el contrario, promovemos la igualdad y la tolerancia, podremos disminuir los niveles de violencia y ser más respetuosos los unos con los otros.

Poné en práctica estas dos estrategias en tu vida cotidiana y trasmitíselas a tus hijos para que, juntos, forjemos una sociedad más pacífica y armoniosa.

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