2018-12-06T15:54:19-03:00

Por: Bárbara Simeoni

Hay más de un millón y medio de venezolanos que han salido de su país, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). De esas cifras, el flujo de personas que dejan Venezuela emigrando hacia otros países de Latinoamérica aumentó un 900% entre 2015 y 2017.

Pero ahora, ¿qué es de la vida de quienes deciden continuar apostando por el país que los vio nacer? ¿Cómo se sobrevive cuando el que queda del otro lado es uno solo y todo lo que sabés lo ves a través de las redes sociales?

“Las redes sociales son redes bonitas en las que todo está bien y es perfecto. Sin embargo, las redes sociales de Venezuela se transformaron en las redes sociales del exterior: la gran mayoría se fue a otros países, entonces pasas a saber cosas de Chile, de Ecuador, de Argentina, de Uruguay…”, detalla, con un destello de dolor en sus palabras.

La que habla es Mayren Moreno, que tiene 24 años y más de 10 despedidas en su haber. Supo enfrentar la pérdida y el desencuentro con la madurez de quien sabe que está eligiendo el camino más difícil: abrir una pizzería en uno de los momentos económicos más difíciles de Venezuela. Es que con tan pocos años, decidió seguir apostando por su país natal, cuando sus amigos y familiares más cercanos prefirieron buscar en otros horizontes nuevas esperanzas de vida.

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“Desde que te levantas hasta que te duermes, el venezolano sabe que lamentablemente se amoldó a una economía a la que no estaba preparado: te despiertas y la escasez te arropa, de manera inmediata. Es un sistema que te corrompe emocional, física y espiritualmente”, comienza explicando sobre su vida diaria.

No hay café, no hay leche, no hay azúcar, no hay huevo, no hay harina. Y si lo tienes, reduces su consumo. Si no lo tienes, es como buscar una aguja en un pajar, pudiendo llevarte solo dos artículos por supermercado, con los precios aumentándote un 20, 30% cada semana…”, describe, casi como justificando la inmigración de quienes deciden irse.

Mientras los medios internacionales reportan que hubo 45 protestas diarias en octubre en todo el país, Mayren cree importante reforzar que esa cifra se vive “multiplicada por tres”: “Los medios de comunicación cuentan un 10% de lo que sucede en las calles. Yo, que me recorro todo el país trayendo y buscando mercadería, veo cómo la gente se manifiesta. No hay gasolina, no hay gas, la gente para. Y eso no se ve en televisión: los muertos no salen, la escasez tampoco, al igual que la preocupación generalizada”.

Ser venezolano y seguir apostando por tu país: “Me transformé en una estúpida foto para los que más quería” - Imagen

Vivir en el país de la escasez

Cansada de que gran parte de su realidad sea silenciada, decidió contar con crudeza lo que es ser venezolano y quedarse en sus tierras. A través de un hilo de Twitter que se volvió viral, Mayren vuelve a despedirse de sus familiares y amigos que hace más de un año no ve. Y lo hace con el sabor amargo de quien se quedó mirando sus vidas desde Venezuela, recordando, infinidades de veces, el último día que los vio partir.

“Sí, hay escasez de comida. Pero no es eso solo. Hay escasez de sueños, de metas, de intenciones, de motivación. Hay escasez de vida, por eso los jóvenes abandonan el país: quieren más, tienes 23,24, 25 años y quieres más. Quieres construir tu vida, lograr estabilidad económica y armonía, algo que en Venezuela hoy es imposible de conseguir”, cuenta.

Una vida en pausa

Sin embargo, contrario a lo que cualquiera creería, no sufrió las despedidas. Lo doloroso son los días que le vienen después, en los que la vida se pone en pausa y los momentos pasan como películas por una mente que está viviendo del recuerdo. Ahí, la falta de los amigos y de los hermanos se materializa. Y con ello, aparece el dolor:

“Verlos irse no es nocivo, para nada. Detrás de la carita de tristeza de ellos se esconde un poco de felicidad, que es la felicidad de poder salir e intentar sus sueños en otra parte. Los ves llenos de ganas, de esperanza”, cuenta, sobre ese último recuerdo que casi siempre son en aeropuertos.

“Lo único que haces es abrazarlos y decirles que los vas a ver pronto, que va a ser solo unos meses. Pero en el fondo, sabes que es mentira. Es una mentira para ellos, pero también para ti mismo. Porque así se sobrevive”, confiesa.

Hermanos, unidos en la distancia

De esa última vez, pasan dos meses, tres. Pronto esos meses se transforman en un año. Y con él, la nostalgia de no saber cuándo se va a terminar. Es que Mayren, sin saberlo, se transformó en un espectador pasivo de las historias de los otros. Juntos, construyen un presente golpeado por la distancia, como quien intenta sortearle al destino alguna mala pasada: “Vivís escuchando sus anécdotas: te cuentan que metieron asilo político, que le dieron permiso de trabajo, que tienen su cédula, que se enamoran, que conocen personas. Lo normal que puede vivir cualquier persona que se va del país. Pero aquí, aquí es diferente: imagínate que esto te pase con todos tus mejores amigos, con las personas que pensabas que ibas a vivir los momentos que trascenderían para el resto de tu vida“, detalla.

“Son con los que creías que a los 30 años ibas a compartir una cerveza para recordar los cuentos de la vida adolescente, como hicieron nuestros papás. Pero no. Aquí, es saber que tus amigos no van a volver, no naturalmente. Eso te desgarra el corazón, te mata, te aniquila. Te deja muy mal”, revela conmovida.

