TESTIMONIO: Fui violada a los 13 años y me prostituí en más de 40 clubes nocturnos. Esta es mi historia

Amelia Tiganus se convirtió en prostituta a los 18 años y relata la realidad que se vive al entrar al mundo del comercio sexual.

TESTIMONIO: Fui violada a los 13 años y me prostituí en más de 40 clubes nocturnos. Esta es mi historia

julio 12th, 2016

Amelia Tiganus es una mujer que se convirtió en prostituta a los 18 años. Nunca le faltó nada. Tuvo educación, comida y una familia normal donde era la hermana mayor.

Amelia se atrevió a relatar en el blog verne de El País la insólita realidad que viven las mujeres que ejercen el comercio sexual y cuenta cómo fue para ella sumergirse en el mundo de la prostitución, y explica que, a pesar de tenerlo “todo”, le faltó lo más importante; la estabilidad emocional que perdió el día en que la violaron.

Su vida pasó a girar en torno al sexo, y eso tuvo consecuencias que ella misma cuenta en este impactante testimonio.

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AQUÍ SU TESTIMONIO

“Desde los 18 años hasta los 23 ejercí la prostitución en España, en casi todas las comunidades autónomas y en más de 40 clubes nocturnos. Pero, ¿cómo se fabrica una prostituta? Yo nací en Galati (Rumania) en una familia de clase media, tradicional.

Era la mayor de dos hermanas. Nunca pasé hambre, ni frío, ni me faltó el acceso al colegio. Mis aspiraciones entonces eran trabajar y formar una familia pero a los 13 años, todo se truncó cuando me violaron. Supe que jamás volvería a ser una buena mujer y me cargaron con el peso de la culpa: “¿Y esa qué hacía allí? ¿Vestida así? ¿Sola?”

Las violaciones siguieron y como ya era una puta, decir “no” no valía. Antes tampoco había servido de nada, pero ahora mucho menos. Aprendí que resistirme era peor y que lo mejor era quedarme quieta y no rechistar. Un día pensé: “Esto es así y ya está hecho. Y así quiero que sea”. Me empoderé en el sexo y todo fue más fácil psicológicamente. A partir de ese momento mis agresores y yo empezamos a comportarnos como colegas.

A los 17 años y medio me acostaba con facilidad con cualquier hombre que se me cruzara en el camino. El modelo a seguir que teníamos las malas mujeres que aún vivíamos en Rumania eran las prostitutas que tenían poder a través del dinero y las propiedades que nos hacían ver que tenían, así que cuando un chico se ofreció presentarme a un proxeneta que me podría ayudar a ir a España a trabajar de prostituta, acepté. Después de una mirada de arriba hasta abajo y viceversa, el proxeneta decidió “darme la oportunidad” y el chico se llevó 300 euros. Me había vendido.

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Durante medio año permanecí en un departamento hasta cumplir la mayoría de edad. Negarnos a tener relaciones con los hombres que pasaban por ese piso significaba que no éramos lo bastante putas como para merecernos la oportunidad de salir del país, así que nos acostábamos con todos.

Una vez cumplida la mayoría de edad me sacaron el pasaporte y viajé a España. Llegamos a un pueblo de Alicante, donde tenían alquilado un piso. Un taxi nos llevaba por las tardes y nos traía cada madrugada a un pequeño club de carretera, a unos 6 km de distancia. Mi primera noche allí fue horrorosa.

Por mucho que me hubiese acostado con un montón de hombres, aquello era diferente. Teníamos que competir entre nosotras y ganarnos al cliente en dos minutos. Intentábamos ser la más osada entre las putas para conseguir privilegios y reconocimientos.

Lloré mucho aquella primera noche. A los clientes no les importaba mucho; a ratos pensé que incluso les gustaba. Mi proxeneta me recordaba que cuanto antes empezase a ganar dinero antes pagaría la deuda contratada y empezaríamos a dividir las ganancias al 50%. Aquello no era justo.

Un día él recibió una llamada avisándole que esa noche habría una redada y que tenía que darnos los pasaportes para no levantar sospechas. En el taxi mi corazón empezó a latir muy fuerte mientras mi mente pensaba: “¡Tienes que escaparte! A saber cuándo volverás a tener tu pasaporte en la mano”. Le pedí ayuda a tres clientes y uno accedió y me llevó a Torrevieja. A otro club de Alicante. Allí, seguí llorando. Me vi totalmente colapsada, sin un motivo o un objetivo que me diese fuerzas para aguantar todo aquello.

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Todo cambió un día que llamé a un amigo de Rumania y me dijo que quería venir a España, trabajar y tener una buena vida, formar una familia. Eso me motivó mucho.

Le dije que iba a alquilar un departamento, que le pagaría el boleto de avión y ahorraría dinero para que pudiésemos vivir dignamente mientras encontrábamos un trabajo. Me acercaba más y más a mi sueño de libertad. Alquilé un departamento cerca de Burgos, lo preparé con mucho cariño, hice las compras y preparé la comida. ¡Parecía un hogar! Estaba muy, muy feliz porque lo había conseguido. Tiré, sin pensármelo un segundo, toda la ropa y los zapatos de prostituta.

