2018-10-11T14:27:47-03:00

Por: Nuria Pacheco

—Flor, te quiero decir algo… —le dijo Belén a Florencia adentro del aula de sexto grado.
—¿Qué pasa?
—No me quiero juntar más con vos porque yo quiero ser popular. Quiero estar con las otras chicas.
—Pero, ¿pasó algo conmigo?
—No, es que yo quiero estar bien con las otras chicas, que me inviten a estar con ellas.

Para Florencia Rossi, Belén representaba una de las únicas cosas buenas que tenía el colegio. Odiaba levantarse temprano para ir a bancarse todo el día a los boludos de sus compañeros adentro del salón, en el recreo, en el campo de deportes. Se reían de ella, murmuraban y molestaban sin motivo aparente. Tenían 10 años y un empecinamiento malicioso con Florencia que carecía de origen y propósito. Hoy le diríamos bullying.

En febrero del 2002, los Rossi se habían mudado de Capital Federal a un barrio cerrado de Pilar y Florencia había empezado las clases en un colegio católico. Hacía muy poco tiempo había nacido Ignacio, su hermano menor, que descolocó su lugar de hija única al que ya estaba cómodamente acostumbrada.

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Florencia era una nena bastante vergonzosa, mucho más retraída que ahora, 16 años después. Cuando las clases comenzaron, le costó desenvolverse del paquete cerrado que había construido a su alrededor, pero paulatinamente fue armándose un grupo de amigas, donde dos o tres eran nuevas al igual que ella. El punto de inflexión fueron las vacaciones de invierno. “Cuando volvimos me empecé a distanciar y de golpe empezaron a molestarme y a tomarme de punto, yo era el remate de todos los chistes”, recordó. El problema empezó con dos compañeras, pero pronto se extendió a toda la clase.

Para la psicóloga Melanie Blumfeld, el acoso escolar es una respuesta sintomática que denota una forma cruel de hacer vínculo entre pares, que por sus especificidades se convierte en una de las formas más temidas a ser encarnadas dentro de un grupo.

“Como síntoma es imposible leerlo sin tener en cuenta las transformaciones que atraviesan los púberes en relación a su cuerpo y a su sexualidad. Tal desorientación indudablemente tiene efectos en el imperativo social que exige y obliga al adolescente a dar en la talla y de allí aflora el comportamiento agresivo de hacer invisible a aquel que le cuestiona a cada cual su propio intento de construcción de dicha identidad sexual”, explicó Melanie.

“Yo era el remate de todos los chistes”: un relato de bullying para entender cómo podemos ayudar - Imagen

Además, la impronta social que se le da hoy por hoy a la imagen y a la exposición pública del cuerpo pusieron a jugar una nueva forma de goce muy particular, que implica una satisfacción en mirar el sufrimiento del otro. “De ahí también el pánico de ocupar ese lugar del segregado donde queda justamente, invisibilizado”, sintetizó la psicóloga.

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En el aula de sexto, para pasar al pizarrón tenías que bajar unos escalones. Como todas las sillas no entraban en esos pequeños niveles, algunas quedaban abajo del todo. “Yo me sentaba ahí; siempre en el mismo lugar”, dijo Florencia. Atrás suyo se ubicaba una chica que se sentaba con las piernas cruzadas. Hamacaba el pie que le quedaba en el aire y le pateaba la espalda como una gracia. “Llegaba un punto en que me dolía mucho, tenía moretones. Intentaba no darle cabida pensando que en algún momento iba a parar, pero me corría de lugar y ella se corría atrás mío”.

Para Adrián, el papá, Florencia siempre fue una nena muy amigable y alegre. Por eso ante el silencio notó una primera alerta. “Cuando íbamos a un acto en el colegio o alguna actividad ella estaba como cortada, aislada”, recordó. También observaba que no hablaba de amigas, que su referencia de lo que hacía en el colegio incluía solo a una o dos y que del resto no decía nunca una palabra. “No iba contenta, siempre era más bien una sensación de tristeza: ir al colegio, volver del colegio. Intelectualmente le iba regular, siendo una chica inteligente que siempre fue muy aplicada”, continuó Adrián y agregó: “Además, el colegio nos hacía algunas marcaciones sobre la conducta de Flor que nos parecían raras porque nunca había sido una chica problemática, pero para el colegio el problema era ella”.

