2018-09-05T18:38:20-03:00

Por: Bárbara Simeoni

Desde 1949 que se conmemora el Día del Inmigrante el 4 de septiembre, en recuerdo al Primer Triunvirato que ofrecía la protección a todo ciudadano de otra nación que quiera habitar nuestro país. Desde entonces, se ha reconocido a Argentina como un país que suele aceptar a todo aquel que quiera pertenecer a nuestro territorio. Y lo justifican desde sus políticas públicas: sistemas de salud y de educación para quien quiera habitar suelo argentino.

Sin embargo, en la cotidianidad, la realidad parece ser otra. Ser de otro país y vivir en Argentina es una práctica que se debe llevar con mucha fortaleza. Jennifer Parker tiene 22 años y es afroargentina, hija de un hombre afroamericano. Nadie más que ella sabe lo que es ser negro en Argentina: “Mi papá vino de Estados Unidos a jugar al básquet y conoció a mi mamá acá. Hasta el día de hoy que sufro el racismo y el desconcierto de la gente cuando les digo que soy argentina”, cuenta Jennifer, sobre las respuestas que recibe. “Siempre necesitan saber más, no se conforman con saber que sos argentina como lo harían con una persona blanca”.

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Pareciera que ser negro y argentino son dos cosas que se contradicen entre sí. A Jennifer no le creen cuando les especifica que nació en nuestro país: “Siempre me ponen en tela de juicio si digo o no la verdad. No te reconocen como argentino. Preferiría que me preguntaran por qué soy negra y listo”, cuenta, tras revelar que tiene que justificar su color de piel contando su historia familiar. “Y lo dice con conocimiento de causa: “Viví 20 años allí. Sufrí mucho bullying de chica por ser negra, siempre me insultaban por mi color de piel”.

“Negra de mierda”

Jennifer lucha día a día para que el color de piel no sea un insulto. Es que a diario escucha que muchos utilizan esos términos contra ella y contra otros. Sin embargo, reconoce que es difícil: “Es una lucha sacarles el ‘negro de mierda’ de insulto a un país racista que no se reconoce como tal”, define.

Esos padecimientos los vivió desde chica: “Una compañera del primario una vez me mandó una canción que decía: ‘Negros de mierda, parecen cucarachas que se amontonan en la basura’. Me decían que era fea por ser negra, no se juntaban conmigo porque era ‘sucia’, muchas veces me hacían burla por no tener el pelo lacio como ellas…”, enumera. “Todavía me acuerdo cuando fui a la casa de un conocido de una amiga y me dijo que iba a vaciar la pileta porque se había metido un negro. Lo peor de todo es que él también era morocho”.

Todas las cosas que la hacían única parecían molestar a los otros. De chica, luchar contra eso se transformó en una carga: “Me costó mucho querer mi pelo de la forma en que lo quiero hoy. Siempre hay alguien que te dice que tu pelo quedaría mejor lacio. Entonces, llegué a quemarme el pelo con productos químicos por encajar”, cuenta. “Después entendí la importancia de aceptarme como soy y de todo lo que conlleva este tipo de cabello: la lucha, la historia, el amor y la cultura”.

Con el paso del tiempo, fue creciendo y adaptándose. Muchas veces respondía de manera algo violenta, porque todo eso le generaba dolor. La adolescencia no fue diferente: el maltrato seguía vigente, con la diferencia de que ella empezó a defenderse más: “Me invitaban a salir y terminaban con un: “Mentira, mirá si alguien va a querer salir con una negra tan fea como vos”, cuenta. Y recapacita: “La realidad es que no recuerdo haberle hecho mal a esos pibes como para que me traten así”.

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Mudarse a Buenos Aires fue su manera de empezar de nuevo. Sin embargo, la discriminación continuó: “No es tanta como San Luis, porque están más acostumbrados. Pero nunca falta la persona que viene a tocarte o te hace un comentario racista pensando que es gracioso. Creen que soy inmigrante cuando yo soy argentina. Hasta el día de hoy no puedo salir con el pelo suelto porque la gente se desespera por agarrarte como si fueras una exposición de museo o algo que nunca vieron”. Algo similar le pasaba a su abuela, afroamericana, cuando venía de Estados Unidos: “Visitaba a mi padre acá en Argentina y la gente la agarraba por la calle y la tocaba, la manoseaba como si fuese un muñeco. Ella es más negra y mi papá le pedía que no se dejase tocar”.

Incluso le sucede con colectivos que apoya y que sigue. A Jennifer le duele muchísimo no sentirse visibilizada por el feminismo argentino: “El feminismo no es nada si no tienen perspectiva de raza. Y menos si cada vez que se los nombramos nos ignoran y continúan haciendo apropiación cultural, usando nuestra cultura como disfraz para reírse de la gente”.

“No sos tan negra”: el comentario del argentino promedio

Jennifer tiene que explicar a diario por qué no es “tan” negra. No comprenden la posibilidad de que sea negra y argentina al mismo tiempo. Las preguntas no tardan en llegar: por qué ese color, de dónde venís, si nosotros somos blancos, que aceptamos a todos, que somos inclusivos. La autopercepción de un país que ha abrazado la inmigración blanca y europea como bandera hace que Jennifer necesite contar su verdad: los argentinos están lejos de ser poco racistas.

“Tienen que dejar de mirarse el ombligo. Que dejen de pensar que están en el mejor país del mundo porque por culpa de nuestro ego hemos dejado afuera valores más importantes”, pide. “Si se fijaran un poquito más se darían cuenta que nuestro país es muy racista y que el ‘negro de mierda’ no se justifica con nada: yo soy negra de pensamiento y de piel y eso no te hace ser un delincuente. A la gente negra en este país le cuesta un montón quererse un poquito y progresar”, cuenta. Y finaliza: “Eso sucede porque a los argentinos les cuesta más reconocerse racistas que serlo. No quiero que ninguna niña afro pase por lo mismo que pasé yo”.