El chico vino a España, se convirtió en mi novio y todo era perfecto. Hasta que me di cuenta de que yo no conseguía trabajo, que el dinero se acababa y él no se esforzaba en buscar trabajo. Mi sueño se terminaba. Mi loverboy (así se llama a una categoría de proxenetas) decía que todo era muy injusto y que él sufría mucho también, pero que no quedaba otra, que tenía que volver al club. Que yo “por lo menos, tenía esa oportunidad de ganarme la vida”.

Y así volví de nuevo a los clubes, con un dolor tremendo. Me dolía el cuerpo, la mente y el alma, pero no quedaba otra. Empecé a acostumbrarme al sufrimiento y a la violencia, empecé a no pensar para no sentir.

Muchos, miles de hombres paran todas las noches en los clubes y beben y tienen sexo a cambio de dinero. La mayoría casados o con pareja. Aunque los hay de todas las edades, los más jóvenes van en manada y con motivo de alguna celebración. No son buenos clientes: exigen sexo duro como en las películas porno pero a precio muy bajo.

Luego están los de entre 35 y 55 años que van normalmente solos o en compañía de uno o más. Estos se distinguen en dos categorías: los que buscan demostrar su hombría y su potencia sexual delante de los otros y los que se hacen los preocupados y necesitan creer que hacen un acto de humanidad al pagar por tener sexo con una desconocida e irse a casa con la conciencia tranquila.

Aprendí a actuar, a mentir diciendo lo que cada uno quería escuchar, porque lo que todos, absolutamente todos, tenían en común era que no querían ver a la persona que había detrás de la puta.

Otra categoría eran los solitarios, raritos que normalmente pagan mucho dinero para salir del club e ir a su casa o a un hotel. Estos son los hombres que odian a las mujeres y el único lugar que les queda muy a mano para canalizar su odio hacia las mujeres es la prostitución.

Yo intentaba evitarlos al máximo pero, más de una vez y con el dinero como único incentivo, accedí a estar con ellos. En esas ocasiones sentí mucho miedo, vi la muerte de frente. Al menos dos chicas no volvieron después de alguna de estas salidas. A veces pienso en ellas y me pregunto qué les pasó. ¿Y si las mataron y nadie dio con ellas ni con sus asesinos? La vida de las mujeres vale menos, pero la vida de una prostituta mucho menos. No somos de nadie y somos de todos, así que no importa.

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Un día, harta de todo aquello y viendo que mi loverboy no iba a cumplir su parte de la promesa, le anuncié que me iba a sentar en una silla y no volvería a ejercer jamás. Estuvo dos semanas presionándome para que yo cambiara de opinión y como no lo consiguió, vino al club donde estaba, me dejó dos bolsas negras y grandes de basura llenas con mi ropa y mis cosas y se fue.

Después vi una oportunidad y la aproveche. Le pedí a un cliente joven que me llevara a su casa unos días para descansar y buscar trabajo, y aceptó. Le venía bien porque así iba a tener sexo gratis.

A los dos días encontré un anuncio en el periódico para un trabajo de camarera. Llamé, fui a la entrevista y empecé al día siguiente. Pasé mucho miedo. Todo me resultaba extraño. La luz del día, la gente, las voces de las personas, las risas. Tuve que readaptarme a la vida normal después de cinco años de vivir bajo las luces rojas de neón. Con aquel chico acabé muy mal, con orden de alejamiento por amenazas de muerte y persecución. Aún así, me di cuenta que ser víctima de tu pareja sentimental tiene más nivel que ser víctima de un proxeneta Después de eso empezó mi renacer como persona.

Hace nueve años salí del mundo de la prostitución y tuve la gran suerte de encontrar un trabajo en un pueblo muy cercano al último club donde ejercí. Mis heridas emocionales han sido muy profundas pero poco a poco he conseguido avanzar y curarme.

Cuando comprendí que lo que me había pasado, más que una historia personal era la historia de las mujeres, me liberé por fin de la vergüenza, de la culpa, del estigma, del peso que conlleva todo ello y empecé a sanar.

Ahora veo a los clientes desde fuera, veo sus vidas, sus realidades. Me suelo topar a menudo con hombres que un día me pagaron para tener mi cuerpo. Pero las otras mujeres solo ven hombres, amigos, hermanos, vecinos, hijos… Nunca ven clientes de prostitutas. Porque ellos se encargan de crear una realidad oculta. Se sienten muy seguros y legitimados a hacer todo lo que hacen y están tranquilos disfrutando de sus privilegios, de tener mujeres a su disposición. Mujeres privadas y públicas.

Después de dos años yo conocí al que ahora es mi marido y junto a él aprendí a tener relaciones igualitarias, respetuosas y no violentas. Hoy considero que estoy curada aunque a veces tenga pesadillas y aunque siempre tenga que dormir con una lucecita encendida, porque cuando me despierto en la oscuridad me dan ataques de pánico y ansiedad. No soy capaz de darme cuenta de en qué etapa de mi vida estoy.

En la oscuridad no sé si estoy pasando por una violación, si estoy en un club de carretera, si estoy frente a la muerte que se ve cuando sabes que la única manera de escapar es quedarte quieta”.

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