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La prueba Aprender 2017 analizó el rendimiento de los estudiantes en Argentina, pero también intentó contemplar datos respecto a situaciones de discriminación y violencia dentro de las escuelas. Según la evaluación, 6 de cada 10 estudiantes secundarios presenciaron escenas de “discriminación por alguna característica personal o familiar, ya sea religión, orientación sexual, nacionalidad, etnia o características físicas”. En las escuelas primarias, el 55% de los alumnos expresó haber estado presente en situaciones de discriminación.

En el estudio, los chicos de la primaria identificaron dos escenas que ocurren con mayor frecuencia dentro de las aulas. La de “molestar a los que les va mal o repitieron” y “molestar a los que se sacan buenas notas”. En concordancia con estos datos, una investigación de Unicef del 2011 determinó que el 66% de los alumnos presenció escenas de humillación en la escuela y el 23% estuvo preocupado además por resultar víctima de aquellas situaciones.

“Mi mayor problema era con dos chicas, nunca un conflicto puntual o pelea puntual por la que diga bueno: ‘Por esto empezó el empecinamiento’ o una apariencia física, como le puede pasar a otra persona”, recordó Florencia y agregó: “La pasaba mal, pero no me quedaba callada. Siempre algo les respondía y era peor”.

Según Blumfeld, los fenómenos más visibles que constatan los centros educativos o clínicos en lxs chicxs que sufren acoso escolar están relacionados con sensaciones de vértigo y malestares psicológicos como malhumor, irritabilidad, inhibiciones, retraimiento social, desgano para emprender actividades, ansiedad, impotencia, tristeza.

“Todos estos signos dan cuenta de una pobre elaboración de un hecho que pudo haberse inscripto de manera traumática”, continuó la psicóloga y explicó que lo que no pudo elaborarse mediante la palabra, indudablemente retornará, desde el cuerpo o como tendencia a la inhibición, a la angustia o muchas veces concluir en un acto desesperado como el suicidio.

Cuando estas escenas se repetían Florencia advertía a la maestra, pero la desestimaban o no le prestaban la debida atención: “Decían: ‘Bueno, basta’ y listo”. Sin embargo, los cambios en ella sí se empezaron a notar en casa: “Nosotros percibimos que el grupo de compañeras del colegio la aislaba, la cortaba, no la dejaba integrarse, pero no fue nada fácil darnos cuenta”, contó Adrián. “Teníamos una linda relación, pero no contaba mucho lo que pasaba en el colegio. La verdad es que nosotros no empezamos a advertir que estaba en ese espacio de vacío hasta muchísimo más adelante, cuando empezamos a insistir y se abrió más”.

Fue entonces que los Rossi se acercaron hasta el colegio para hablar con la directora. “Primero hablaron ellos en privado y después me llamaron a mí, como para que explicara mi situación. Los directores se sorprendieron porque decían que me veían como una líder”, dijo Florencia.

Según Adrián, para el colegio el problema no tenía que ver con los compañeros o la institución, sino con Flor: “Había una actitud de las autoridades de tapar, tendían a: ‘Acá no pasó nada, la rara es tu hija'”. Ese día salieron del edificio sin ninguna respuesta que los entusiasmara y fue entonces que ellos también se sintieron desprotegidos.

A fin de año, las dos chicas con las que Flor se trataba se iban de Buenos Aires. El papá de una era diplomático y estaban en el país de paso, y a la mamá de la otra la trasladaban por trabajo a otra provincia. Florencia estaba agobiada solo por pensar en el después: “Ellas se van y yo ¿qué hago?”.