Una tierra que te quita a aquellos que amas

Sobrevivirle al presente es tan difícil como pensar en el pasado. Mayren es clara sobre su método: se sobrelleva la distancia física manteniendo el corazón frío: “Los extraño muchísimo, pero no se los digo tanto porque les hago daño y me hago daño. Ahora que estoy con un nuevo emprendimiento no hablo mucho con ellos porque cualquier cosa que me digan me mata y me quita el impulso, me deteriora”.

Y así, como quien intenta surfear los vaivenes de la vida, ella sabe que su presente se transformó en una marca imposible de eliminar: “Voy a tener 89 años y jamás voy a olvidar que esta patria bonita, que es mi Venezuela querida, mi tierra, me quitó a las personas con las que yo quería trascender y con las que yo quería compartir buenos momentos, momentos que se han perdido, que se fueron en el tiempo y que se van a ir y no van a volver nunca más. Y conoces personas nuevas, pero esas personas también se van”, relata. Al final, el que termina quedando es uno mismo: “Quedas tú, pero depresivo, triste, muy mal”.

“¿Vienes mañana?”

Hasta el día de hoy su sobrino, que no ve hace más de un año, le pregunta: “¿Vienes mañana?”. Es que la misma frase que utiliza para mentirse a sí misma fue la que le deslizó al hijo de su hermana, en un intento de hacer que la despedida en aquel aeropuerto sea más amena.

Tal vez, ignoró por un segundo que a los niños las palabras les parecen santas: “Yo no puedo explicarle que no va a existir el mañana. Ya pasó más de un año que no lo veo: me resigné un poquito, me resigné a entender que no va a saber quién soy. Me transformé en una foto: la tía May es una foto o un video. Está creciendo y no me va a reconocer mucho tampoco”, cuenta, con el dolor de la resignación.

“Nada puede compensar la distancia”

Lo que más pesa es que pareciera que el presente se puso en pausa y que los momentos, que antes eran naturales, hoy ya no existen: “La relación a distancia no se vive, se padece, se sufre. Nada puede compensar la distancia“, dice, mientras recuerda.

“Me frustra no compartir cosas nuevas con él, cosas que hacía todo el tiempo, como mirar la tele o sacarlo a pasear. Él era mi primer sobrino, ahora tengo otro, que directamente ni conozco. Sí, hacemos videollamada o nos enviamos fotos, pero es imposible llevar una relación a distancia con un niño porque hasta que él crezca yo voy a ser una estúpida foto o un estúpido video“.

Pese a esto, Mayren quiere seguir intentándolo en Venezuela. Sabe que irse es la última opción: “Pecaré de egocéntrica y patriota, pero siento que Venezuela es un país que lo tiene todo. Es una cápsula de hermosura, de cosas bonitas, que está vencida, de la que no vimos la fecha de vencimiento, teníamos que restaurarla y no nos dimos cuenta. Se nos fue el tren y ahora estamos en esta estación, que nos cuesta”, cuenta, previo a detallar lo que la mantienen firme en su decisión.

Una mirada optimista sobre el futuro

Pero no se resigna a este presente difícil que le toca vivir: “Sigo apostando porque es mi tierra, porque me encanta el aroma que tiene, el semblante, el acento venezolano. La gente, a pesar de que esté en una cola sufriendo, está sonriendo. Todos tienen necesidades, pero no se cansan: protestamos, mientras seguimos trabajando día a día. Así es el venezolano: tú nos pones un muro y nosotros lo rebasamos”.

En un intento de revisión, Mayren siente que Venezuela no merece su presente: “Deberíamos ir a otros países como turistas y no como residentes, camareros de otras historias. No merecemos lo que nos está pasando: se rompió Venezuela, como si hubiese ocurrido un gran terremoto, pero siento que vamos a lograr reconstruirlo, pieza por pieza, uniendo los pliegues, pegando los pedacitos… Creo que vamos a cambiarlo”.

Frente a ese optimismo, también hay palabras para todos los valientes venezolanos que decidieron abandonar sus tierras: “A los que están afuera, les diría que nunca dejen de extrañar, porque eso es lo que les va a dar una determinación para volver algún día. Les contaría que la arepa fuera de Venezuela es malísima, que la de acá es la mejor. Y que la gaita sigue sonando de manera fenomenal en diciembre, a pesar de la crisis. Venezuela es tu país, es tu aroma, tu acento, tu color, las calles que nos vieron correr, la gente que te vio crecer”, enumera.

El sueño de volver, pese a todo

“Por más que se tatúen el nombre de otro país, jamás en la vida, porque probé muchas cervezas y mucho café, jamás vas a levantarte a las 7.30 de la mañana y vas a toparte con un café venezolano, esperando a la noche para tomar una cerveza Polar con amigos. Ni ver a Mérida con sus paisajes”.

Por eso les diría que vuelvan, porque cuando naces en un sitio y ese sitio te llena, nadie te lo puede quitar. Es lo que me lleva a decirme a mí cada vez que miro nuestros paisajes: ‘Estúpido país tan bonito, tienes que ser bonito para que yo me quiera quedar aquí toda la vida'”.

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Un #TBT de los Andes merideños.

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Mayren pasa momentos de tristeza y de desolación, sí. Pero hay algo en ese dolor que la lleva a ir por más, a soñar en un país unido, con sus amigos y familiares de siempre: “La tristeza te impulsa, te impulsa a hacer que las cosas sean más bonitas, a seguir luchando. Si yo pongo este grano de arena y otro también lo pone haremos que esos que se fueron vuelvan. Y ahí sí: qué fiesta si vuelven”, finaliza.

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