“Yo no lo recuerdo, pero me lo cuenta siempre mi mamá: un día volví del colegio y mis viejos estaban en la cocina. Arriba de la mesa había papeles de otro colegio. Les pregunté casi gritando: ¿me van a cambiar de colegio? ‘Estamos viendo’, dijo mamá. ‘Cámbienme por favor’, les dije yo”.

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En el 2002 el invierno en Pilar era ultra crudo. Actualmente, las construcciones son más altas y el cambio en el clima es notorio, pero entonces, desde fines de junio hasta principios de agosto, escarchaba y uno caminaba sobre el pasto pisando hielo. Adrián había discutido con la directora.

En ese contexto, en pleno julio, le exigían a las nenas que usaran pollera y no permitían que fueran a clases con el uniforme de gimnasia. “Las directivas del colegio se formaban adelante de ellas, abrigadas con pantalones, y les decían: ‘Ustedes tienen que venir con pollera'”, contó Adrián y agregó: “A mí me parece bárbaro que el uniforme tenga una falda en verano, es parte de las reglas. Ahora, en invierno protegelas más, ¿cuál es la gracia?”.

“Y un día me fui a quejar”, recordó. Se encontró con la directora y le dijo, que cómo podía ser que ella, con pantalones y debidamente abrigada, obligara a las alumnas, con ese frío tan duro, a ir expuestas con una ropa que era para otro clima. “Me trataron de pelotudo. Me bardearon y yo me re calenté y tuvimos una charla muy fuerte. Ahí me di cuenta de que el colegio ponía por encima de las necesidades de los chicos un montón de cánones que ya eran anticuados en esa época”, dijo Adrián y reconoció que en ese entonces la cabeza le hizo un click.

“Yo era el remate de todos los chistes”: un relato de bullying para entender cómo podemos ayudar - Imagen 1

“Yo creo que el ambiente del bullying se da cuando el colegio lo deja correr y pone el acento en que el bullyineado es un fracasado y el que hace bullying, tiene todo admitido. Yo sentía eso”, expresó Adrián.

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Un día Belén y Virginia faltaron a clase y Flor salió al recreo desanimada, sola. En eso, vio como Rodrigo se acercaba a ella y se puso nerviosa. Era el chico del que estaba enamorada y para todos era evidente.

—Flor, gusto de vos.
—¿Eh? —respondió ella sin mucha reacción.
—No, mentira. Era una consecuencia —dijo Rodrigo antes de salir corriendo.

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Según Melanie, el silencio de las víctimas y la ceguera de los adultos tienen que ver con el miedo de ser tomado como objeto por el otro. Ese miedo tiene una dimensión muy íntima, muy inconsciente, que se juega de una manera singular en cada caso: la vergüenza es el factor común entre los relatos de los acosados que los impulsa a callarse, porque se sienten despreciados, que su palabra no tiene valor. Por eso callan y por eso su respuesta muchas veces es la autosegregación, la invisibilidad.

“Para Flor debe haber sido terrible saber que estaba como condenada a ir diariamente a un lugar donde tenía un sufrimiento importante. Para nosotros, como padres, fue muy doloroso darnos cuenta de que nos habíamos confundido al elegir el colegio: pensábamos que iba a estar protegida, estimulada, cuidada y descubrimos que no era así”, expresó Adrián y agregó: “Yo te diría que casi lo sentí como uno de los momentos donde yo fallé como padre, ¿cómo no me avive? ¿cómo tardé tanto en darme cuenta?”.

“Abordar el acoso implica acompañar, tanto por parte de los padres como de las instituciones educativas, pero acompañar en su doble vertiente: con la palabra y con el cuerpo. Estando ahí para dar testimonio como adultos de nuestro propio tránsito por la pubertad y para ello es fundamental una detección a tiempo que no solo incluye hablar con los chicos, sino también estar atentos a las manifestaciones anteriores a la situación de acoso, como el aislamiento, la soledad, los problemas de sueño y la tristeza, entre otras manifestaciones”, concluyó la psicóloga.

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